sábado, 27 de diciembre de 2014

«Áyax» de Sófocles.

Áyax, el guerrero más poderoso del bando griego en guerra contra Troya tras Aquiles, sufre desesperado la desintegración de su imagen regia y orgullosa por una voluntad divina que castiga su altanería

Antes de nada...

Si el lector no se encontrara en la disposición de leer el análisis entero, recuerdo que existe una conclusión al final a modo de reseña literaria. 

El análisis repasa la obra como medio imprescindible de sonsacar sus características, ya que a diferencia de «Edipo Rey» aquí hay menos material psicológico del que tirar. Por ello, puede ser recomendable para el lector que prefiera la novedad total de la lectura acudir directamente a la conclusión antes señalada, si bien en el mismo prólogo de mi edición se desvela sin miramientos hasta el último pormenor de la trama: todos sabemos como acaban las tragedias y, por otra parte, estas obras forman parte de nuestra referencia cultural más obvia. Así pues, no creo que la lectura del análisis malogre el interés por la lectura.

También tenéis la opción de tirar de las líneas remarcadas para saltar directamente a las zonas que he considerado importantes.

Tanto los primeros dos párrafos introductorios como la conclusión final son prácticamente idénticos a los que he expuesto en «Las traquinias»; «Antígona» y «Edipo Rey», dadas sus mismas estructuras e intencionalidad subyacente del autor.

La primera imagen corresponde a la versión del libro que yo mismo he leído.

Agradezco cualquier impresión o corrección. Un saludo.


Análisis:

Ya deduje en la comparación entre las traducciones de «La Odisea» a cargo de las editoriales Alianza y Gredos un cambio omnipresente en las expresiones usadas que, a veces, alteran de manera esencial la interpretación que recogemos del texto. Esto mismo se ha repetido al comparar mi lectura de Alianza con los textos dados en el resumen de la obra en la enciclopedia de literatura universal que poseo; lo que deja en relieve las enormes –a veces insalvables– diferencias que deben subyacer entre las dos lenguas, castellano y griego antiguo.





Edición 2013 de Alianza (diseño de cubierta: Manuel Estrada).



Tras una innecesariamente larga introducción de 56 páginas, con todos esos datos que nunca están de más hasta que te retrasan un día en la lectura de la obra, nos enfrentamos a «Áyax». La traducción pretende mantenerse fiel al estilo griego, de tal manera que las frases se retuercen, se “descolocan”, lo que provoca que para hallarlas significado muchas veces haya que encajar un breve pero molesto rompecabezas, esencialmente en los cantos. Y es precisamente en estos cantos donde la información se vuelve impresionantemente densa, críptica, a veces ininteligible. El traductor, José María Lucas de Dios, dice que en el original griego la impresión es la misma, y esto ayuda a que mi ignorancia no le señale a él como culpable directo de los galimatías que Sófocles nos llega a plantear en determinadas partes. Hasta tal punto, que en ocasiones deberemos fiarnos de nuestro instinto para sacar más sensaciones que conclusiones.

«Áyax» es uno de los primeros trabajos dramáticos de Sófocles, y ello denota un poder más modesto que en «Antígona» y, sobre todo, «Edipo Rey». El lenguaje empleado es similar al de «La Odisea», pero con esos tintes trágicos inherentes en la obra sofoclea.

La obra nos sitúa justo en los hechos bélicos acontecidos en Troya. Tras la muerte de Aquiles, se celebra un certamen para elegir al guerrero entre los griegos más digno de heredar sus armas, resultando elegido Odiseo frente a Áyax, el más poderoso guerrero del bando griego tras el propio Aquiles. Profundamente herido en su orgullo y convencido de que él era el justo merecedor de las armas, no tarda en interpretar un insoportable insulto a su honor y decide esperar a la noche para ejecutar una brutal venganza que lo restituya. A punto de entrar en la tienda con sus funestos planes hirviendo en su cabeza, la diosa Atenea, protectora de los argivos, le enturbia el discernimiento haciéndole confundir a un conjunto de animales capturados como botín con sus enemigos, liberando erróneamente contra ellos toda su sed de venganza. Todavía cegado por el hechizo de la hija de Zeus, ata a algunos de esos animales y los arrastra hasta su tienda, con el fin de prolongar la agonía de sus "enemigos" más odiados, entre ellos Odiseo, al que confunde con una res que ha colgado al techo de la tienda y al que aplica cruel castigo con un látigo.

La escena comienza con el verdadero Odiseo cerca de la tienda del nublado guerrero, siguiendo su rastro a tenor de las fuertes sospechas que señalan a Áyax culpable de la incomprensible locura. Palas Atenea le detiene y le refiere la verdad. Haciendo salir a Áyax, y ocultando a Odiseo de su vista con su magia divina, conversa siguiéndole la corriente para que el otro sea testigo y traslade la esperpéntica verdad a los demás jefes griegos. Después Áyax retorna a su tienda para proseguir sus menesteres, pero los de su tropa no tardan en enterarse de los terribles rumores que de su líder se extienden, y acuden incrédulos a las cercanías de la tienda. Sin que Áyax salga –Sófocles lo reserva para mejor ocasión–, su mujer Tecmesa, capturada como botín, confirma a los suyos, los salaminos, la locura en la que se sumió desde la noche anterior su esposo, hundiéndose todos en la desesperación y la vergüenza.


TECMESA. ¿Qué preferirias si se te permitiese una elección: disfrutar tú placeres mientras a los amigos los afliges, o compañero entre compañeros sufrir en común?

CORIFEO. Verdad es que la que es doble, mujer, es una desgracia mayor.

TECMESA. En efecto, nosotros, aunque no sufrimos, somos ahora desgraciados.

CORIFEO. ¿Cómo has dicho eso? No comprendo cómo dices.

TECMESA. Ese hombre, cuando estaba en la enfermedad, él disfrutaba con la desgracia en la que se encontraba, pero a nosotros, cuerdos, nos apesadumbraba a nuestro lado. Pero ahora, cuando ha cesado y ha vuelto en sí de la enfermedad, todo él de funesto pesar está acosado, y nosotros también no menos que antes. ¿No son, entonces, estos males dobles en lugar de sencillos?


Áyax, libre ya de su ceguera, ha contemplado mitad horrorizado mitad furioso su ridícula obra, y ahora consciente de su deshonra yace sumido en una desesperación que rompe su imagen regia en un batiburrillo de afligidos lamentos. El gran héroe ha sido destruido por su soberbia, aquella que le impulsó a no respetar a los dioses, que a partir de ahí predispusieron su caída como castigo. Pero, pese a todo, no abandona su postura altanera y su odio acérrimo hacia sus enemigos, pero ahora acompañado de una aguda agonía –expresada primero en verso y luego en prosa– y de la firme resolución de suicidio como único medio de restaurar, aunque sea mínimamente, su honor, al estilo Sepukku de los samurái. Los suyos, naturalmente, tratan de convencerle por todos los medios de que ceje en tal unilateral y perjudicial empresa, pero esa visión taimada de la realidad es incompatible con la perspectiva guerrera de Áyax, en la que semejante deshonor es absolutamente incompatible con la vida, tal y como deja lucir esta larga intervención:


ÁYAX. ¡Ay, ay! ¿Quién en otro tiempo habría creído que mi nombre iba a coincidir tan sonoramente con mis males? Ahora posible me es dos y tres veces decir  ¡ay!, pues en desgracias tales me encuentro. Mi padre desde esta tierra del Ida, tras haber conseguido por su valor los primeros premios del ejército, a casa volvió llevando toda clase de gloria. Mientras que yo, hijo suyo, después de venir a este mismo lugar de Troya con una fuerza no inferior, y sin haber cumplido por mi mano empresas inferiores, deshonrado entre los argivos así perezco. Sin embargo, esto al menos creo saber con certeza: si en vida Aquiles con motivo de sus armas hubiera tenido que decidir la supremacía del valor a favor de alguno, ningún otro que yo de ellas se habría hecho dueño. Ahora por el contrario los Atridas a favor de un hombre capaz de todo actuaron, relegando los méritos de este hombre. Y si estos ojos y mi entendimiento, extraviados, no se hubieran apartado de mi plan, nunca justicia tal habrían votado contra hombre alguno. Pero ahora la hija de Zeus, la indomable diosa de mirada cual Gorgona, cuando ya contra ellos dirigía yo mi mano, me hizo fracasar arrojándome un arrebato de locura, de manera que en empresas tales ensangrenté mis manos. Y ellos ríen encima una vez a salvo, aunque bien a pesar mío. Pero si alguno de los dioses entorpece, incluso el débil huirá el más fuerte. Y ahora, ¿qué es preciso hacer? Yo, que abiertamente soy aborrecido por los dioses, me odia el ejército de los griegos, y me aborrece Troya entera y estas llanuras. ¿Acaso camino de casa, tras dejar los fondeaderos y a los Atridas en solitario, atravesaré el mar Egeo? Y ¿qué semblante mostraré cuando me presente a mi padre Telamón? ¿Cómo podrá soportar verme aparecer desnudo, sin los premios con los que él obtuvo una gran corona de gloria? Insoportable es la cosa. ¿Acaso, entonces, ir contra la muralla de los troyanos y, tras lanzarme yo solo en combates singulares, hacer algo valioso, y luego por fin morir? Pero no, de esta manera a los Atridas les daría gusto sin duda. Imposible esto. Hay que buscar una empresa tal por la que demuestre a mi anciano padre que no he nacido de él cobarde en lo que respecta a mi natural al menos. Vergonzoso es que desee larga vida el hombre que no experimenta cambio alguno en sus desgracias. ¿En qué puede agradar un día tras otro arrimando y separando de la muerte? No compraría a ningún precio mortal que se inflama en esperanzas vanas. Sino que o hermosamente vivir o hermosamente morir es preciso que haga el bien nacido. Todo el asunto acabas de oír.


Todas las sensatas razones que le extiende su círculo –los viejos padres se desvanecerían del disgusto, la mujer quedaría desamparada, el hijo sin tutela, sus tropas si rumbo– no parecen provocarle efecto alguno, y se mete en su tienda. Sin embargo, al salir de nuevo, su ánimo ha cambiado por completo de manera casi milagrosa, repleto de juicio, arrepentimiento, respeto a los dioses y dispuesto a perdonar a sus ofensores. Como en todas las obras de Sófocles, este es un hecho engañoso denominado estásimo, una falsa esperanza que asciende para contribuir al sentimiento trágico en la percepción del público. Pues es todo engaño de Áyax para que nadie le siga ni moleste su verdadero objetivo: el mencionado suicidio. Diciendo que va a purificarse de su errónea actitud en las aguas –ironías de por medio–, desaparece dejando la felicidad tras él.

Luego de que el coro entone un espíritu festivo y gozoso, aparece el mensajero, otro hecho típicamente sofocleo que se repite en todas sus tragedias, que va a truncar las falsas expectativas de armonía creadas. Dice que un adivino llamado Calcante ha profetizado que si Áyax saliera de su tienda, perecería en fatal acción, por lo menos a lo largo de ese mismo día. Espantados –particularmente la sufrida Tecmesa–, corren a buscar a Áyax. Éste, por su parte, solo en medio de su escena final, en una soledad terrible, ejecuta su último diálogo tras haber clavado en la tierra la espada que le regaló su enemigo, el príncipe troyano Héctor, tras un feroz duelo sin vencedor, de manera que al arrojarse de lado sobre ella ésta le atraviese mortalmente el costillar (la visceral imagen, por cierto, produjo en mí un desagradable cosquilleo en el costado en lo que restó de obra). Es un soliloquio muy amargo que condensa excelentemente las angustias psicológicas del protagonista de la tragedia, en la que pide fatalidades a sus enemigos –alguna está cumplida según Homero, como en el caso de Agamenón al volver de Troya– pero sin olvidarse de su familia, y que no transcribiré aquí para dejarlo a la sorpresa del lector.




[La imagen de este jarrón griego no requiere mayor elucidación dicho lo dicho].



A continuación será Tecmesa la que halle al inerte Áyax, y sus alaridos atraerán rápidamente al fiel hermanastro de éste, Teucro, y al Corifeo seguido del coro. Después de los lamentos llega la determinación de darle sepultura, pero Menelao acude y les interrumpe, prohibiéndoles tal empresa: a un enemigo de los Atridas hay que dejarlo al aire libre como pasto de las aves y los elementos. Teucro se niega con firmeza, hasta el punto de que Menelao se retira en busca de su hermano Agamenón, gran jefe de la expedición griega. No obstante su terquedad, Menelao genera alguna que otra máxima digna de transcribir:


MENELAO. (...) Pero donde sea posible ser insolente y hacer lo que apetece, ten presente que esa ciudad, aunque avance con viento propicio, con el tiempo caerá al fondo. Asiéntese también en mí un cierto temor oportuno, y no pensemos que al hacer lo que nos plazca que no vamos a dar satisfacción a su vez con lo que nos duela. Estas cosas avanzan alternativamente. (...)


Entonces aparece Agamenón con la intención de hacer cumplir su voluntad, que es la misma que la de Menelao. Se traba igual que éste en un intercambio dialéctico con el valiente Teucro, que lo arriesga todo por la dignidad de su hermanastro. Del tenso rifirrafe me gustaría destacar un juicio del último que resume bien esa mezquina "memoria selectiva" del ser humano:


TEUCRO. ¡Ay, el agradecimiento al que está muerto qué raudo para los mortales se diluye y es tomado como causante de traición, si de ti al menos, Áyax, este hombre ni aun con parcas palabras conserva ya el recuerdo, en defensa del cual tú muchas veces te esforzaste con la lanza exponiendo tu vida! Pero la verdad es que todo esto desaparece abandonado. ¡Ah, muchas necias palabras acabas de decir ahora mismo! ¿No te acuerdas ya de nada, cuando en una ocasión vosotros estabais encerrados dentro de las empalizadas, no siendo ya nada, y éste en la desbandada del ejército fue el único que se lanzó a atacar, en un momento en que a uno y a otro lado a lo largo de los puentes de popa de las naves ardía ya el fuego, y en dirección a las embarcaciones saltaba Héctor por encima de las trincheras? ¿Quién impidió esto? ¿No fue éste el que llevó a cabo estas cosas, del cual dices que no llegó con su pie a sitio alguno donde tú no lo hicieras? ¿Acaso no llevó éste a cabo estas empresas bien vistas por vosotros? (...)


Justo cuando parece que la disputa va a derivar a mayores, surge propicio Odiseo atraído por el griterío, y se pone de parte de Teucro de manera muy diplomática y cuidando de ser respetuoso con Agamenón, invocando a la amistad que comparten para que le haga caso.


AGAMENÓN. ¿No hemos estado oyendo hace un momento las palabras más vergonzosas, soberano Odiseo, por boca de este hombre?

ODISEO. ¿Cuáles?, porque yo tengo comprensión para con el hombre que escuchando cosas vanas a su vez lanza palabras malévolas.


Conciliador, Odiseo da muestras de su famoso don de gentes y de su magnanimidad, zanjando el problema e incluso ofreciéndose a ayudar en el entierro –amabilidad que, aunque agradecida, Teucro no observa pertinente teniendo en cuenta el rencor del muerto cuando vivía–.


ODISEO. Escucha, entonces. A este hombre, por los dioses, no te atrevas a arrojarlo tan despiadadamente sin enterrar. De ningún modo la violencia te lleve victoriosa a odiar hasta el punto de pisotear la justicia. También para mí éste era en otro tiempo el mayor adversario en el ejército, desde que conseguí las armas de Aquiles; sin embargo, a él, a pesar de ser tal para conmigo, yo a mi vez no podría devolverle sus injurias, de forma que negara que veo en él al mejor con mucho de los argivos  cuantos llegamos a Troya, con excepción de Aquiles. En consecuencia, no le deshonrarías con justicia al menos, puesto que no a éste sino a las leyes de los dioses destruirías. No es justo hacer daño al valiente, si ha muerto, ni aunque se le odie.




Sófocles (496 a. C.– 406 a. C.).




Termino señalando el carácter de la obra, una defensa de los valores antiguos (las leyes y la consideración hacia el designio natural o divino), pero siempre abiertos –eso sí, hasta ciertos puntos– a los planteamientos racionales propiamente humanos. Concuerda, por lo demás, con el contexto histórico del propio Sófocles, plena progresión de oligarquía aristocrática a la democracia de Pericles y la sucesiva guerra perdida contra Esparta con los consiguientes desastres. Así, Sófocles adquiere una postura tolerante con lo nuevo pero sin dejar de mirar a lo que observa valioso en el pasado: está de acuerdo con la democracia de Pericles pero no con los demócratas o racionalistas radicales, él no sitúa al hombre como centro del universo, sino que destaca unas fuerzas ajenas que rigen su destino.


Conclusiones:

El lenguaje en los diálogos en prosa poseen una estructura muy similar a La Odisea. Otra cosa son los típicos cantos contenidos en la tragedia griega, que son densos y lentos de digerir, aunque por fortuna no alcanzan la extensión e importancia que en Esquilo a favor de los personajes principales que, por otra parte, nunca aparecen más de tres simultáneamente sin contar, por supuesto, el coro.

«Áyax», una de las primeras obras del autor, cuenta la crisis –que desemboca en fatalidad– generada cuando, según Sófocles, el ser humano pasa los límites que le han sido asignados con criterios erróneos y fuera del respeto a la ley divina. Se inspira, pues, en el contexto social de la Atenas de mediados del siglo V a. C., donde se están confrontando los poderes tradicionales oligárquicos con los movimientos de las clases bajas y medias a favor de la democracia, buscando una síntesis que acomode a las dos partes. Así pues, Sófocles recoge esa síntesis –que alcanzaría su máxima representación en el gobierno de Pericles– en el que contempla y defiende la antigua tradición pero manteniéndose abierto y de acuerdo con la democracia; eso sí, como hemos dicho, la tragedia la dispara precisamente en el momento en el que los hombres se sitúan en el centro del universo desdeñando a los dioses, llevándolos de tal forma su errado juicio personal a la fatalidad.

Áyax, el guerrero más poderoso del bando griego en guerra contra Troya tras Aquiles, se siente profundamente deshonrado cuando un certamen decide legar las armas de éste último, ya muerto, a Odiseo en vez de a él. Esto le impulsa a tratar de asesinar a los líderes Argivos por la noche, pero la diosa Atenea nubla su discernimiento y lo lleva a confundir a rebaños conquistados con sus ofensores; la divinidad está descontenta con su altanería y su actitud irrespetuosa hacia el panteón. Cuando recobra el juicio y advierte su enorme ridículo, del que se jactan ya tanto sus enemigos como sus grandes ejércitos, sufre un terrible pesar que le lleva a plantear la firme decisión del suicidio, ante la desesperación de su mujer, su hermanastro y su gente que le acompaña, que intentarán convencerle de que opte por la serena sensatez. De lo que resulta habrá hostil disputa con Menelao primero y con Agamenón después, hasta que surge Odiseo diplomático.

La estructura de las tragedias de Sófocles –que se basan en las sagas heroicas– se componen de un prólogo en el que las escenas ya están abiertas antes de pronunciarse el coro, que no es ya el protagonista de la obra como sí sucedía con Esquilo, y dentro del cual se enmarca la orientación de la obra. Después viene la párodos, que está siempre a cargo del coro y que da comienzo a la verdadera acción de la obra. Lo siguiente que tiene lugar es la entrada del mensajero, que va a traer una noticia de fuera mediante la cual se disparará la tragedia en sí. El punto central de la obra es el agón (enfrentamiento entre los actores), en el que se debate la problemática de la obra. Sucede luego el estásimo, característica típicamente sofoclea, en la que para crear tensión parece que todo se arregla –y se celebra este hecho–, pero no a tiempo, de forma que la tragedia se consuma. Finalmente, se cierra con las conclusiones de los supervivientes, terriblemente afectados, y las secuelas de la atrocidad quedan patentes, y rezuman en la mente del lector aún después de terminar.

La belleza y la particularidad de la escenificación de las más cruentas desgracias de las tragedias de Sófocles pertenecen a nuestro elenco cultural y poseen ese carácter universal que hace de una obra literaria un clásico. 
Gustará al que le sea afin el estilo griego y el género dramático en general, sobre todo por el añadido de ese espíritu exaltadamente desgarrador de la tragedia; si bien a algunos lectores pueden no atraerle este tipo de textos, conviene darles una oportunidad, téngase en cuenta también –si sirve de impulso– que son muy cortos. Mi valoración general es positiva a pesar de que su estilo arcaico pese en algunos momentos.

jueves, 25 de diciembre de 2014

El hombre atrapado.

Un texto improvisado que partió inspirado por Borges y que transcurría felizmente hasta que en la segunda mitad se ha ido convirtiendo en el argumento que existe perfectamente ejecutado en la película «Memento». Lo he recordado repentinamente. He proseguido porque me he dado cuenta que me he convertido en el protagonista por un instante, que debía seguir escribiendo en la arena un poco más pese al "lapsus".


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He decidido empezar a escribir algo de estos acontecimientos que me ocurren. Lo hago sobre la arena, con un palo semejante a un dedo huesudo que trajo la marea hace poco. Digo "me ocurren", porque no puedo decir con certeza si me ocurrían antes. Estoy encerrado en un islote diminuto, cuarenta generosos pasos es lo que separa un extremo del otro. Aparte de la citada arena hay una única piedra justo en medio, acabada en punta. Es como un primitivo cadalso. 

Sucede algo que se me antoja extraordinario. Creo haber dado una vuelta para asegurar los límites, o quizá únicamente para vislumbrar todos los ángulos de mi prisión de suave arena, pero cuando creo haber terminado la vuelta se me mete en la cabeza que no la he dado nunca. Entonces sigo andando, me digo «Qué más da una más, aunque sea por si acaso, de todas formas tengo todo el tiempo del mundo», y de repente me paro otra vez, creyendo haber dado definitivamente la vuelta pero sin tenerlas todas conmigo. Es como si estuviera en un contorno infinito. Mi propia mente organiza los pensamientos dando vueltas sobre sí mismos, sin saber dónde empiezan ni dónde acaban, si avanzan o si siguen todo el rato en el mismo sitio. No sé ni quién soy ni qué hago aquí. Puede que alguien saque algo en claro. Sé que es una estupidez escribir sobre la arena, pero hay algo atrás (no sé si es atrás, pero es la impresión que me da) de mi conciencia que me invita seductoramente a creer que no puede borrarse. ¡Que no puede borrarse! Así que escribo. Qué más da, si no ganara nada igual de cierto sería que tampoco lo pedería. Mi circunstancia es absurda. Yo soy absurdo. 

Cuando algo es tremendamente absurdo todo se vuelve pasmosamente sencillo. No, ya no siento agobio alguno, aunque como comprenderán tampoco puedo asegurar al cien por cien que haya sentido agobio alguna vez. Si me dijeran que llevo aquí dos segundos y que lo que llevo escrito ha sido ejecutado por alguien que me ha precedido (digamos durante dos segundos, o un milisegundo), me lo creería sin reserva alguna. ¿Y si la razón por la cual esta isla que abarco con un vistazo me resulta inmovible es porque a cada segundo es una isla diferente? Pero eso no tendría sentido. ¿Y si soy yo, como he dicho, el que está siendo intercambiado todo el rato? Bueno, es más lógico, pero tampoco tiene sentido. ¿Entonces solo estoy enfermo? ¡Es una opción! Puede que esté trastornado. Puede que este encerrado en un manicomio y que todo este mar que me rodea sea un sueño fijo de mi mente mutilada; ¡o peor aún!; que esté despierto, con la mirada vacía, las enfermeras suministrándome suero para alimentarme, limpiándome de vez en cuando, dándome por un ente vacío y perdido, sin sospechar por lo más mínimo que estoy aquí, aquí mismo, en esta isla interminable. Esto es más lógico. Bien, pero sigue sin tener sentido. Si al menos pudiera recordar dónde estaba antes de acabar aquí...

Claro. Já. Pero es que si lo supiera toda esta estructura carecería de significado alguno. Si estoy pensando todo esto es precisamente porque no recuerdo lo que había antes. Si así fuera, esto no sería una isla y yo no escribiría en la arena. Sería otra cosa. Otra cosa... ¿Y si estoy muerto? Bueno, eso significaría, dado que pienso y discurro en mis pequeñas pertenencias (a uno como ser humano que es le relaja fantasear con que esto me pertenece), que existe un más allá. No es tan lógico, pero supongo que el haber oído tanto hablar de ello, las religiones y todo lo demás, supongo que eso me insta a percibir la opción como válida..., sí, es una opción con sentido. Pero, si así fuera, debería haber un ente superior que administrase mi estancia en este lugar. Pues bien, debería haberse ya dignado a aparecer. ¿Quién sería tan cruel como para dejar a alguien aquí el resto de la eternidad? Bueno, a lo mejor es que yo me estoy figurando que ha pasado mucho tiempo, igual no me doy cuenta de que solo llevo un minuto aquí...; o quizá lo que para mí es mucho tiempo para un ser superior es un lapso ínfimo hasta lo inapreciable. ¿Cuánto entonces tendré que esperar aún? No es que me desespere la tardanza..., no, porque no lo percibo así. Más bien es como si no avanzara, el tiempo permanece agotado, inservible. Lo que pasa, naturalmente, es que todo es muy repetitivo. Todo ocurre una y otra vez de la misma manera. Quizá todas las posibilidades de mis movimientos estén registradas y yo solo sea la suma de cada uno de esos registros, como si fuera un vídeo y cada uno de mis fotogramas me diera la ilusoria percepción de ser una continuidad, de ser una sola unidad, cuando en verdad estoy compuesto de innumerables fragmentos interconectados de manera lógica.

No, no. Ya sé lo que ocurre. Esto es un castigo. He debido morir, y me tienen aquí castigado. ¿Habré hecho algo mal? Maldita sea, no recuerdo absolutamente nada por más que me esfuerce. Pues entonces no sé de qué serviría el castigo, si no conozco mi crimen. A lo mejor precisamente lo confirma tal hecho: doble castigo es aquel en el cual se desconoce la pena y su magnitud. Así es imposible saber también la duración de la pena sentenciada. La incertidumbre. La incertidumbre es el castigo. Así que esto es el infierno... ¡Quién lo hubiera imaginado! Así que las llamas, las famosas y terribles llamas solo son... ¡incertidumbre! De alguna manera me siento mejor. No sé si habré dado con la verdad, pero esta me resulta muy convincente, así que no veo problema en tomarla por realidad; total, dadas mis circunstancias tampoco puedo exigirle peras al olmo. Y también me relaja el ser consciente de mi castigo. Eso genera un pasado, genera certeza..., bueno, menos es nada.

¡Soy un hombre con pasado! Digo más: ¡soy un hombre! Pues, ¿cómo considerar hombre a alguien que no sabe quién es? Eso solo sería un extraño testigo, un sensor vivo del preciso presente.

[Voy a apuntar esto. Es que no recuerdo lo que escribo. No sé. De repente me he visto escribiendo, creyendo recordar lo que escribía, y he aquí que no sabía en realidad lo que estaba diciendo. Así que lo he vuelto a leer todo (me ha hecho suponer que quizá fue otro el que lo escribió, quizá fuera mi predecesor, quizá solo amnesia para aumentar el margen del castigo del que al parecer hablaba) y me ha resultado convincente. Voy a seguir escribiendo. O lo intentaré].

Pues bien, la verdad es que he sido un criminal. Probablemente matara a alguien, porque si no este infierno sería desproporcionado. No recuerdo nada, pero no me siento como alguien violento. Probablemente me provocaran, o quizá lo hiciera por accidente, o porque me engañaron, o porque amenazaron a un hijo mío y no se me dejó más alternativa. Me parece lo más sensato. Digo más: es muy lógico. Así que soy un asesino. ¡Quién me lo iba a decir hace tan solo dos minutos! Pero no el peor hombre de la tierra, no exageradamente malvado, porque por repetitivo que sea todo esto, no me causa un dolor insoportable. Una cosa es decir algo con sentido y otra

[Me ha pasado lo mismo que apunté en la nota de arriba. A juzgar por todo el texto que llevo escrito, he sufrido una pérdida de memoria repentina o, lo que sería peor, cada vez la pierdo más rápido: las secuencias se acortan. Mira, voy a prevenirme. Voy a dejar aquí escrito, antes de que sea demasiado tarde, que no puedo leer más de tres párrafos sin tener que volver al principio del todo, y que por tanto lo mejor es empezar desde lo último que tenga escrito, muy rápido, y escribir todo lo que pueda sin olvidarme de anotar periódicamente este mismo consejo. Así no me perderé.]

Pues dejo constancia de que estoy en una playa muy extraña, en una isla diminuta. Así que soy un asesino. Y estoy castigado. Pues eso no me lleva a ninguna parte. No sé si lo he dicho antes pero lo declaro ahora: ¿qué soluciono con eso? ¿Acaso me conformaré con un ficticio pasado? Lo habré aclarado antes sin duda. ¡Yo puedo ser cualquier cosa! Así que voy a dejar de pensar, que no lleva a ninguna parte (no en lo que parezco estar metido), y voy a ponerme manos a la obra. A ver, primero voy a cavar.

Vale, creo que llevo un buen rato cavando. He venido aquí sabiendo que había escrito lo anterior, así que no se me ha olvidado nada. Lo único que he encontrado bajo la arena es agua, a menos de un metro de profundidad. En qué estaría pensando. ¿Pero qué otra cosa hacer? Bueno, sí que he pensado en algo mientras cavaba con mis manos: podría nadar hasta donde me alcanzaran las fuerzas... ¡Pero qué terrible sería sin duda perder la memoria en mitad de la nada! Eso sí que sería un infierno. No sabría volver..., me estremezco solo de pensarlo. 

Por último, está la piedra. Sí, hay una piedra en el medio, que acaba como en punta. ¿Y si me suicidara? Quizá todo esto no sea más que una alucinación. No sé cómo he acabado aquí pero no tiene ningún sentido. Puede que no muriera, que solo despertara. En un psiquiátrico. Sí, a lo mejor estoy en un manicomio rodeado de enfermeras que me limpian y me acuestan. Pero ¿y si estoy en coma? Pues lo mismo. Tengo que darme prisa a juzgar por lo que escribí antes. ¿He de fiarme de mí mismo? Tengo golpearme la cabeza contra la piedra, pero no estoy seguro de si debo hacerlo. Tengo que pensar más, que darle más vueltas a todo esto. Quizá haya naufragado y simplemente esté conmocionado, ¡qué estúpido sería entonces el suicidio! Pero no hay resto alguno del barco o del avión en esta playa... Hay que ser intrépido. No sé ni por qué escribo esto en la arena, es una estupidez. Supongo que he juzgado que debía hacerlo una vez lo he visto. Pero eso significa que no se me olvida todo, porque a pesar de todo una chispa se ha encendido en mi cabeza, me ha dicho: "Sigue escribiendo, es lo coherente, es lo lógico". ¡Así que no lo olvido todo!




domingo, 21 de diciembre de 2014

El hombre celoso.

Una mixtura de angustia kierkegaardiana, de las teorías de Vilar, de un «Otelo» y de una «Sonata a Kreutzer», unidos hasta cierto punto al recuerdo de una experiencia personal.



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–¡Era mía!– silabeó violentamente a las violáceas paredes de su despacho.
Lo que antes era había dejado de ser. Sí, es cierto, había transcurrido más de un año, pero aun así para él había habido una insoportable brusquedad. Pero tratar de poner las cosas en claro le relajaba temporalmente.
–Vamos a ver; si ella estaba enamorada de mí... ¡Estaba incondicionalmente enamorada de mí! –se levantó de la silla inconscientemente–. Entonces, ¿por qué se ha ido? Cuando la maltrataba ella me siguió queriendo... Y luego de seis meses, quizá siete, se fue distanciando. Pero, ¿cómo explicarme la progresión...? ¡Me ha ganado, me ha vencido! Ahora es ella la que me tiene a su merced, la que sujeta la sartén por el mango (y en ella me frío, me frío confuso como un loco). Cuando me enteré que estaba... (qué dolor insoportable es solo pensarlo), que estaba con otro... Con ése... Fue como si un camión descargara agua helada sobre mí, reduciéndome a un ser diminuto atrapado en una enorme pesadilla. De repente fui nada. ¿Cómo puedo explicarme haber pasado de todo a nada en su mente? No hay lógica, no hay explicación; pero he de seguir buscando...
Andando frenéticamente de una pared a otra musitaba a veces, otras exclamaba, otras dejaba entrecortadas frases ininteligibles.
–Esa frialdad insoportable... Veamos: yo podía tratarla con superioridad, pero había una razón para ello, es decir, que era claramente superior a ella. Y lo soy, sin duda alguna. Ahora está con ese mentecato, ese ser ordinario. Ahora estoy tan humillado y necesitado que incluso me veo tentado a convencerme de que ella ha tomado mucha delantera. ¿En qué punto me quedé atascado?
»Yo la conquisté (¡muy laboriosamente!), me adapté a ella como el metal líquido en el molde, adiviné todas sus preferencias y con mucho tiento la fui atrayendo hacia mí. Yo fui el que la conseguí. Si por ella fuera, nada hubiera pasado. ¡Si por las mujeres fuera, nada pasaría! Y así la fui haciendo mía. Esto puede parecer perverso, pero, ¿qué otra alternativa tenía? ¿Hay alguna manera de conquistar a una mujer que no sea perversa? Los hombres buenos son despreciados, incluso ridiculizados (y particularmente por las mujeres); a lo único que pueden aspirar es a esa clase de féminas que requieren de un esclavo total: incondicional y tan previsible que no dé problema alguno a lo largo del tiempo. Las mujeres aman, consciente o inconscientemente, a los hombres malvados, lo admitan o no. Pero eso solo no vale. También hay que saber jugar, ya que si solo eres un muro no hay interacción. El malo es en última instancia también un esclavo, un malo ha de ser un ganador ganable si quiere seducir a una muchacha. Eso hice yo –se interrumpió y quedó unos segundos mirando a la nada–. ¡Aún recuerdo su mirada la primera vez que nos besamos! –un eco de victoria demasiado lejano atravesó como un halcón su pecho–; sus ojos abiertos de par en par, relucientes, que me decían "Soy tuya, tómame".
»Pero aquello era insoportable. ¿Qué hacía ella a cambio de mis incansables esfuerzos?  ¿Qué hacía a cambio de que yo hiciera de psicólogo, de acróbata, de amante perfecto; escuchara sus fruslerías incansablemente? Criticaba a las mujeres de su entorno, a las mismas a las que trataba amablemente cara a cara, a las mismas a las que tenía envidia por el mero hecho de obtener mayor presencia en su círculo. Debía, por supuesto, darle la razón (¡qué hostilidad sinuosa dejaba entrever si no lo hacía!). Ella era la más especial, la única, la incomparable, la más inteligente... Creo que la mitad de la conquista radicaba en referirle tales halagos de una manera ingeniosa, ya que hay que hacer un puente que cruce el empalago sin tocarlo. Y de vez en cuando había que soltar un estúpido "Te quiero" o un "Qué guapa estás". ¡Ya he dicho casi todo! Todas las mujeres poseen una fantasía, yo encontré la suya, la alimenté. Cuando la fantasía de una mujer se hace verdad, cuando consigues hacerle creer que es lo único que hay en el mundo, entonces ya es tuya..., al menos mientras seas capaz de sostener esa ilusión, y es difícil, a cada día hay que inventar algo nuevo, y al más ingenioso también se le acaban más pronto que tarde las ideas.
»¡Pero he ahí lo que he dicho! ¡Es fundamental! "Cuando consigues hacerla creer que es lo único que hay en el mundo..." ¿Y dónde está su hombre? ¡No está, no está en ningún lado! Por eso le cogí odio, un desprecio visceral, al principio tan instintivo que no sabía de dónde salía y creí que simplemente me había vuelto malvado. Un hombre desprecia a una ingenua mujer que le ama incondicionalmente y él es el malo. ¡Eso es una infamia! Ella lo merecía todo, ella fue la que me sacó de mis casillas. Si al menos se hubiera interesado algo por mí... ¿Qué sabía de mí? Casi nada, ella no atendía a eso. Ella iba siempre a lo suyo. Cuando insinuaba un problema se tornaba diplomática pero sin cejar de economizar sus falsos esfuerzos: solo iba hasta donde iba por una cuestión de lógica básica, por una cuestión de sentido de la gratitud.
Cogió un lápiz y comenzó a apuntar determinadas ocurrencias sobre el caso. Le irritó lo indecible que el cuaderno estuviera abarrotado. Pasó las páginas a toda velocidad en busca de un espacio aireado, rasgando algunas en el proceso. Una vez cerciorado la inutilidad del cuaderno, encendió el ordenador y abrió una foto de ella, angelical y sonriente.
–Ah, falsa imagen. Yo te conozco. Tú no eres esta cara. Tú eres un parásito, un ser inservible. ¿Por qué mientes así, por qué te adornas, es que para ti todo es un tratar atraer? Inútil. Ahora es radiante, pero en su momento llegué a sentir repulsión. Su belleza desaparecía, todo era una máscara, una farsa que me pesaba como plomo. Me fijé en el vello de los morros, en sus gestos, en sus necias palabras... todo empezó a parecerme intolerablemente repugnante...
»Pero mira, pensemos en un informático, en un apasionado de los ordenadores. Obviamente, estará al tanto de todas las características, de todos los formatos, rendimientos, microprocesadores, tarjetas gráficas, memorias... Obtiene un ordenador fabuloso, de última generación. ¡Cómo amaría a su ordenador! ¡Cómo lo cuidaría, lo prevendría de cualquier daño! Celosamente lo guardaría, y probablemente pensaría en él durante gran parte del día, estar manipulándolo le elevaría a un estado de placer y abstracción casi vitales para él. Pues eso sucede con las mujeres. O por lo menos lo que sucedió con ella. Si a nuestro informático se le estropease el ordenador, o, digamos, un virus volviera su sistema operativo contra él, entonces sufriría mucho durante un tiempo más bien corto. Porque en cuanto tuviera la capacidad adquisitiva suficiente, comprará otro incluso mejor y olvidará por completo el anterior, ya no lo necesitará. ¡Eso es exactamente lo que ha sucedido! Ella estaba confundida: se pensaba que me amaba. ¡Qué intolerable! Ella no me amaba a mí, amaba el servicio tan espectacular que le estaba suministrando día a día. Una vez ese servicio no se produce, entonces se siente de golpe desengañada, liberada... y a eso llámelo con un cinismo malévolo madurar. Entonces se convence sin siquiera mediar palabra ni pensamiento que en la vida se ha de mirar siempre para adelante... Sí, estoy seguro de que piensa que está buscando la felicidad, la felicidad que se merece. ¡Abyecta rata! Si al menos se confesara su vileza con franqueza..., pero esto es intolerable. Si al menos dijera: "Este producto hace tiempo que no suministra el servicio que requiero, es más, durante más tiempo del que una señorita debería soportar se ha vuelto un incordio..., ¿qué me impide ir en busca de otro producto, otra herramienta? Lo que importa es el servicio". Pero no, ella ha quedado como la santa y yo como el malvado que ha recibido su justo merecido.
Miró la foto de ella y, sin saber por qué, se tornó profundamente melancólico en cuestión de un minuto. Acarició su rostro en la pantalla. Era como si de pronto ansiara su perdón, olvidara todos los reproches que le había hecho, que le disparaba frenéticamente día a día, hora a hora, minuto a minuto.
–Deberíamos poder empezar de nuevo. Podemos ser sinceros el uno con el otro por primera vez. Ah, pero si fuera sincero, si me mostrase tal y como soy en verdad... ¿acaso me amarías? No, claro que no. Y de todas formas da lo mismo, ella ya ha encontrado a otro producto que le contente.
»Me lo ha puesto muy fácil en ese sentido. Yo era inteligente, en cambio él es ordinario (¡sí, es objetivamente ordinario, es insoportablemente ordinario!). Le he investigado compulsivamente. Presumo de conocerle mejor que ella (¿y qué le importa a ella conocernos de verdad?). Ella halagaba mi inteligencia, probablemente porque le servía de adorno hacia sus amigas. ¿Por qué este cambio tan brusco? Él y yo no nos parecemos en nada. ¿Cómo ha podido cambiar hasta ese punto...? ¡Tampoco ha pasado tanto tiempo, maldita sea! Parece mentira... Cómo hemos llegado a esto. Quién le hubiera dicho que... Yo le dije, sí, le dije una vez que acabaría con otro, cuando estaba casi convencido de dejarla. En el fondo yo lo sabía todo. Entonces ella me miró muy seriamente y con una convicción aparentemente inquebrantable me dijo "No, no habrá ningún otro". ¡Un año y medio has tardado en cambiar de opinión cacho de perra! Era indigna..., supongo que en última instancia sé perfectamente que sigue siéndolo. Yo no la dejé así por la ligera. Yo estaba plenamente convencido, hacía meses que no podía ni verla, me resultaba insoportable, sus conversaciones estúpidas y centradas en ella me estaban quitando el oxígeno. No me merecía lo más mínimo, yo era, yo soy diez veces ella. ¿Entonces por qué no puedo parar de pensar en ella, de darle a todo vueltas una y otra vez? Jamás he sufrido tanto.
Se tumbó en la cama boca abajo, la cabeza hundida en un incómodo cojín. Pese a ello, con los nervios destrozados, se quedó dormido.
Soñó con ella, soñó que la veía, que podía hablarle, que podía justificarse, poner las cosas en claro. De repente aparecía él, y unas ganas enormes de apuñalarle electrocutaba sus sentidos. Al borde de la locura, asió el aire como si sujetara un cuchillo, pero justo cuando iba a matar a ese impostor indigno que le humillaba y profanaba su más alto baluarte, su más sagrado templo, se dio cuenta que no le odiaba lo suficiente. Se detuvo. Observó su rostro elegante, sus ojos simpáticos, su expresión monótona que anunciaba a los cuatro vientos una mediocridad absoluta. Se volvió hacia ella. Un fuego quemaba su corazón sin impedir su funcionamiento, que era el de un mecanismo enloquecido. La mano se levantó por sí sola, él tenía grabado en su instinto una justificación perfectamente lógica y loable, así que su brazo descendió, descendió y descendió, a la par gritando como un poseso, ansiando la venganza que restituiría su honor, que devolvería todo el padecimiento que le había estado causando. Pero algo le dejó paralizado. Trató de zafarse, pero todo era en balde, era una estatua. Ella le miró jocosamente, casi vulgarmente, y comenzó a engordar rápidamente. Bajo su obesidad oyó una risa, e inmediatamente despertó en su cama con la respiración entrecortada agitando su pecho sudoroso.
No había pasado un segundo y los dilemas brotaron de sus labios como estertores convulsos. Al principio no sabía lo que decía ni por qué lo decía –estaba demasiado adormilado–, pero cada vez tomaba más control sobre su conciencia hasta que terminó de despejarla la luz artificial de la hiriente bombilla. Pero seguía hablando, en susurros fragmentados, como si hablar demasiado alto fuera indelicado, como si por otra parte simplemente pensar redujera su debate infatigable a la nada. Y era precisamente la conciencia de "nada" lo que él quería alejar de sí. Él pensaba que debía ser importante, debía ser una opción, y para ello el problema debía perpetuarse. Ése era el único camino a la solución, es decir, al momento en que ella se diera cuenta de que su pareja no valía ni la mitad de la mitad que él, cuando se diera cuenta de que su decisión era precipitada y errónea, cuando se decidiera a retomar el contacto, a hablar, a llegar a un acuerdo...
Pero nada de eso sucedía. Los meses pasaban, y nada sucedía. "Nada", aquello que precisamente anhelaba con todo su alma evitar.
–(...) se considera demasiado madura y honesta como para vengarse de mí, pero no me cabe la menor duda que se jacta... ¡Intuye perfectamente el tormento al que me está sometiendo! ¡Qué cinismo más rastrero, más insoportable! ¡Qué injusticia! ¡Solo una actuación tajante e impactante podría llegar a solucionar esto, a restaurar mi honor destrozado! Ah, pero no me atrevo... Haría un ridículo espantoso, ¡es una locura, una locura...!
No tenía ninguna gana de salir, pero, sintiendo que le faltaba el aire, se vistió rápidamente y como un autómata de mirada perdida y labios febriles bajó a la calle. En el paseo, si bien las rachas de viento le relajan un poco, dirigía la mirada hacia toda mujer que se encontraba. Toda mujer era susceptible de ser ella. Cuando alguna mostraba un parecido mínimamente razonable a primera instancia, notaba su corazón acelerarse violentamente.
–La detesto con todo mi alma, pero a la vez la necesito, oh, la necesito tanto... Sé perfectamente que me es intolerable, ¡por eso mismo la dejé! Pero la necesito, su piel, sus ojos..., sus ojos declarando su entrega total hacia mí. Ella era un consuelo. Necesito a alguien que me admire, que suspire por mí. Necesariamente ese alguien tiene que ser una mujer. Ella era propicia para el caso. Es guapa. Podía decir: "¡Mirad, ésa belleza la he conquistado yo! ¿Cómo os lo explicáis?" No la quería, no la requería..., pero saber que estaba allí, siempre dispuesta, siempre como última alternativa, como recurso de emergencia en mis momentos bajos...
»Pero no merece la pena. Creo que sé por lo que padezco esta tormenta constante. Creo que no es ella. No. ¡Ella sólo lo representa! Pero hay algo detrás... ¿Cómo voy a querer siquiera a un ser infantil y caprichoso que solo retribuía mis constante esfuerzos con mero sexo, a un ser que tan pronto se enamora de alguien como yo como de alguien diametralmente opuesto, el imbécil ése, con tal de que ambos le proporcionáramos las atenciones que requiere? ¡Sí, sin duda hay algo detrás! Si al menos tuviera la mente más despejada... ¡Ella no es el misterio! Hago montañas de sus caprichos, como si algo inextricable guardaran fuera de mi comprensión ofuscada, pero la verdad de sus acciones es la más simple y obvia, ¡por eso me resisto a creerla! ¿Cómo voy a admitir así como así que me vinculé con una mezquina exprimidora de hombres? Porque, más allá de ella, ¿en qué lugar me dejaría eso a mí? ¡Creí haber logrado un trofeo de alta categoría, y solo era un parásito más! Solo presté atención a su belleza y a su actitud ambigua constantemente encubriendo su esterilidad total de carácter... Y eso lo interpreté de manera infame como atributos fantásticos, y también su habilidad sexual... No. Ella es como una niña. Ayer me quería a mí y hoy quiere a éste. Mañana seguramente querrá a otro. De los hombres anteriores ningún afecto ni necesidad guarda. En cambio yo sí, porque yo poseo pensamiento abstracto, ella solo utilitario... Por eso es tan fría, tan despiadada, tan injusta. ¿Y cómo sí sufro por ella, casi dos años después, aun sin haberla amado y ni tan siquiera respetado nunca, ella no quiere saber absolutamente nada de mí, cuando en su momento me veneraba con toda franqueza? Yo he perdido algo enorme..., al menos mi instinto; en cambio el suyo ha sido completamente equilibrado con su nueva adquisición... ¿Quién me iba a decir a mí que saldría perdiendo a la larga, que mi sufrimiento iba a ser, pese a todo, exponencial al suyo? Pero esta tortura me viene bien, supongo que es un tránsito necesario. ¡Cuánto aprendo, pese a todo! Ella alababa mi inteligencia... Ahora de éste alabará, que sé yo, su habilidad para arreglar un motor. ¡Qué detestable! ¡A ella le es completamente secundario toda la inteligencia del mundo y toda habilidad de reparar artefactos, ella solo elige y aprecia el trato, meramente el servicio!
»Pero soy un miserable –dejó de mover los labios al darse cuenta después de un buen rato de que la gente le miraba de manera extraña al pasar, pero volvía a hablar al aire en cuanto tenía ocasión–. Todas estas necesidades por las que sufro, ¿no son también una vileza? Sí, por mucho más complejas que sean, son también fallos, vanidad pura. Creo que lo entiendo... No es ella lo que me aterra perder, lo que me hace sentir el hombre más humillado y desdichado del planeta. Es lo que implica, lo que simboliza. Es la soledad a lo que profeso pánico. Es no tener a nadie, es el sentimiento que me invade de estar desperdiciando mi juventud... Pero, ¿cómo es posible? ¿Acaso lo que compartí con ella puede considerarse aprovechar la juventud? ¡Al demonio! Ella gana si consigue esclavizar a un hombre, yo gano gano si consigo que una mujer me esclavice. Lo demás son los gustos que tenga cada uno, pero lo principal es lo que he dicho. Necesito una guía, y esa guía es una mujer. Sin ella las posibilidades de la existencia son monstruosamente inabarcables. La libertad es monstruosa, ahora me doy cuenta. Siento un vértigo visceral. ¿Cómo va a sentir ella algo así? No podría ni tan siquiera imaginarlo, sólo es una pobre imbécil de apetencias infantiles, huecas y cínicas. Los hombres nos pasamos la vida lamiendo el culo a una mujer sin entender exactamente el porqué, eso es lo que saco en claro. Los hombres necesitamos el látigo en la espalda. El dolor del látigo es un bendito placer en comparación con el dolor de la libertad. ¿Es tan simple como eso? ¿Toda la historia ha sido así, de principio a fin? ¿Es que no existe el romanticismo de las películas, de las novelas? ¡Es todo mentira, es todo una farsa abominable! El amor entre hombres y mujeres no existe, es una explosión química, un orgasmo de vanidad; ambos luchan únicamente por su preservación personal. Los hombres somos unos jabalís..., y nos consideramos mas dignos que el cerdo solo por tener colmillos. ¡Qué absurdo! Y ella es como un gato. ¡Sí, exactamente como un gato! Debería sentirme agradecido por llegar a estas conclusiones. Pero no, en absoluto, lo único que hacen es angustiarme lo indecible. ¡Y esa angustia es doble en cuanto a que me hace sentir que es la verdad!
Se sentó maquinalmente en el banco de un pequeño parque vacío. Tras mirar bruscamente a su alrededor –como si despertara por primera vez desde que se levantó de la cama de un trance profundo– hundió su cabeza entre sus dos manos, sumido de nuevo en eternas reflexiones punzantes.
–No debí tratarla tan tiránicamente. Sí, puede que lo mereciera, pero aún así no fue lo correcto. Pero qué más da ya. ¿Qué iba a saber yo entonces? Se me antoja que todo ocurrió como si hubiera estado dispuesto, como si ninguno de los dos tuviera otra opción. Hice bien en dejarla. Sí, a pesar de todo sigo poseyendo un instinto atinado..., él siempre me lleva meses o incluso años de ventaja. ¡Ah! Pero está siendo tan duro alcanzarle esta vez... Pero demostraré que estoy a la altura. ¿Llegará el día en que mire la foto de ella y no bulla en mí la necesidad de revancha, el vil requerimiento de poseerla, el ridículo instinto de someterme a ella? Llegará un momento en que pueda tratar con total serenidad a las mujeres. Pero ahora..., ahora estoy destruido. Soy una ruina ambulante. ¡Miren, miren lo que han conseguido! Seguro que no podría evitar sentirse satisfecha. Pero está condenada a un lamentable bienestar, como todos. ¡Ni siquiera se lo imagina! Ésa será mi venganza. Ella nunca lo sabrá. Pero conque lo sepa yo es suficiente. Ahora le protege la juventud..., pero el paso de los años le descubrirá su estupidez, verá que ha caído en el error en el que alegremente se precipitan todos. ¡Puedo figurarme cómo echará entonces, con treinta, cuarenta o cincuenta años, la culpa al resto! ¡Él, si se convierte en su marido, será el culpable de su infelicidad! Y entonces dirá que tiene derecho a ser feliz y le será infiel, o pedirá el divorcio, quién sabe si los niños de rehenes de por medio. La gente cree que estos hechos son excepciones, pero la verdad es que están a la orden del día; lo raro es precisamente lo contrario. Está condenada a ser una niña maligna toda su vida... Pero ahora me toca a mí morder el estiércol. ¿No es acaso mi propio estiércol? El tiempo pasará... Mi honor volverá. Solo hay que ser paciente. Claro, el honor, el honor.



[Imagen obtenida de https://www.flickr.com/photos/akristc/]

martes, 16 de diciembre de 2014

Testimonio del que no ve la luz.

[Leí dos páginas de los «Apuntes del subsuelo». Creí conocer al personaje. Detuve la lectura para ejecutar un paupérrimo tributo en honor del autor.]


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¿Tengo que pensar en algo más, en alguien más? Claro que no. La verdad es que no recuerdo cuando fue la última vez que tuve a alguien en consideración. No sé, voy de aquí para allá, ustedes me entenderán bien. ¿Ustedes? Já. Me importan menos que nada. Sólo estoy escribiendo por escribir, aunque está claro que el no hablar con nadie... Pero ahí está: el destino. Hablo al destino, y me vengo de él escribiendo esto. Te planto cara, caprichoso traidor. Puede que nunca haya sido nada, pero igual de cierto es que nunca me he permitido ser menos de lo que debía ser. Desprecio al mundo, a esas gentes con ojitos fisgones y húmedas patas de rata que circulan por pegajosos conductos en busca de... ¿Y yo qué sé? ¿Lo saben ellos? A mí no me importa, ¡ésa es mi ventaja! Pero sea lo que sea, siguen siendo unas ratas, el barro gotea desde todos los balcones inundando las carreteras de decadencia humana...

Los molesto cuando puedo. Si alguien me saluda yo le miro con odio. Si en el mostrador de un hospital me atienden mal, giro mi cabeza a otro lado para hacer patente mi magnificencia, la línea roja que separa nuestra integridad de espíritu. En el trabajo me odian, pero por suerte no tengo por qué hablarlos... (vaya, no lo haría de todos modos); que cuchicheen... ¡es un consuelo para ellos dar esos chillidos tras las esquinas! Me ven como un ladrón..., ¿acaso por deambular de sombra en sombra...? Me detestan porque saben que no son dignos de mí, que esa es la razón de mi mirada de desprecio. ¡Sus fruslerías! ¡Su familia, el colegio de sus niñas, el partido de fútbol! ¡Imbéciles! Hacen lo mismo que los camellos: cargan, cargan, cargan... ¡y el que más puede cargar mejor camello es! Pero no es eso lo que me molesta. O por lo menos lo que más me molesta de todo. Lo que es intolerable es que se engañen, y que me odien por no engañarme yo a mí mismo.

¿Que esto no es natural? Y díganme, ¿les parece a ustedes su modo de vida natural? Defínanme lo que comprende ese término y se habrán engañado. Ah, no, no; no hay nada correcto... ¡Todo estética, adorno pueril! A cualquiera le puedes decir: "Haz esto, haz lo otro", pero al final la verdad es que cada cual hace lo que le viene en gana. ¡Todos prefieren hacer caso a su vanidad que a su razón! Todos seguimos nuestro instinto genuino... Odio la hipocresía, ya lo han podido adivinar. ¡No! ¡No se puede corregir nada! ¡Nadie se corrige! ¡Vea el que tenga ojos para ver! Hay tablas, hay personalidades. Siempre ha sido igual. Siempre será igual.

Me odio. No por ser como soy. Es que... Verán ustedes que se debe quemar todo, sí, limpiarlo de basura. Me obsesiona... estar hasta las trancas de porquería... es insoportable. ¿Y por eso escribo esto? ¡Oh, no lo sé, no lo sé! Pero escribo. ¡Escribo, sí, a pesar de todo escribo, escribo, escribo! ¿Adónde voy? Tengo que hacer algo. No puedo vivir así... me asfixio. ¿Pueden ustedes entenderlo...? Es como vivir en una alcantarilla. Hay que barrer, ¿saben? Si no todo va mal, y la gente como yo pierde la sesera. No es que debamos perderla; ¡al final se salen con la suya! Puesto que siempre terminamos explotando. Entonces nos señalan con sus dedillos rosados y nos dicen: "¡Ahí el loco, ahí el loco!". Pero soy demasiado miserable. No me atrevo a irme de aquí. O a lo mejor simplemente no me apetece. Estar tumbado en el sofá..., lo profeso, lo digo ahora: es como aislarte de todas las cosas insoportables de ver y tocar. 

Voy andando muy deprisa, como si algo me siguiera al salir por las tardes. Un lobo, un no se qué soplando frío en mi nuca... No es un miedo, es como una fuerza lógica, como una daga que me guía a mi meta, ¿entienden? Así que subo las escaleras muy rápido (en ese punto sí que estoy verdaderamente espantado), cierro la puerta de mi piso muy aprisa, enciendo todas las luces (me inquieta sobremanera que el pasillo permanezca oscuro), me acomodo en el sofá, subo la manta hasta mis narices y pego la espalda contra el respaldo (si dejo un hueco algo podría colarse por mi espalda)...; ahí estoy seguro, descanso, paso revista, contesto a las ofensas recibidas durante la jornada... Antes me complacía vencer en mi mente a los demás. No es que no me atreva a decirlo a la cara, sólo es que no merece la pena, y lo digo honestamente, créanme. Bah, ¡y al diablo si no me creen! Sólo diversión, un poco de entrenamiento en la mente...; si se queda vacía... ay, si se queda vacía me hundo en el hueco del sofá, se hace profundo y me devora con una suavidad horripilante, y siento que sólo mis brazos asoman ya, agarrándose o despidiéndose, a la nada, no sé, lo que sea, pero desaparezco. Yo no puedo desaparecer. ¡No desapareceré así! Antes morir como un loco que desaparecer como una patética pelusa.

No pueden detenerme. Si ellos supieran... ¡si tan sólo imaginaran una décima parte de mi conciencia! Me acusarían de loco perdido, de psicópata, de morboso. Ah, son deleznables, absolutamente prescindibles. Pero no lo saben. Sólo lo sé yo. ¿Saben que juego con un tenedor enorme en mi habitación? Oh, no, nada en plan asesino lunático. ¡Por favor, no sean imbéciles! Es mucho más simple que eso. Es como si pegar estocadas a la pared fuera mucho más íntegro que ordenar albaranes. Un albarán no sirve para nada, es una estupidez, no tiene nada que ver conmigo. ¡No tiene nada que ver con nada que merezca mínimamente la pena! Sin embargo el tenedor contra la pared tiene un sentido claro, conciso: si golpeo con determinada fuerza consigo tal efecto, no es lo mismo dar con las puntas que de refilón. Mi pared y yo hemos tenido conversaciones infinitamente más útiles que las que sostienen esos sucios charlatanes. A veces... el rasgar la pared... el sonido me relaja, me quita tensión de encima, me concentro en un sólo evento, y no hay nada de inmundo ni en el tenedor ni en la pared ni en el rasgar que produce.

Pero pongamos las cosas en claro. Hay algo que quisiera declarar. ¿O esto es sólo para alejar lo demás? Nadie sabe que existo. Me creo demasiado importante... ¡lo soy, lo soy, en cierto modo...! Pero soy muy miserable. No me culpo, pero eso no quita que lo sea. Igualmente el resto también es miserable. Yo lo sé, yo me veo como soy realmente. ¿Ellos qué ven? Se lo diré. Lo que ven los demás o, en el mejor de los casos, lo que les gustaría ver de sí mismos. ¿Ven por qué merezco prevalecer...? No hay futuro, lo sé, ¡no soy ingenuo! Pero eso no significa que no debiera, digamos, en un mundo limpio, prevalecer. Puedo moverme ágilmente, nadie me verá, en lo malo se saca también alguna ventaja. Estoy enfermo. Pero es mi enfermedad lo que me mantiene vivo. Sin ella haría mucho que estaría pudriéndome bajo algún agujero... ¡Qué fuerte me hago! ¡Ah, si pudieran ustedes siquiera imaginar la gigantesca escalada a lo largo de todos estos años! Y sí, ¡estoy enfermo! Sí, sí, sí: me declaro como el enfermo más limpio del mundo.

Ya no miro por la ventana. Cuando hace calor la abro. ¿Habrá alguien ahí abajo que se haya fijado en esto? Quién sabe, quizá algún chicuelo mire de vez en cuando y diga: "¡Ya han abierto ahí la ventana, cómo se nota el calor!". Me le he imaginado. ¿Existirá? Podría ser, podría ser. Perfectamente podría ser. Yo he hecho a veces esas apreciaciones, las hace todo el mundo. Pero divago ya..., es el cansancio. Esta malita rutina... Lo consiguen, el mantenerte siempre lo suficientemente cansado como para no protestar, no armar un cirio de mil demonios. Si sólo no estuviera tan cansado...

Puedo ir a donde me plazca. Pero no sé nada. Quizá sólo haya venido a esta enorme cloaca a ordenar albaranes. ¡Já! ¡Ridículo! ¿Eh? ¡Ridículo, ridículo, caballeros! ¿Les importa si les llamo caballeros? Me hace sentir a mí más importante. Como si fuera lo que mereciera y mandara en algo en este mundo, tener al menos el consuelo de aplastar, de cascar las nueces y comerlas. ¿Consuelo? Ofrezcanme una caricia y les morderé la mano. Yo me imagino mis propios consuelos. Son imágenes de lo que debería ser. Y yo estoy allí en medio, como un director de orquesta, un viento apoteósico encrespando los árboles hasta arrancarlos de sus raíces, pero yo..., mis pies de plomo...

No cabe duda de que estoy hasta las trancas de suciedad. ¡Mi nariz a ras del cenagal, produciendo un intolerable burbujeo en su hedionda superficie! Veo las rosas a lo lejos, pero no llego a ellas. No puedo... estoy atascado, me retienen por debajo... ¿Qué será? ¿Quién? ¡No soy capaz, no soy capaz, no soy capaz! Si pudiera sacar al menos un pie... iría hasta allí y cogería alguna de esas rosas... Créanme, están en mi mente, reales como esta amarillenta hoja de papel. Me obsesionan. Las agarraría con todas mis fuerzas y dejaría que sus espinas penetraran en mi piel. ¡Qué alivio! ¿Pueden entenderme? ¿No saben el terrible peso que me quitaría de mis hombros? Maldita sea, sería capaz de deshojarlas con una navaja y de tragarme su tallo, como el muchacho que besa furtivamente en el granero a su primer amorío...

Estoy en la oscuridad. Este piso es como una cueva. Yo soy este piso. Yo ya no soy yo. Me pierdo en cada gota de humedad, en cada telaraña, en los golpes que el viento helado asesta a algún ventanal. La nevera está siempre tan vacía...; mi apetito es desde hace meses un trastorno ejemplar. Las luces no son nada, sólo dos ojos abiertos, los míos...; los míos, los míos. La luz del sol no entra aquí, no ilumina nada. Me pone nervioso. Hay pureza en la oscuridad de mi caverna... es tan puro que me mata, me arrebata mis suspiros...; mi aliento es el que golpea las ventanas..., a veces siento un vértigo, como si pudiera trepar por las paredes y el techo del salón.

Aquí hay dos ojos que miran sin ser vistos. Toco melancólico la persiana... Beso las paredes frías, lamo la base de la taza de café..., pero qué repugnantes son los seres humanos. Cuando uno me toca me estremezco, me arde el corazón, siento que voy a girarme gritando como un endemoniado y  estrangularlo. Todos ustedes me dan asco, y si trataran de entenderme me darían aún si cabe más asco.

Suavemente me golpeo con el culo de la botella en la cabeza..., imprimo el ritmo de los segundos en mi cráneo. TOC, TOC, TOC, TOC... Y me relajo, me adormilo, todo me da tregua. Todo es por culpa de este progreso poseído. Siempre ha sido así, pero ahora es peor. O a lo mejor imaginar que es peor ahora me consuela respecto a mis predecesores. Cada cosa se entiende por su superficie. Me repugna. Ya ellos les repugna la profundidad, la última palabra de cada sentido. Me repugnan ellos. Que me mate la piedra: es limpia, regia, persistente y pura; que me mate mi frío tenedor; ellos no son dignos de matarme. Miro por la ventana y donde debiera haber transeúntes dejo de ver enseguida nada. No hay nada. No hay nadie. A veces ni siquiera estoy yo.

He visto la muerte... Estoy enfermo... ¿Es posible? ¿Me convence? Vaya, vaya, adónde iremos a parar. El loto nace del barro..., quisiera ser como el loto. ¿Qué me lo impide, qué me estropea? Estropeado... Divago demasiado. Estoy cansado, ya lo he dicho... Pero es posible, no obstante. Estropeado, estropeado... ¿Quién? Pudo haber sido..., aunque ya no me acuerdo. Hace mucho que perdí la memoria. Todo se desvanece atrás, no veo nada... Hace mucho que no veo nada. Me arrastro como los topos..., o como los gusanos. Pero yo lo sé.





viernes, 12 de diciembre de 2014

«El sueño de un hombre ridículo» de Dostoievski.

Un ágil torrente de espiritualidad empapa de dicha y esperanza al lector en un relato que antepone el corazón frente al racionalismo y la ciencia, origen del mal en los hombres

Antes de nada...


Si el lector no se encontrara en la disposición de leer el análisis entero, recuerdo que existe una conclusión al final a modo de reseña literaria.

Teniendo en consideración que estamos ante un relato de apenas treinta y cinco páginas y aunque se emplea el lenguaje con cuidado evadiendo describir los puntos álgidos de la lectura, el análisis alude a hechos de la trama inevitablemente. Aunque en mi opinión no malogran el interés por la lectura, si el lector prefiere no jugársela le recomiendo que vaya a la conclusión antes señalada. En cualquier caso, he de decir que los fragmentos transcritos no tienen desperdicio.

La primera imagen corresponde a la edición de la obra que he empleado para la lectura. Téngase en cuenta que mi edición contiene tres relatos, «Bobok», «La sumisa», aparte del que aquí tratamos, y que cada cual posee su entrada particular y detallada.

Agradezco cualquier impresión o corrección. Un saludo.


Análisis:

«Y mientras tanto, todo esto es tan sencillo: ¡en un solo día, en una sola hora, se arreglaría todo a la vez! Lo principal, lo más importante es amar a los demás como a uno mismo, y esto es todo, no se necesita nada más: enseguida se encontraría la forma de arreglarlo.»

En un estado que a veces rozaba la catarsis y que empañaba mis ojos, he transitado una vez más en la cima de la psicología literaria que es Dostoievski para experimentar una de las visiones más místicas y relucientes en un efímero relato de apenas treinta y cinco páginas. De verdad que sin este autor no sé qué sería de mí.



Edición 2011 de Alianza (diseño de cubierta: Manuel Estrada).



El protagonista de la obra nos relata en primera persona cómo era su vida antes de obtener determinada revelación. ¿Y cómo era? Pues un nihilista. Se percibía profundamente ridículo, y el paso de los años sólo ahondaba esa concepción propia. Como era profundamente orgulloso, se sentía acomplejado y mentía para disimular sus carencias. Pero llegó un punto en el que alcanzó la conclusión de que la vida no servía para nada, que nada tenía sentido, y que por tanto el ridículo no tenía por qué afectarle. En una apatía total que le hundía en la insensibilidad, nos cuenta cómo meditaba el suicidarse..., y mientras tanto dejaba pasar el tiempo.

«(...) era la convicción de que todo da igual. Hacía mucho que lo presentía, pero la convicción plena se me reveló este último año, como de repente. De pronto sentí que me daba igual que el mundo existiera o que no hubiera nada en ninguna parte. Empecé a percibir y a sentir con toda mi alma que nada había existido durante mi vida. Al principio me parecía que antes sí que habían existido muchas cosas, pero luego llegué a comprender que antes tampoco había existido nada, sólo que por alguna razón así me había parecido. Poco a poco llegué a la convicción de que tampoco existiría nada. Entonces de pronto dejé de estar enfadado con la gente y casi dejé de reparar en ella.»

Se ve claramente ese sentimiento de indiferencia, de frivolidad típico de la modernidad, del hombre que ha perdido su identidad, sus raíces, su razón de ser y su noción de pertenencia a una comunidad y causa, como expondría claro y estremecedor Camus en «El extranjero». Es la búsqueda del bienestar personal (pues cuando se sondea una armonía generalizada es únicamente como medio de que nos toque a nosotros también nuestro propio recinto privado de bienestar) lo que pierde al hombre a la sed constante, a la confusión, a la desesperanza y a la indiferencia emocional. Pero el ansia de placer, prestigio y poder es fuerte y promete dicha donde sólo entregará tormento, insatisfacción perpetua y enajenación respecto a los demás.

Así sucede que una oscura noche le muestra una única estrella en el cielo, que le inspira, por fin, la firme decisión de suicidarse. Pero una niña acude a él pidiendo desesperada ayuda para su madre (se supone que en estado grave), a lo que él responde de manera indiferente y finalmente hostil, hecho que le llevará a razonamientos como los siguientes, en los cuales se genera una crisis que desbarata su asimilada perspectiva del absurdo al encararse su suposición de la nada existencial con el surgimiento de culpabilidad, que a su vez desbarata su cómoda visión causándole mezcla de molestia e inevitable curiosidad:



«(...) De hecho, antes, en la calle, había sentido lástima, ya que a un niño seguramente le habría ayudado. Entonces, ¿por qué no había ayudado a aquella niña? Pues por una idea que apareció en mi mente mientras ella tiraba de mi ropa y me llamaba; fue en aquel momento cuando de pronto se me planteó una pregunta a la que no pude encontrar respuesta. Era una pregunta vana y sin embargo me enfadé. Mi enfado provenía de la conclusión de que, ya que había decidido suicidarme aquella noche, todas las cosas del mundo deberían resultarme aún más indiferentes que antes. Si esto era cierto, ¿por qué de repente sentí que no me daba igual y que me compadecía de la niña? Recuerdo que me dio mucha lástima, hasta el punto de causarme un dolor extraño y completamente inverosímil en mi situación. (...) Era obvio que si yo era una persona, no un cero –y mientras no me convirtiera en un cero–, vivía, y por lo consiguiente podía sufrir, enfadarme y sentir vergüenza de mis actos. Supongamos que esto fuera cierto. Pero si iba a suicidarme dentro de, digamos, dos horas, entonces, ¿por qué tenía que preocuparme por la niña y por qué había de importarme la vergüenza ni nada en el mundo? Me iba a convertir en un cero, en un cero absoluto. ¿Acaso la conciencia de que dejaría de existir por completo, y de que por tanto, tampoco existiría nada, acaso aquella conciencia no afectaba en lo más mínimo al sentimiento de compasión por la niña ni al sentimiento de vergüenza por la vileza que cometí? Porque si había pateado el suelo y le había gritado violentamente a la pobre criatura fue como para decir "no sólo no siento lástima, sino que cometo una vileza inhumana porque ahora puedo, porque dentro de dos horas todo se desvanecerá". ¿Pueden creer que grité por eso? Ahora estoy casi seguro de ello. Resultaba obvio que la vida y el mundo entero en aquel momento era como si dependieran de mí. Podría decirse incluso que el mundo entonces era como si estuviera hecho para mí solo: si me pegaba un tiro, el mundo dejaría de existir, al menos para mí. (...)»
«Por ejemplo, de pronto tuve un pensamiento extraño y era que si anteriormente hubiera vivido en la Luna o en Marte y hubiera cometido allí el acto más vergonzoso y deshonesto que se pudiera imaginar, y si por ello hubiera sido vejado e infamado hasta aquel punto que puede sentirse y percibirse tan sólo algunas veces en un sueño, en una pesadilla, y si, después, al encontrarme en la Tierra, siguiera conservando la conciencia de lo que había hecho en aquel otro planeta y, además, supiera que en ningún caso, nunca jamás, volvería allí, entonces, cuando mirara la Luna desde la Tierra, ¿me daría igual o no? ¿Sentiría vergüenza por aquel acto o no?»

Sentado en el sillón de su diminuto piso alquilado, la pistola cargada a mano sobre una mesa cercana, nuestro protagonista no puede evitar postergar su acción fatal manteniendo activos estos soliloquios profundos. No duerme por las noches, sino que espera sentado al día. Sin embargo en esa noche –cosa curiosa–, en mitad de sus razonamientos, cae en el sueño sin darse cuenta, a partir de lo cual comienza su aventura onírica, una poderosa metáfora sobre la condición humana y una enseñanza intensa de la espiritualidad de la que preferimos prescindir, que incluso hemos olvidado que existe. Se vislumbra una utopía en la que las máximas aspiraciones místicas de las religiones son posibles ya que se integran de principio a fin en la conciencia de cada cual alcanzando una simbiosis con el todo y en la que no hay temor, no hay maldad alguna: el amor lo ocupa y cura todo.


No quiero especificar demasiado de lo que sigue –el clímax de la obra– porque considero mejor el lector se sorprenda por sí solo, pero es pertinente comentar determinadas cuestiones fundamentales. El protagonista experimenta, como hemos dicho, en un sueño muy real –y muy bien planteado y descrito por parte del autor– las consecuencias de lo que tenía proyectado, y cómo su carácter y su comportamiento erróneo para con la existencia se diluye en cuanto es tocado por el más honesto amor, cuando todas las barreras, todo el instinto de conservación, de honor, toda necesidad de disimulo pierde por entero su razón de ser ante el maravilloso espectáculo que contempla.



«No sufrían por mí aquellas veces cuando, entre lágrimas, besaba sus pies, porque en sus corazones llenos de alegría sabían con qué fuerza de amor me corresponderían. De vez en cuando me preguntaba, sorprendido: ¿cómo podían en todo aquel tiempo no ofender a alguien como yo y no despertar en alguien como yo el sentimiento de celos y envidia? Más de una vez me pregunté cómo podía un fanfarrón y un mentiroso como yo no hablarles de mis conocimientos (...)»

Aprende en ese paraíso sin pecado original, pero sin embargo él es una diminuta mancha negra que comienza a dilatarse, y en el cristalino y virginal vaso se gesta una ponzoña que pronto da sus monstruosos frutos. La mancha de la humanidad es observada a lo largo de milenios por nuestro flotante protagonista, contrito.



«"De acuerdo, somos mentirosos, malos e injustos, lo sabemos y lloramos por ello, nos atormentamos, nos torturamos y nos castigamos a nosotros mismos, posiblemente más que aquel Juez misericordioso que nos juzgará y cuyo nombre desconocemos. Sin embargo, tenemos la ciencia y a través de ella volveremos a encontrar la verdad, pero esta vez la aceptaremos de una manera consciente. El conocimiento es superior al sentimiento, la conciencia de la vida es superior a la vida. La ciencia nos aportará sabiduría, la sabiduría nos revelará las leyes y el conocimiento de las leyes de la felicidad es superior a la felicidad misma".»
«Cada uno se hizo tan celoso con respecto a su personalidad que con todas sus fuerzas sólo procuraba  humillarla y rebajarla en los demás, y a ello dedicaba toda su vida.»
«Por otro lado, empezaron a aparecer personas que se pusieron a reflexionar sobre cómo podrían todos volver a unirse de manera que cada uno, sin dejar de amarse a sí mismo por encima de los demás, al mismo tiempo no molestara a los otros y así pudieran vivir todos juntos en una sociedad aparentemente armoniosa. Hubo verdaderas guerras por esta idea. Al mismo tiempo, todos sus beligerantes creían firmemente que la ciencia, la sabiduría y el instinto de autoconservación al final obligarían a las personas a unirse en una sociedad armoniosa y racional, por lo cual, mientras tanto, para acelerar este proceso los "omniscientes" procuraban exterminar lo más pronto posible a todos los "no omniscientes" que no comprendían su idea, con tal de evitar que éstos impidieran su triunfo.»



«El jardín de las delicias» de Bosch (está en alta definición: no os perdáis los detalles).



Cuando despierta, un nuevo horizonte cristalino y renovador, brilla sobre su cabeza. Entiende bien lo que le toca hacer. Se ha convertido, ahora verdaderamente, en un hombre ridículo; pero este hecho no le afecta, al contrario: le inspira. Porque él ha visto la verdad. Una misión le ha sido asignada. Busca a quien le salvó. Todo es claro y pasmosamente sencillo.



«"Lo que viste fue un sueño –dicen– un delirio, una alucinación". ¡Ay! ¿Acaso esto es propio de sabios? ¡Y están orgullosos de ello! ¿Un sueño?, ¿qué es un sueño? ¿Acaso no es nuestra propia vida un sueño? (...)»

Y, a pesar de todo, apoyando la vista en el telón de fondo que se cuece, observamos todos los días que:



«¡En nuestra Tierra sólo podemos amar de verdad con sufrimiento y únicamente a través de él! No sabemos amar de otra forma y no conocemos otro amor. Necesito sufrimiento para amar.»

En definitiva, queda una lectura memorable, una muestra excelsa de espiritualidad que puede ayudar a cualquiera, y sobre todo si se está pasando por una época de cierta desesperanza. Como dijo Chaplin: "Pensamos mucho y sentimos muy poco"; en «El sueño de un hombre ridículo» pasamos por esta noción con una agilidad y una habilidad que nos hace volar, sentir, respirar. Nada puede compararse al amor. Hay fuerzas poderosas, algunas de ellas terribles. Pero sólo el amor lo puede todo. Qué necesarias son lecturas como la presente.


Es propicio adjuntar el siguiente vídeo en el que se ilustra –sobrecogedor– «El sueño de un hombre ridículo» de manera muy efectiva (el surrealismo es enteramente digno). Es perfecto complemento para el que haya leído el relato, pero también puede ser de interés para el que prefiera no hacerlo pero no obstante acepte un dinámico resumen o antología.







Está narrado en el ruso original (totalmente conforme con el tono de la voz), subtitulada (naturalmente). La antepongo a la versión que protagoniza Jeremy Irons, «The dream», un monólogo ambulante con un inglés que no convence; muy falto de expresividad sobre todo comparado con el anterior.


Conclusiones:


Un hombre nihilista, solitario y profundamente desencantado con la vida transita en una apatía total hacia lo que le rodea. Rasgos claramente identificables con el hombre moderno si además unimos los complejos y la necesidad de aparentar, de cubrir sus defectos que le persiguen y atosigan hundiéndole en la más fatídica y deshumanizadora pérdida de la esperanza; orgullo blindado pesando bajo el regazo. Cavila la posibilidad del suicidio, y una noche finalmente se decide, pero un inesperado evento protagonizado por una niña pidiendo auxilio le sume en profundas reflexiones en las que su idea de la nada existencial entra en crisis con el inesperado –y casi "ilógico"– sentimiento de culpabilidad que a su vez posterga su fatal decisión.


Tras esto, se sumirá en un sueño muy profundo, en el que flotaremos de la mano del protagonista en una gran representación onírica en la que somos espectadores de una poderosísima metáfora sobre la condición humana y las causas de su caída y degeneración moral. Una utopía donde todos se quieren profundamente, donde el mal no posee cabida y donde la ciencia pierde su sentido, se nos abrirá, fascinante a los sentidos; el amor como única salvación suprema para la humanidad. Finalmente, la revelación nacerá de su corazón y marcará el resto de su existencia.


La sugestión que es capaz de despertar este diminuto relato (treinta y cinco páginas en mi edición) llega a ser muy honda. Son páginas de una gran expresividad, una enseñanza de espiritualidad que cada vez olvidamos más en pos de nuestro "progreso", es decir, de mantenernos cómodos con la conciencia de ser muy importantes, con una parcela privada a nuestra disposición que procure que el resto no nos moleste ni nos robe nuestro lamentable bienestar ni nuestro "precioso" tiempo, bajo la asfixia de máscaras de hipocresías obsesivas por disimular nuestros defectos. 


Bajo la enorme precisión psicológica de Dostoiveski el mensaje transmitido alcanza una forma perfecta. Lo recomiendo fervientemente a cualquier tipo de lector; sobre todo aquellos que anhelen flotar en las corrientes de la sensibilidad «El sueño de un hombre ridículo» es lectura vital. ¿Cómo no emocionarse como nuestro protagonista cuando presencia y finalmente asimila que el sentimiento ha de anteponerse a la fría razón y al reduccionismo de la exaltación del "yo" individual?

Por cierto, se observan evidentes paralelismos con lo que haría después Ian Watson con su «Jardín de las delicias». También cierta esencia de lo que ocurriría con los argumentos de las recientes películas «Another Earth» y «Orígenes» (mismo director), con tramas que pretenden llegar a similares ideas pero sin terminar de convencer por insuficiencia tanto de profundidad como de maestría. Aun con eso, dejo el maravilloso main theme de la segunda porque me recuerda a la sensación mística y cristalina que conseguía hacer brotar en mí «El sueño de un hombre ridículo»:



«Dust It Off» de The dø.

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