viernes, 12 de diciembre de 2014

«El sueño de un hombre ridículo» de Dostoievski.

Un ágil torrente de espiritualidad empapa de dicha y esperanza al lector en un relato que antepone el corazón frente al racionalismo y la ciencia, origen del mal en los hombres

Antes de nada...


Si el lector no se encontrara en la disposición de leer el análisis entero, recuerdo que existe una conclusión al final a modo de reseña literaria.

Teniendo en consideración que estamos ante un relato de apenas treinta y cinco páginas y aunque se emplea el lenguaje con cuidado evadiendo describir los puntos álgidos de la lectura, el análisis alude a hechos de la trama inevitablemente. Aunque en mi opinión no malogran el interés por la lectura, si el lector prefiere no jugársela le recomiendo que vaya a la conclusión antes señalada. En cualquier caso, he de decir que los fragmentos transcritos no tienen desperdicio.

La primera imagen corresponde a la edición de la obra que he empleado para la lectura. Téngase en cuenta que mi edición contiene tres relatos, «Bobok», «La sumisa», aparte del que aquí tratamos, y que cada cual posee su entrada particular y detallada.

Agradezco cualquier impresión o corrección. Un saludo.


Análisis:

«Y mientras tanto, todo esto es tan sencillo: ¡en un solo día, en una sola hora, se arreglaría todo a la vez! Lo principal, lo más importante es amar a los demás como a uno mismo, y esto es todo, no se necesita nada más: enseguida se encontraría la forma de arreglarlo.»

En un estado que a veces rozaba la catarsis y que empañaba mis ojos, he transitado una vez más en la cima de la psicología literaria que es Dostoievski para experimentar una de las visiones más místicas y relucientes en un efímero relato de apenas treinta y cinco páginas. De verdad que sin este autor no sé qué sería de mí.



Edición 2011 de Alianza (diseño de cubierta: Manuel Estrada).



El protagonista de la obra nos relata en primera persona cómo era su vida antes de obtener determinada revelación. ¿Y cómo era? Pues un nihilista. Se percibía profundamente ridículo, y el paso de los años sólo ahondaba esa concepción propia. Como era profundamente orgulloso, se sentía acomplejado y mentía para disimular sus carencias. Pero llegó un punto en el que alcanzó la conclusión de que la vida no servía para nada, que nada tenía sentido, y que por tanto el ridículo no tenía por qué afectarle. En una apatía total que le hundía en la insensibilidad, nos cuenta cómo meditaba el suicidarse..., y mientras tanto dejaba pasar el tiempo.

«(...) era la convicción de que todo da igual. Hacía mucho que lo presentía, pero la convicción plena se me reveló este último año, como de repente. De pronto sentí que me daba igual que el mundo existiera o que no hubiera nada en ninguna parte. Empecé a percibir y a sentir con toda mi alma que nada había existido durante mi vida. Al principio me parecía que antes sí que habían existido muchas cosas, pero luego llegué a comprender que antes tampoco había existido nada, sólo que por alguna razón así me había parecido. Poco a poco llegué a la convicción de que tampoco existiría nada. Entonces de pronto dejé de estar enfadado con la gente y casi dejé de reparar en ella.»

Se ve claramente ese sentimiento de indiferencia, de frivolidad típico de la modernidad, del hombre que ha perdido su identidad, sus raíces, su razón de ser y su noción de pertenencia a una comunidad y causa, como expondría claro y estremecedor Camus en «El extranjero». Es la búsqueda del bienestar personal (pues cuando se sondea una armonía generalizada es únicamente como medio de que nos toque a nosotros también nuestro propio recinto privado de bienestar) lo que pierde al hombre a la sed constante, a la confusión, a la desesperanza y a la indiferencia emocional. Pero el ansia de placer, prestigio y poder es fuerte y promete dicha donde sólo entregará tormento, insatisfacción perpetua y enajenación respecto a los demás.

Así sucede que una oscura noche le muestra una única estrella en el cielo, que le inspira, por fin, la firme decisión de suicidarse. Pero una niña acude a él pidiendo desesperada ayuda para su madre (se supone que en estado grave), a lo que él responde de manera indiferente y finalmente hostil, hecho que le llevará a razonamientos como los siguientes, en los cuales se genera una crisis que desbarata su asimilada perspectiva del absurdo al encararse su suposición de la nada existencial con el surgimiento de culpabilidad, que a su vez desbarata su cómoda visión causándole mezcla de molestia e inevitable curiosidad:



«(...) De hecho, antes, en la calle, había sentido lástima, ya que a un niño seguramente le habría ayudado. Entonces, ¿por qué no había ayudado a aquella niña? Pues por una idea que apareció en mi mente mientras ella tiraba de mi ropa y me llamaba; fue en aquel momento cuando de pronto se me planteó una pregunta a la que no pude encontrar respuesta. Era una pregunta vana y sin embargo me enfadé. Mi enfado provenía de la conclusión de que, ya que había decidido suicidarme aquella noche, todas las cosas del mundo deberían resultarme aún más indiferentes que antes. Si esto era cierto, ¿por qué de repente sentí que no me daba igual y que me compadecía de la niña? Recuerdo que me dio mucha lástima, hasta el punto de causarme un dolor extraño y completamente inverosímil en mi situación. (...) Era obvio que si yo era una persona, no un cero –y mientras no me convirtiera en un cero–, vivía, y por lo consiguiente podía sufrir, enfadarme y sentir vergüenza de mis actos. Supongamos que esto fuera cierto. Pero si iba a suicidarme dentro de, digamos, dos horas, entonces, ¿por qué tenía que preocuparme por la niña y por qué había de importarme la vergüenza ni nada en el mundo? Me iba a convertir en un cero, en un cero absoluto. ¿Acaso la conciencia de que dejaría de existir por completo, y de que por tanto, tampoco existiría nada, acaso aquella conciencia no afectaba en lo más mínimo al sentimiento de compasión por la niña ni al sentimiento de vergüenza por la vileza que cometí? Porque si había pateado el suelo y le había gritado violentamente a la pobre criatura fue como para decir "no sólo no siento lástima, sino que cometo una vileza inhumana porque ahora puedo, porque dentro de dos horas todo se desvanecerá". ¿Pueden creer que grité por eso? Ahora estoy casi seguro de ello. Resultaba obvio que la vida y el mundo entero en aquel momento era como si dependieran de mí. Podría decirse incluso que el mundo entonces era como si estuviera hecho para mí solo: si me pegaba un tiro, el mundo dejaría de existir, al menos para mí. (...)»
«Por ejemplo, de pronto tuve un pensamiento extraño y era que si anteriormente hubiera vivido en la Luna o en Marte y hubiera cometido allí el acto más vergonzoso y deshonesto que se pudiera imaginar, y si por ello hubiera sido vejado e infamado hasta aquel punto que puede sentirse y percibirse tan sólo algunas veces en un sueño, en una pesadilla, y si, después, al encontrarme en la Tierra, siguiera conservando la conciencia de lo que había hecho en aquel otro planeta y, además, supiera que en ningún caso, nunca jamás, volvería allí, entonces, cuando mirara la Luna desde la Tierra, ¿me daría igual o no? ¿Sentiría vergüenza por aquel acto o no?»

Sentado en el sillón de su diminuto piso alquilado, la pistola cargada a mano sobre una mesa cercana, nuestro protagonista no puede evitar postergar su acción fatal manteniendo activos estos soliloquios profundos. No duerme por las noches, sino que espera sentado al día. Sin embargo en esa noche –cosa curiosa–, en mitad de sus razonamientos, cae en el sueño sin darse cuenta, a partir de lo cual comienza su aventura onírica, una poderosa metáfora sobre la condición humana y una enseñanza intensa de la espiritualidad de la que preferimos prescindir, que incluso hemos olvidado que existe. Se vislumbra una utopía en la que las máximas aspiraciones místicas de las religiones son posibles ya que se integran de principio a fin en la conciencia de cada cual alcanzando una simbiosis con el todo y en la que no hay temor, no hay maldad alguna: el amor lo ocupa y cura todo.


No quiero especificar demasiado de lo que sigue –el clímax de la obra– porque considero mejor el lector se sorprenda por sí solo, pero es pertinente comentar determinadas cuestiones fundamentales. El protagonista experimenta, como hemos dicho, en un sueño muy real –y muy bien planteado y descrito por parte del autor– las consecuencias de lo que tenía proyectado, y cómo su carácter y su comportamiento erróneo para con la existencia se diluye en cuanto es tocado por el más honesto amor, cuando todas las barreras, todo el instinto de conservación, de honor, toda necesidad de disimulo pierde por entero su razón de ser ante el maravilloso espectáculo que contempla.



«No sufrían por mí aquellas veces cuando, entre lágrimas, besaba sus pies, porque en sus corazones llenos de alegría sabían con qué fuerza de amor me corresponderían. De vez en cuando me preguntaba, sorprendido: ¿cómo podían en todo aquel tiempo no ofender a alguien como yo y no despertar en alguien como yo el sentimiento de celos y envidia? Más de una vez me pregunté cómo podía un fanfarrón y un mentiroso como yo no hablarles de mis conocimientos (...)»

Aprende en ese paraíso sin pecado original, pero sin embargo él es una diminuta mancha negra que comienza a dilatarse, y en el cristalino y virginal vaso se gesta una ponzoña que pronto da sus monstruosos frutos. La mancha de la humanidad es observada a lo largo de milenios por nuestro flotante protagonista, contrito.



«"De acuerdo, somos mentirosos, malos e injustos, lo sabemos y lloramos por ello, nos atormentamos, nos torturamos y nos castigamos a nosotros mismos, posiblemente más que aquel Juez misericordioso que nos juzgará y cuyo nombre desconocemos. Sin embargo, tenemos la ciencia y a través de ella volveremos a encontrar la verdad, pero esta vez la aceptaremos de una manera consciente. El conocimiento es superior al sentimiento, la conciencia de la vida es superior a la vida. La ciencia nos aportará sabiduría, la sabiduría nos revelará las leyes y el conocimiento de las leyes de la felicidad es superior a la felicidad misma".»
«Cada uno se hizo tan celoso con respecto a su personalidad que con todas sus fuerzas sólo procuraba  humillarla y rebajarla en los demás, y a ello dedicaba toda su vida.»
«Por otro lado, empezaron a aparecer personas que se pusieron a reflexionar sobre cómo podrían todos volver a unirse de manera que cada uno, sin dejar de amarse a sí mismo por encima de los demás, al mismo tiempo no molestara a los otros y así pudieran vivir todos juntos en una sociedad aparentemente armoniosa. Hubo verdaderas guerras por esta idea. Al mismo tiempo, todos sus beligerantes creían firmemente que la ciencia, la sabiduría y el instinto de autoconservación al final obligarían a las personas a unirse en una sociedad armoniosa y racional, por lo cual, mientras tanto, para acelerar este proceso los "omniscientes" procuraban exterminar lo más pronto posible a todos los "no omniscientes" que no comprendían su idea, con tal de evitar que éstos impidieran su triunfo.»



«El jardín de las delicias» de Bosch (está en alta definición: no os perdáis los detalles).



Cuando despierta, un nuevo horizonte cristalino y renovador, brilla sobre su cabeza. Entiende bien lo que le toca hacer. Se ha convertido, ahora verdaderamente, en un hombre ridículo; pero este hecho no le afecta, al contrario: le inspira. Porque él ha visto la verdad. Una misión le ha sido asignada. Busca a quien le salvó. Todo es claro y pasmosamente sencillo.



«"Lo que viste fue un sueño –dicen– un delirio, una alucinación". ¡Ay! ¿Acaso esto es propio de sabios? ¡Y están orgullosos de ello! ¿Un sueño?, ¿qué es un sueño? ¿Acaso no es nuestra propia vida un sueño? (...)»

Y, a pesar de todo, apoyando la vista en el telón de fondo que se cuece, observamos todos los días que:



«¡En nuestra Tierra sólo podemos amar de verdad con sufrimiento y únicamente a través de él! No sabemos amar de otra forma y no conocemos otro amor. Necesito sufrimiento para amar.»

En definitiva, queda una lectura memorable, una muestra excelsa de espiritualidad que puede ayudar a cualquiera, y sobre todo si se está pasando por una época de cierta desesperanza. Como dijo Chaplin: "Pensamos mucho y sentimos muy poco"; en «El sueño de un hombre ridículo» pasamos por esta noción con una agilidad y una habilidad que nos hace volar, sentir, respirar. Nada puede compararse al amor. Hay fuerzas poderosas, algunas de ellas terribles. Pero sólo el amor lo puede todo. Qué necesarias son lecturas como la presente.


Es propicio adjuntar el siguiente vídeo en el que se ilustra –sobrecogedor– «El sueño de un hombre ridículo» de manera muy efectiva (el surrealismo es enteramente digno). Es perfecto complemento para el que haya leído el relato, pero también puede ser de interés para el que prefiera no hacerlo pero no obstante acepte un dinámico resumen o antología.







Está narrado en el ruso original (totalmente conforme con el tono de la voz), subtitulada (naturalmente). La antepongo a la versión que protagoniza Jeremy Irons, «The dream», un monólogo ambulante con un inglés que no convence; muy falto de expresividad sobre todo comparado con el anterior.


Conclusiones:


Un hombre nihilista, solitario y profundamente desencantado con la vida transita en una apatía total hacia lo que le rodea. Rasgos claramente identificables con el hombre moderno si además unimos los complejos y la necesidad de aparentar, de cubrir sus defectos que le persiguen y atosigan hundiéndole en la más fatídica y deshumanizadora pérdida de la esperanza; orgullo blindado pesando bajo el regazo. Cavila la posibilidad del suicidio, y una noche finalmente se decide, pero un inesperado evento protagonizado por una niña pidiendo auxilio le sume en profundas reflexiones en las que su idea de la nada existencial entra en crisis con el inesperado –y casi "ilógico"– sentimiento de culpabilidad que a su vez posterga su fatal decisión.


Tras esto, se sumirá en un sueño muy profundo, en el que flotaremos de la mano del protagonista en una gran representación onírica en la que somos espectadores de una poderosísima metáfora sobre la condición humana y las causas de su caída y degeneración moral. Una utopía donde todos se quieren profundamente, donde el mal no posee cabida y donde la ciencia pierde su sentido, se nos abrirá, fascinante a los sentidos; el amor como única salvación suprema para la humanidad. Finalmente, la revelación nacerá de su corazón y marcará el resto de su existencia.


La sugestión que es capaz de despertar este diminuto relato (treinta y cinco páginas en mi edición) llega a ser muy honda. Son páginas de una gran expresividad, una enseñanza de espiritualidad que cada vez olvidamos más en pos de nuestro "progreso", es decir, de mantenernos cómodos con la conciencia de ser muy importantes, con una parcela privada a nuestra disposición que procure que el resto no nos moleste ni nos robe nuestro lamentable bienestar ni nuestro "precioso" tiempo, bajo la asfixia de máscaras de hipocresías obsesivas por disimular nuestros defectos. 


Bajo la enorme precisión psicológica de Dostoiveski el mensaje transmitido alcanza una forma perfecta. Lo recomiendo fervientemente a cualquier tipo de lector; sobre todo aquellos que anhelen flotar en las corrientes de la sensibilidad «El sueño de un hombre ridículo» es lectura vital. ¿Cómo no emocionarse como nuestro protagonista cuando presencia y finalmente asimila que el sentimiento ha de anteponerse a la fría razón y al reduccionismo de la exaltación del "yo" individual?

Por cierto, se observan evidentes paralelismos con lo que haría después Ian Watson con su «Jardín de las delicias». También cierta esencia de lo que ocurriría con los argumentos de las recientes películas «Another Earth» y «Orígenes» (mismo director), con tramas que pretenden llegar a similares ideas pero sin terminar de convencer por insuficiencia tanto de profundidad como de maestría. Aun con eso, dejo el maravilloso main theme de la segunda porque me recuerda a la sensación mística y cristalina que conseguía hacer brotar en mí «El sueño de un hombre ridículo»:



«Dust It Off» de The dø.

2 comentarios:

  1. De nuevo, me avergüenza decir que no he leído todo tu análisis. Como también me da un poco de vergüenza decir que no he leído nada de Dostoievski. La verdad es que es un autor que tengo muy pendiente, que me han recomendado mil veces y de hecho, llegué a coger Crimen y castigo de la biblioteca, pero por falta de tiempo y algo de miedo, no lo leí. Así que ahí está, en mi mente, como una señal rojiza de que no lo he leído. Pero espero hacerlo. Pronto. Ya te contaré que tal.

    Un saludo.

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    Respuestas
    1. Si se me permite la valoración, no creo que debas manifestar vergüenza por ser sincera; siempre hay innumerables libros que leer y entre ellos jamás faltan los de carácter eminentemente transcendental (y no es necesario irse a «Anna Karenina», que por cierto no he leído aún, para entrar en esa categoría).
      En cuanto a Dostoievski: es mi autor predilecto y el que más me ha influido junto a Nietzsche, así que no puedo dejar de recomendarlo. Aunque puede haber una gran disparidad entre los lectores respecto a las interpretaciones que hacen sobre una obra, los que pasamos por «Crimen y castigo» solemos coincidir en que ha modulado ostensiblemente –o en mi caso directamente cambiado– nuestra visión de la existencia.
      El lenguaje es sencillo –que no por ello menos poderoso– y la lectura acostumbra a ser ágil, pero si te da reparo «Crimen y castigo» puedes probar bien con relatos como el presente bien con novelas más "manejables" y que han adquirido igualmente importante renombre: «El jugador»; «El eterno marido»; «Humillados y ofendidos»; «Apuntes del subsuelo».
      Gracias por tu aportación. Un saludo.

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