martes, 29 de diciembre de 2015

«Gladiator»: quizá más notable que sobresaliente.


«–Había un hombre que decía: "La muerte nos sonríe a todos, así que devolvámosle la sonrisa"»




«Gladiator», aquella superproducción a cargo de Ridley Scott y estrenada en el año 2000, nos cuenta la historia de un general romano, sobresaliente y honorable, al que se le ha destrozado la vida; a partir de ahí sufrirá una especie de resurrección cuando es vendido como esclavo y convertido en gladiador, rol desde el que podrá ejecutar su venganza y, más allá de eso, redimir su conciencia.

A pesar de que siento especial predilección por los filmes de Ridley Scott, con grandes exponentes como «El reino de los cielos», «Alien» o «American gánster» (no me olvido de su «Blade Runner», pero la verdad es que no me impresionó nada), he de decir que las sensaciones que me ha dejado siempre «Gladiator» han sido más bien agridulces. Detrás de una factura técnica impecable, de actores sosteniendo interpretaciones muy buenas, de una banda sonora inmejorable (a cargo, cómo no, de Hans Zimmer, con piezas enormes como «Now we are free», «Honor him» y «Elysium», entre otras) y de un osado impulso al cine histórico que parecía obsoleto desde hacía décadas, «Gladiator» esconde en verdad una historia más bien superficial y, sobre todo, predecible. Es una película muy entretenida, absorbente, que te emociona y que te convence porque está muy bien hecha, pero no es una obra maestra. Es un equilibrio perfecto entre lo comercial y lo artístico, sin llegar a destacar en última instancia en ninguno de los dos ámbitos.




«Now we are free», de Hans Zimmer, forma parte de una de las mejores bandas sonoras del presente siglo.


La película comienza en Germania, con una batalla contra el último reducto germano que se opone a la Roma del emperador y filósofo Marco Aurelio. Máximo Décimo Meridio, interpretado muy bien por Russell Crowe (no en vano ganó el Óscar por este papel), es el general que comanda las tropas (me encantan las expresiones de respeto de los soldados hacia su líder, que le van saludando con afecto: «General», según va transcurriendo entre ellos). Para mí este es el mejor momento de la película, porque no he visto ni por asomo otra escena tan fiel a lo que debió ser el ejército romano. Los legionarios atrincherados en una posición elevada, con todo el campo de batalla dispuesto a su antojo (catapultas, balistas, arqueros a cubierto, estacas), y una sólida línea de legionarios dispuestos para contener al enemigo con todo el apoyo de retaguardia por un lado y el ataque sorpresa de los equites por el otro. Vemos a los centuriones, la formación perfecta y ordenada de las tropas, la eficacia de la formación testudo, el impresionante muro de escudos de los legionarios frente al desorden y agresividad de los bárbaros, etcétera. Los mandos romanos organizan con tranquilidad desde la distancia, mientras que el líder bárbaro lo es sólo por su fuerza, e inspira meramente valor en batalla. El emperador Marco Aurelio observa la lucha desde una distancia prudencial, escoltado por la temible guardia pretoriana, que en esta película hacen un poco de "hombres de negro", el terror al mando directo del emperador. Hay una vista panorámica de todo el ejército romano avanzando que es sencillamente espectacular. Por supuesto, la música de Zimmer acompaña a la perfección alcanzando momentos verdaderamente emotivos, emocionantes.

A partir de ahí el nivel baja. Es decir, Máximo mantiene una actitud inexpresiva en general, como de esta clase de personas que parecen más inteligentes que lo que realmente son; esto se deduce en el hecho de que nunca dice nada transcendente, es un hombre de acción, sabe mirar al enemigo a la cara, desafiarlo y vencerlo; mas es un soldado, no ningún idealista ni nada por el estilo. Su éxito posterior se debe más a la suerte y a las tramas de los políticos que a sí mismo, que básicamente se dedica a matar lo que se le pone por delante. Es por ello que no es un protagonista que me llame especialmente. En cuanto a sus acciones marciales, no siempre son creíbles. Por ejemplo, ¿cómo se carga, con las manos atadas, a cuatro soldados de la guardia pretoriana, soldados de élite y escoltas del emperador, dos de ellos montados a caballo? Al primero, le da un cabezazo (la escena es muy rápida, apenas se comprende cómo, al levantarse bruscamente para efectuar a ciegas el golpe, no se ensarta a sí mismo con la espada que le apunta a la nuca, pero bueno) y luego lo remata; al segundo, qué casualidad, se le queda atascada la espada en la vaina por el frío (y no se le ocurre ni correr ni gritar); al tercero –esta es la mejor–, le arroja la espada desde muchos metros de distancia y le ensarta de lleno (todos estamos al tanto de la enorme precisión balística que poseen las espadas); y al cuarto consigue matarlo en pleno galope, con una gladius que apenas posee alcance para enfrentar a un jinete que va de frente a toda velocidad. Este es solo un ejemplo, pero se ve cómo en todos los enfrentamientos arrasa a los enemigos con una facilidad pasmosa. Es más una especie de Aquiles o de Hércules que un general romano. Esto afecta a la credibilidad de una película que, si bien claramente épica, también pretende apoyarse en unos cimientos históricos y más o menos realistas.



Richard Harris como Marco Aurelio y Russell Crowe como Máximo.


Respecto a los demás personajes, se ha de destacar el trabajo de Joaquin Phoenix en el papel de Cómodo, el tiránico y paranoico hijo de Marco Aurelio. Hay que decir que aquí hay una carencia de rigor histórico pues, si bien Cómodo era cobarde, cruel y megalómano, no asesinó a su padre, y tampoco cayó en la arena (aunque sí luchó como gladiador en ella en múltiples ocasiones, normalmente mandando drogar a sus rivales o escogiendo aquellos que estaban mutilados o moribundos, para "la gloria del César"), sino que fue asesinado por una conspiración definitiva en la que participó –cómo no– su propia amante, Marcia. Es cierto que su hermana Lucilla, interpretada bastante bien por la danesa Connie Nielsen en la película (es muy creíble tanto cuando sufre, angustiada pero fuerte, como cuando no lo hace, en la que se muestra jactanciosa aunque, paradójicamente, vulnerable, en cierto sentido), participó en una de las numerosas conspiraciones que hubo contra su hermano, pero fracasó, y, lejos de poseer una razón noble e idealista como en el filme de Scott, es probable que la Lucilla histórica no tuviese más que envidia de la mujer de Cómodo, la emperatriz Brutia Crispina. Vamos, que ni los malos fueron tan malos (a pesar de su crueldad y su creciente delirio, Cómodo no desagradó a gran parte del pueblo romano, y tuvo ciertas muestras de generosidad), ni los buenos fueron tan buenos.

Oliver Reed –que, por cierto, murió en 1999, apenas rodada la película– solventa muy bien al gladiador liberado, Próximo; ese "hombre del espectáculo" rudo, interesado y práctico, pero no carente, en el fondo, de sentimientos como la nostalgia y el honor. Richard Harris pega muy bien con la figura de Marco Aurelio, con ese gesto sobrio, sabio y templado. Al leer los «Soliloquios» del Marco Aurelio real, podemos imaginarnos esa personalidad esculpida en ese rostro del actor, a pesar de que abusa en su interpretación de un movimiento de cabeza muy específico que le hace en ocasiones demasiado enfático. Personajes secundarios como el númida Juba, el comandante pretoriano Quinto o el senador Graco están perfectamente solventados por Djimon Hounsou, Tomas Arana y Derek Jacobi respectivamente (el personaje de este último se pasa de solemne con su «¿Quién me ayuda a llevar a este hombre?» en una escena bastante forzada en general).



Connie Nielsen como Lucilla.



Joaquin Phoenix como Cómodo.


Así, en definitiva, tenemos una película que en ocasiones se parece demasiado a un videojuego en el que Máximo va avanzando de nivel a base de esparcir sangre; escenas de acción entretenidas, efectos especiales a la altura (aunque a veces no son demasiado creíbles, el Coliseo y las panorámicas de Roma no parecen del todo reales, la sangre está tan saturada que parece pintura de bote, etcétera), pero apenas nada de fondo: hay una sensación de vacío. Apenas queda espacio para que, en un segundo plano, se introduzca una trama política para derrocar a Cómodo (el espectador ha de tener fe en que todo se hace en pos de "un sueño llamado Roma" y para favorecer al pueblo, a pesar de que a éste último le refieran como "plebe" con evidente desdén y que desde Lucilla hasta Graco poseen unos innegables rasgos de espíritu de supervivencia, de asegurarse su propia posición), no muy elaborada, demasiado precipitada en todos los sentidos. Se le añade la opresión del tirano, pero sólo en la relación entre Cómodo y su hermana Lucilla (esto es también falso a nivel histórico, no se tiene ninguna constancia de que el emperador sintiera el menor interés por su hermana), cuanto menos tensa, y que consigue la implicación emocional del espectador, sobre todo hacia el final. Por último, un amago de "romance" entre protagonistas, si bien al final queda en el aire (es extraño que Máximo se tome tan a pecho el asesinato de su esposa, y que sin embargo, no haga ascos a un paréntesis curativo...), no está mal pese a su poca presencia, sobre todo porque los actores reflejan con sus expresiones y sus silencios aquello de «lo que pudo haber sido y no fue». Básicamente, eso es lo que veo representado en «Gladiator». Un hombre que toca fondo y que, pese a ello, es capaz de cambiar su destino, vive una intensa resurrección que no pudo ni imaginar en un principio. Un mensaje optimista, en el cual la humanidad (el pueblo) apoya a los buenos, mientras que los malos se esconden en las máscaras y en las sombras, condenados a frustrarse y caer. Un mensaje que se capta y que es responsable de parte de la emotividad que es capaz de desprender la película, pero que a criterio mío no es suficiente como para hacer algo verdaderamente intenso o grande.

Sin embargo, hay que reconocer que esta película tuvo el gran mérito de volver a poner de moda el cine histórico. Es más que probable que, sin el valiente paso de Ridley Scott (que no estaba pasando por su mejor momento como director), películas multimillonarias como «Troya» o «Alejandro Magno», o series tan interesantes como «Spartacus» o «Roma», jamás hubieran visto la luz. Scott reinventó un género que parecía agotado después de los abusos que sufrió a lo largo de los sesenta, y tras grandes referentes como el «Ben-Hur» de Wyler y el «Espartaco» de Kubrick. Simplemente por esto, aparte de todos los puntos favorables que he mencionado –que no son, en absoluto, poca cosa–, hace que «Gladiator» sea un referente evidente, una película notable y especial, que es casi imposible deje indiferente a nadie. Es, con sus relevante defectos, una de las mejores películas históricas, épicas y, probablemente, una de las más emotivas y absorbentes.





domingo, 13 de diciembre de 2015

«El último samurái», felicidad absoluta en el cine.

Aviso: esta entrada cita eventos de la película, no en profundidad, pero los cita a fin de cuentas.


«–¿Crees que un hombre puede cambiar su destino?
–Creo que un hombre hace lo que puede, hasta que su destino le es revelado.»


Llevo mucho tiempo diciéndomelo, «tienes que hacer una entrada de películas que te han hecho sentir lo que casi nada (o nada) te han hecho sentir». Bueno, esas películas pueden contarse, en mi caso, prácticamente con los dedos de ambas manos. «El señor de los anillos», «Titanic», «El curioso caso de Benjamin Button», «La pasión de Cristo», «Another Earth», «Matrix», «La bella y la bestia», «Avatar», «Braveheart»... y «El último samurái», del director Edward Zwick, que sin duda pondría en el top 3.






Al ser una superproducción (y al ser Tom Cruise el protagonista), es una película que ha visto bastante gente, aunque a todo el que he preguntado me contesta algo como: «Ah, sí, no está mal». Por todas las poderosas sensaciones que despertó y despierta en mí esta película, y a pesar que no es lo mismo verla la primera o la segunda vez que la novena, es uno de mis mayores referentes y refugios cinematográficos. Es todo lo que siempre he deseado con más pasión representado en un filme. ¿Que no es «El padrino»? Pues ciertamente no lo es; pero a mí con el cine me pasa algo curioso. Teniendo en cuenta que en literatura me trago a Goethe o a Homero con afán en detrimento de los betseller que los veo en comparación como carboncillo respecto al diamante, en cine los clásicos estilo «Blade Runner» o «Apocalypse Now» los veo como mediocridades sobrevaloradas y aburridas mientras que me encantan películas más casuales siempre y cuando me hagan sentir (porque poseo el convencimiento de que el cine está para hacer sentir, para ideas y razonamientos los libros, por favor; que todavía habrá quien ponga a la misma altura «El club de la lucha» y el Zaratustra de Nietzsche...).

«El último samurái». Nathan Algren, un capitán retirado del ejército estadounidense, cuyo papel fue clave en las victorias contra los indios, se dedica a patrocinar en actuaciones de dudosa moralidad a la compañía de armas Winchester. Él, un héroe completamente desencantado con la guerra que tuvo que librar, obligado a relatar una versión "patriota" de los hechos para beneficiar a unos gorrones sin escrúpulos. Está atormentado. Desprecia con toda franqueza la sociedad, digo más, la cultura en la que vive. ¿Pero cómo escapar de ese círculo de porquería? Su talento llama la atención del señor Omura, un poderoso japonés que está decidido a modernizar su país (a llenarse los bolsillos hasta que revienten...), y terminar de introducir la estética y hábitos occidentales en el mundo oriental.

Tom Cruise es un actor que nunca me ha terminado de convencer, a pesar de que tiene interpretaciones muy decentes, como en «Collateral» (2004), pero aquí no le puedo poner demasiadas pegas. Si su interpretación no es siempre perfecta, su apariencia desde luego ayuda mucho a que todo marche bien. Se ve a la legua que es americano, un occidental total, pero a la vez tiene una estatura comedida y un pelo largo y liso, unos rasgos estilizados, lo que le hace encajar bien en el contexto oriental cuando se zambulle en él. Pero es la configuración del mismo personaje lo que me hace identificarme plenamente, fundirme con él cada vez que veo la película. Un hombre atormentado, completamente desencantado con la sociedad en la que vive, que le contamina trágicamente día a día, hasta hacerle plegarse y hundirse en sí mismo, en una especie de nihilismo peligroso, convulsivo. ¿Qué hacer en ese mundo que se ha propagado como una enfermedad? ¿En toda esa falsedad triunfante, en toda esa cobardía escurridiza, en ese cinismo insoportable? ¿En ese "progreso supremo" que no es otra cosa que nihilismo, interés pecuniario, vanidad, estandarización del individuo so pena del descarte más ruin? Pues nada. Porque ese modelo ha triunfado. Y, allí donde no estaba, se ha impuesto. Nathan Algren se da cuenta demasiado tarde de que él mismo ha contribuido muy activamente a masacrar a los valientes indios, símbolo de la tradición y la armonía con la naturaleza frente al grosero y mezquino modelo occidental. Algren es un guerrero, un ser orgulloso, noble, tozudo, con una conciencia muy sensible y de sentir justo.







Cuando el capitán llega a Japón sin esperanzas en la recámara, está lejos de imaginarse la maravilla que le reserva el destino. Un reducto de todo aquello que es noble y duro. En la aldea en la que es retenido por los samurái, conoce a la cultura japonesa todavía no contaminada por la occidental (¿nos percatamos con suficiente perspectiva del hecho de haber reducido las culturas orientales a una irrisoria sombra de lo que fueron?). La paz, la naturaleza, la sencillez. Queda abrumado por la exquisita educación de una gente que creía "salvaje", muy superior a la de los "modernos" occidentales con toda su tecnología y complejidad burocrática. Una disciplina extraordinaria, una sensación de pertenencia a algo que de verdad importa, una entrega total a la perfección. Rostros sobrios y de parcas palabras, que sin embargo contienen una galería de intensas emociones que pueden adivinarse sin dificultad. Lealtad, generosidad y valentía. Para mí, esa aldea es lo más parecido a un paraíso que puedo imaginar.

Y así, teniendo en cuenta lo dicho, no es de extrañar que siempre que veo la película sienta una tremenda sensación de implicación, ardor, emoción, sobre todo en algunas escenas clave, en aquellas en las que se demuestra una valentía extraordinaria, como cuando Algren pide al recluta japonés que le dispare (me identifico plenamente con esa osadía repentina, conjugada con cierto instinto suicida, anhelo de morir demostrando en ello algo importante); o cuando Algren lucha contra los samurái con su sable y desde el caballo; o cuando el capitán se enfrenta Ujio con la espada de madera, una y otra vez (me identifico también plenamente con esa tozudez, ese orgullo tan entrañable a la par que estúpido); cuando Nobutada sufre semejante humillación pública frente a unos jactanciosos guardias que no le llegan ni a la suela de los zapatos; cuando el mismo Nobutada se enfrenta épicamente a sus enemigos tras rescatar a su padre en una carga desesperada pero bellísima; cuando Ujio, tras haber sido gravemente herido de bala, se levanta y se zafa de los que van a prestarle ayuda (de nuevo hablamos de esa tozudez que me pierde por completo); cuando Taka le coloca poco a poco la armadura a Algren, proceso en el que se produce un silencio tan enormemente expresivo que se traduce en algo mágico; y sobre todo esa carga final de los samurái, con los caballos saltando las líneas enemigas hacia la victoria o la muerte. En todas esas escenas he llorado una o más veces a lo largo de todos estos años, desde que se estrenara la película allá en el 2004. Cómo no llorar al ver semejante valentía, semejante ardor, aplastado y humillado por la decadencia, por una sociedad nueva y corrupta, que se aprecia perfectamente en el mezquino Omura, en el egocéntrico y exitoso coronel Bagley o, incluso, en la cobardía del emperador. «Sólo dígame una cosa Algren. ¿Qué tiene su pueblo que le resulta tan odioso?», le pregunta con cierto cariz burlón el coronel Bagley a Algren. Éste, en silencio, mira con desprecio a la insensible caricatura humana que paradójicamente le mira como si fuera idiota, y le quita el trabajo de caligrafía que le había regalado el entrañable Higen, el hijo de Taka.







¿Puntos negativos? Sí, los hay, aunque para mí son irrelevantes en comparación con lo que ofrece la película. En primer lugar, decir que los samurái eran cumbre de lo noble y lo sublime es en realidad algo muy cuestionable a nivel histórico. Dotados de un poder estratosférico, muchos abusaron de los campesinos con una crueldad que abarcó todos los rangos posibles. La palabra "samurái" significa "servir", pero, al igual que los caballeros europeos (cuyo ideal, más literario que real, era el de proteger al indefenso y obrar con toda pureza y franqueza de corazón), debajo del título había una persona que muchas veces no pasaba de un corrupto jactancioso más. La película es una ficción inspirada muy de pasada por un acontecimiento histórico comprendida en los mismos años, la rebelión de Satsuma (1877), en la que un ejército de viejos samurái comandada por Saigo Takamori se enfrentó al ejército imperial japonés, resultando en la derrota de los samurai y en su práctica extinción (aunque, irónicamente, muchos de los que se enfrentaron a esta rebelión eran exsamurái); se demostró que, gracias a las armas de fuego, levas de campesinos corrientes podían erigir una fuerza más poderosa que la de los milenarios samurái, que hasta entonces habían monopolizado el poder y la táctica militar de la nación. Otro punto que generó controversia fue la gran similitud que tiene la película con la aclamada «Bailando con lobos». Es cierto que esta última es bastante buena, pero no doy crédito que esté en lo más alto del cine y que haya gente que se muestre tajantemente crítica con «El último samurái», que en mi opinión no solo no tiene nada que envidiar al filme protagonizado por Costner, sino que en realidad la supera en dinamismo y sentimiento épico (y que se podrán achacar ciertas carencias a Cruise, pero vamos, Costner no es precisamente Jack Nicholson...). Por último, un defecto es la omnipresencia de Tom Cruise, que como factor americano que es "ha" de acaparar el protagonismo arrebatándoselo a toda una cultura milenaria, llegando a alcanzar en apenas unos meses una destreza con la katana similar a la del propio maestro Katsumoto (aunque tampoco podemos olvidar que él ya sabía manejar el sable, debía tener una relevante noción de esgrima). Esto puede entenderse como una falta de respeto y como un juego de fuegos artificiales más de los americanos para darse el gusto a sí mismos, como siempre, aunque reitero que para mí estas cuestiones "negativas" son más anecdóticas que otra cosa, no afectan para nada a la grandeza de la película.


Aparte de lo dicho hasta ahora, existen una serie de pilares que fundamentan la emotividad que imbuye la película. Son los siguientes:


1. Actores principales y secundarios que encajan en la película como guantes de seda. El gran Ken Watanabe hace un trabajo magistral con el personaje de Katsumoto, en el que se concentra todo el ideal del samurái: un hombre dedicado con toda su alma a su código moral y marcial, muy sensible, filosófico y de un carácter seguro pero también comprensivo, espiritual y comedido, educado. Koyuki, la actriz que interpreta a Taka, está excelsa (se echa de menos más presencia suya, pero aún así no está nada mal); apenas tiene diálogos pero su actitud, sus silencios, sus intensas miradas, son infinitamente más significativas que cualquier plática por elaborada que fuese (¡qué entereza más sublime, la de una mujer que no sólo es capaz de cuidar, sino de perdonar al hombre que ha matado a su marido, incluso en contra de sus propios deseos en un principio!). Koyamada intrepreta al noble Nobutada, el joven hijo de Katsumoto, y lo hace también muy bien (me encanta no solo su finura y valentía, sino también la implicación que muestra con Algren, enseguida se sabe que Nobutada es un gran hombre, un amigo valiosísimo). Ikematsu es perfecto para interpretar al bravo Higen. Hiroyuki Sanada calca la pericia marcial y el recio carácter del guerrero en Ujio (es un personaje muy severo, pero no es malvado en absoluto). Tony Goldwyn genera muy bien esa apariencia de "impecable gilipollas" en el ya citado coronel Bagley. Timothy Spall es un tanto histriónico con su Simon Graham, pero su seriedad final lo remeda.








2. La banda sonora, a cargo de Hans Zimmer. Una de las mejores (si no la mejor, junto a la de «El Señor de los Anillos») que he escuchado en mi vida. Está imbuida de tal nivel de espiritualidad, de profundidad de sentimientos, que a mí me sirve muchísimo para encontrar refugio en esos momentos en los que estás tan desencantado con el mundo que o bien te vuelves insoportablemente depresivo o bien peligrosamente morboso e irritable. De repente el mundo desaparece y surge el paraíso meciéndote, como el mar que acaricia tus pies, el viento sobre el rostro y la mirada perdida en el azul del cielo y el negruzco parpadeo de los ojos que se duermen. En esta música se siente perfectamente el tormento que se diluye en una vida nueva, rústica, pura y gratificante. Los recuerdos van y vienen, el pasado es duro y el futuro completamente incierto. Pero el presente –aquí está la clave del poder del que hablo– es un brote de esperanza y cálidas emociones. Es como si de un hombre destrozado, aparentemente condenado a convertirse en una sombra grotesca, de repente surgiera lo que siempre debió de haber sido: un buen hombre, sonriente, valiente y espiritual. Notas que son como suaves pinceladas a lo largo de un lienzo infinito y muy blanco, o como la bella abertura de los pétalos de una flor, de un cerezo en primavera. «Perfectas, son todas perfectas», dice Katsumoto al final de película mientras observa entre lágrimas uno de estos arrebatadores árboles.


También hay, por supuesto, melodías a un ritmo trepidante para las escenas épicas, que hacen despertar el coraje y la determinación en el corazón, que se revuelve desbocado, deseando romper ataduras frígidas. No conozco música que represente mejor mis más hondos e íntimos sentimientos que la de este bendito soundtrack.




«Red warrior», una de las piezas más interesantes del soundtrack, aunque todas son geniales.


3. Las coreografías de combate. Acostumbrados a películas de acción que se dividen en chorradas imposibles y meramente efectistas o en exposiciones relativamente realistas pero que dejan un sabor más bien agridulce en la boca, «El último samurái» desde luego no tiene defecto alguno en duelos y batallas. A pesar de que cualquiera que vea un duelo de Kendo va a percibir rápidamente sendas diferencias de ejecución, no menos cierto es que las posturas y movimientos de los samurái son muy creíbles. En los combates vemos una mezcla de explosividad muy bien contenida dentro de lo razonable (que se rebasa cuando Algren se carga él solo a tropecientos matones de Omura, y un poco también en el ataque de los "ninja", que por cierto no tienen nada que ver con lo que fueron en realidad a nivel histórico), con verdadera técnica del arte de la espada japonesa. El entrenamiento de Algren con Ujio y la batalla final contra la infantería imperial japonesa son una auténtica delicia, porque además hay fragmentos a cámara lenta que permiten flotar en el combate desde una perspectiva repleta de detalles y, por cierto, bastante romántica. La sensación de que el guerrero debe fluir como el agua halla aquí un exponente máximo. De verdad que parece una bella danza antes que una carnicería caótica y sanguinaria, y eso que aquí también hay imágenes duras, como es natural si cientos de hombres se están rebanando con hojas que cortan la carne como mantequilla.








4. La fotografía. La dirección artística es sobresaliente, dejando en nuestras retinas preciosas imágenes de paisajes, montañas, bosques, edificios orientales repletos de esa simbología budista tan profunda que llama a la quietud de la mente... Envuelve al espectador y lo traslada completamente al contexto del argumento, ahondando en la capacidad que tiene la película para despertar emociones. Imágenes como la de Algren entrenando solo frente al ocaso, o la de los samurái con su aplomo encima de sus monturas mientras los campesinos se inclinan, o Taka de espaldas a un Algren que parte a caballo hacia un destino del todo incierto, o Katsumoto y Algren en el epicentro de la tragedia, abrazados, son todas imágenes difíciles de olvidar.





En definitiva, he aquí el mejor retrato que he encontrado para expresar eso que hemos olvidado: la tradición, la espiritualidad, el honor, el sentimiento de pertenencia a una comunidad. Después de esto llegaron los grandes mercados, los sublimes avances de la ciencia y las comunicaciones instantáneas, y aun con todo eso no puedo imaginar mundo más tedioso, absurdo e infeliz. Con frecuencia tememos durante toda nuestra vida abandonar este mundo repleto de bienestar (si perteneces a la clase media, claro, si no ni eso), ocio, "libertades", información y una ruta predefinida de independizarte–busca novi@–cásate–ten hijos–odio mi trabajo–que llegue mi jubilación por Dios–ay que soy viejo y me muero–ay que efectivamente me muero y no recuerdo la última vez que fui enteramente feliz. Pero, ¿y si migrando a una sociedad remota, repleta de pueblerinos completamente pobres pero hospitalarios y siempre sonrientes, y si ahí es donde, a pesar de abandonar toda comodidad, podríamos hallar nuestra paz interior, nuestra felicidad en las labores y en las gentes sencillas?

Y, mientras tanto, ahí sigue esa colosal y amarga estatua del extranjero de Camus, a la que ninguno de nuestros recursos occidentales va a causar la menor perturbación.







Y así continuamos algunos, sonriendo como niños cuando Algren le dice a Katsumoto: «Echaré de menos nuestras conversaciones». Y, por cierto, no hay duda de que al gran escritor Yukio Mishima le pasaba algo muy pero que muy parecido...; de ahí que tomara semejante decisión final, tan célebre y, por lo demás, tan escasamente comprendida hasta su último término. Aunque, en lo personal y como ya he comentado más de una vez en este blog, cada vez estoy más "en el aire" en estos temas, es decir, que del espíritu griego o nitzscheano (o samurái, a propósito de la presente entrada), voy andando por un hilo de acero hacia lo cristiano o dostoievskiano.





«Pertenezco al guerrero en el cual se han unido lo viejo y lo nuevo»*


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*Sí, soy yo sosteniendo la réplica de la película, ornamental, que nadie se asuste y que se disculpen mis gustos raros y excesivos.

jueves, 29 de octubre de 2015

«Los miserables» y «Romeo y Julieta» en el teatro Victoria.

En la Calle del Pez número diecisiete de Madrid –uno de esos barrios concurridos, estrechos y antiguos que a mí, que vivo en otro totalmente diferente, siempre me causan mezcla de curiosidad e incomodidad– hay un diminuto teatro, el teatro Victoria. Más parece una salita de conferencias con un telón de disfraz que un teatro propiamente dicho, pero ahí está. Las butacas no son muy rimbombantes pero no son incómodas (ni caso de las sillas que había antes y que salen en el buscador aún). Existe aquí un problema, pues al no estar las localidades posicionadas escalonadamente, si te toca delante alguien ya no alto, sino de tu misma estatura, vas a tener una perspectiva bastante comprometida. Si no se escoge la primera fila, este riesgo es bastante elevado, y lo digo yo que no soy bajo.

Me di cuenta hace un mes de que debía averiguar qué oferta teatral existe para esta temporada 2015-2016. Tras comprobar con fastidio que una adaptación de «Medea» había pasado su período de escenificación poco atrás (con Aitana Sánchez Gijón de protagonista), fui anotando lo que era de mi interés (por desgracia, bastante poco), y entre lo más atractivo a primera vista hallé «Romeo y Julieta» de Shakespeare y «Los miserables» de Victor Hugo, ambas sobre el escenario a lo largo del mes de octubre. ¡Fantástico! ¡Con eso no hay quien se queje! Por un momento sonreí complacido cuando vi las imágenes de un precioso y amplio teatro, sobre el cual era imposible que rodara una decepción. Este teatro no era otro que el Reina Victoria, que nada tiene que ver con el que hablamos aquí. Me di cuenta enseguida, estupefacto, de que "mi teatro" era en realidad una sala ridícula. Al momento se me fueron todas las ganas: un mal presagio me nubló el ánimo. Sin embargo, una considerable cantidad de comentarios bastante positivos en torno a este teatro me hizo cambiar de opinión aun sin tenerlas todas conmigo. «Acogedor. Con una acústica perfecta. Actores de primera categoría. Sorprende. Un muy buen rato». Esos eran los elogios.

A decir verdad, no quisiera ser injusto con la oferta del Teatro Victoria pues, aunque he acudido a dos de sus espectáculos, no menos cierto es que ambos estaban tutelados por la misma compañía y, prácticamente, los mismos actores. Sin embargo, lo que sí está claro es que hay una carencia de medios aplastante que puede hacer difícil tanto la inmersión del público como el propio trabajo de los actores.

Por último, disculpad que no escriba los nombres de estos últimos, pero en el caso de «Los miserables» no aparece en la página el reparto, y en el de «Romeo y Julieta», si bien existe, no tengo forma de identificar a ninguno de los actores con su respectivo papel.






«Los miserables»:

Sin ser un trabajo ni mucho menos magnífico –hay que tener en cuenta, como ya he dicho, que los medios tan limitados decapitan de raíz posibilidades al respecto–, tampoco fue algo malo. Entretenido, no se hace largo. Los actores, sin alardes pero con dignidad interpretativa en general.

El protagonista, Jean Valjean, estaba a cargo del mejor actor del reparto con diferencia. Probablemente el único actor que podría trabajar para una compañía importante, al menos como secundario. El problema es que su interpretación, muy válida, tenía que cargar con la mediocridad palmaria de muchos de los otros, lo que generaba cierto tira y afloja. Con grave y seguro gesto fue conduciendo a su personaje en las distintas escenas, no muy polivalente pero, a fin de cuentas, sabiendo ganarse el respeto del espectador. (Qué bien pronunciaba, por cierto, su nombre francés).

A una altura no mucho menor a la del anterior estuvieron los intérpretes de Fantine y de Marius Pontmercy. La primera, la madre de Cosette, está decentemente situada en su figura dramática (con esa leve prenda, sus movimientos cada vez más desesperados, febriles), aunque, por supuesto, tampoco es nada del otro mundo. Marius –el amante de Cosette– no lo hace tampoco mal, a pesar de que su presencia en la obra está relativamente limitada. Estos dos actores contribuían al esfuerzo del anterior para levantar el asunto, aunque más en en segundo plano.

Los siguientes actores en orden de calidad interpretativa –todo bajo mi subjetiva y falible mira, por supuesto– fueron el Señor y la Señora Thenardier. Su aparición es sin duda excesiva e incluso escépticamente vulgar (por mucho que los propios personajes puedan serlo por sí mismos), pero poco a poco van remontando dignamente. El actor que hace de Thenardier cometía la indelicadeza de hacer retumbar la sala con su acento cubano (el problema, por supuesto, no es su acento, sino que entonaba altísimo). La actriz encargada de la Señora Thenardier era francamente hábil en su papel, con sus movimientos animalescos y sus gestos burdos, de un grotesco muy interesante. Su principal problema era su voz (o su entonación), tan áspera/carrasposa que a veces no se entendía bien, por un lado, y su costumbre de emitir sonidos o monosílabos en mitad de la intervención de otro mediante gesto histriónico, lo que, improvisado o no, más parecía un intento de llamar la atención sobre su personaje que algo verdaderamente enfocado a lo cómico, aunque, evidentemente, puedo equivocarme.

De los demás actores no aprecié nada relevante. El que interpretó al Obispo Myriel no lo hizo mal (un tanto amanerado, pero para ir tirando valía). El que se metió en el cuerpo del rígido policía Javert, era –no puedo evitar decirlo–, francamente malo; sobre su insuficiente actuación quedaba suspendida un monótono tono de desdén y altivez que no aportaba nada más (como tomar una sopa muy sosa). Había un también una niña para el papel de Cosette cuando aún es niña y que apenas llegaría a los ocho años, de aparición más simbólica que otra cosa; la de un chaval de unos catorce años que parecía interpretar a Gavroche y la de una joven de unos dieciséis que, francamente, ya no tengo claro a quién interpretaba (¿Éponine puede ser?). Ésta última se trabó un poco –el nerviosismo patente en sus puños cerrados– en una parte en la que tuvo que hacer de narradora entre escena y escena, y yo sufriendo por ella, pues por un momento temí que se quedara en blanco y saliera corriendo de la sala (cosa que, por fortuna, no sucedió).

En cuanto al espectáculo en sí, estuvo poseído por altibajos obvios. Cuando todo parecía que se iba al traste (y por irse al traste me refiero a bajar del escalón de lo "relativamente entretenido" al de "estoy perdiendo mi tiempo"), surgía una escena bien pensada (la música, los focos con los colores de la bandera francesa y el ocasional humo ayudaban mucho a estos episodios) y la representación volvía a ponerse a flote durante un tiempo limitado, y así sucesivamente. Al menos hubo tres o cuatro escenas hábiles, como cuando los personajes se juegan sus vidas bajo las barricadas, rodeados de soldados, y los actores resolvían girando como veletas a la par, con diálogos efectivos y una forma original de presentar uno por uno su participación (o muerte) en el contexto. También hubo escenas malas o sencillamente reguleras, de las cuales ya he olvidado todo signo.

Para terminar, he de hacer hincapié en lo elogiable del esfuerzo de tan pequeña compañía por levantar una función sobre tan pobre bandeja. A pesar de que la relación calidad precio (12€ finales gracias al descuento de 8€, que yo aventuraría más a una mera razón de marketing que a otra cosa, pues el precio real son esos 12€ como mucho, los 20€ serían un timo total) estuviera bastante ajustada, y de que los actores no fueran precisamente excepcionales, me quedo con la imagen final de un Valjean muriendo en las mismas cadenas (metafóricas aquí, claro) que ha arrastrado siempre, tanto voluntaria como involuntariamente, bajo el mandato de una voluntad para la preservación humana de la ética, con el rojo del foco destellando en el acero de los eslabones y la tragedia (impregnada de esperanza no obstante) consumada. Un sonoro aplauso para el actor responsable de éste Jean Valjean, que con una expresión de honradez y hondo agradecimiento se inclina ante el público y, por qué no, para el resto de actores también, en los que la falta de talento no terminó de eclipsar su ilusión y tesón (la última en desaparecer bajo el telón fue, por supuesto, la niña que ya he citado, graciosa imagen).

A pesar de todo he de decir que, al no haber leído «Los Miserables», tampoco es que pudiera tener las expectativas muy altas. Sólo había visto la famosa película del 2012 protagonizada por Hugh Jackman (por cierto, la presente versión teatral, a cargo de Paloma Mejía y no carente de cierto éxito en sus múltiples temporadas, sigue casi los mismos pasos que dicho filme), es decir, que de haber leído el libro probablemente hubiera sido mucho más crítico aquí, aun teniendo en cuenta que una novela de mil y pico páginas jamás se podrá representar dignamente en tan poco tiempo. Por otra parte, dicha película me ha ayudado y guiado, pues alguien que se enfrentase por primera vez a la trama y a través de esta escenificación, habría (y habrá) tenido problemas en entender según que cosas y, sobre todo, en identificar a los personajes. Pues hay escenas ininteligibles, como cuando en la taberna los borrachos lanzan voces sin sentido ahogando las palabras de los personajes que hablaban en ese preciso momento (¿?).


«Romeo y Julieta»:

Si la representación de los miserables estuvo marcada por la modestia de medios y los altibajos en la escenificación, «Romeo y Julieta» fue una muestra monótona y no suficientemente trabajada que, en lo que a mí se refiere, no mereció los 12€ de la entrada. Después de una introducción estrambótica cuya significación no entendí, comenzó a rodar el texto de Shakespeare propiamente dicho.

La función estaba a cargo de la misma compañía cubana que en el caso anteriormente tratado. Algunos actores, pues, reaparecieron (el que hacía de Thenardier era aquí el Conde Paris, el que hacía de Myriel era aquí Teobaldo Capuleto...), lo que puede explicar un poco el porqué se veía que no habían asimilado el texto al 100% (probablemente tuvieran que prepararse ambas obras a la par), titubeando en ocasiones o tropezando las palabras.

Si en «Los miserables» la función fue salvada in extremis por el protagonista y por las luces y la música, aquí todo fue aburrido. Aunque la representación se suponía que debía durar hora y media, terminó alargándose dos. El actor que hacía de Romeo, no se sabía bien el texto. Esto es un punto importante, porque se supone que se ha pagado para ver una representación perfilada, no una especie de ensayo. Cada dos por tres se trababa o titubeaba, e incluso hablaba cuando no le tocaba importunando el diálogo de su interlocutor. Aparte de eso, su propia caracterización del personaje era simplona; Romeo quedaba reducido a un bobalicón que sonreía como un niño al que le masajearan los pies o entonaba con voz invariablemente melosa. Sus fallos hacían que me saliera totalmente de la obra para temer que en cualquier momento el actor se colapsara o se quedara completamente en blanco, cosa que no pasó, lo que habla en favor de su resistencia mental. Una vez, después de trabarse tres veces en un minuto, y cuando su personaje debía salir de escenario, vi como se iba por la puerta girando con cierta brusquedad, con cara de enfado (consigo mismo, imagino). Entiendo que es un texto muy difícil de memorizar y que, probablemente, como nos insinuó el director al presentar la función, no tuviera holgado tiempo para aprendérsela; ¿pero por qué Julieta, por ejemplo, no cometió ningún desliz?; seamos serios...

Romeo fue, pues, un factor contaminante para el trabajo de los demás actores, que ya de por sí no era precisamente brillante. Parecía que llevaban tan por los pelos el texto que o representaban o hablaban, pero que hacer las dos cosas a la vez les introducía en el riesgo de resbalarse en las palabras. Así, a veces parecía que más que actuar recitaban con un poco de movimiento gestual de acompañamiento. El actor que hacía de Fray Lorenzo, el mismo que hiciera de Javert en los miserables, con el mismo registro, gris negruzco. El que hacía del príncipe de Verona, lamentable, era igual que si cualquiera se pusiera a recitar el texto sobre el escenario (además, su voz, al ser ronca, no se entendía bien); pero se agradece su arrojo. La actriz que hacía de nodriza, discreta pero pasable. De los demás ya ni me acuerdo, salvando las siguientes dos excepciones:

Julieta: la mejor del elenco. Teniendo en cuenta las dificultades de los demás, no pude sino admirarme ante el hecho insólito de que al menos ella hubiera retenido el texto lo suficientemente bien como para actuar con cierta dignidad. Ni un solo fallo cometió la tía, y eso que su parte es la más pesada de todas. Una chica bastante joven que consiguió el único momento remarcable de la función: cuando pronuncia su famoso soliloquio en el balcón, añorando al joven que conoció en la celebración. Por cierto que ahí se produjo ese momento tan particular del teatro en el que actor y espectador se miran unos segundos, el primero con la máscara del personaje y el segundo con la fijeza del crítico, y eso fue entretenido. Por lo demás, no sé si la chica estaría resfriada, porque en el último tramo de la obra se pasaba la mano por la nariz en cuanto el disimulo lo permitía.

El otro actor destacado fue el que personificó a Mercucio. Un hombre de unos treinta años, bajito pero con gran confianza en sí mismo, movió a las risas y supo hacerse con el escenario. Vivaracho y socarrón, su habilidad fue de agradecer y fue una de las razones por las que la obra no se hizo eterna.

La impresión final que me dio todo aquello fue la de un grupo de actores principiantes nutrido más de ganas y afición que de talento y capacidad interpretativa. Le echaron ganas e ilusión y eso despierta un sentimiento humano que aparta el enfado o la crítica visceral (espero que la presente no se interprete áspera en exceso). Ahora bien: esta obra no valía lo que costó la entrada, de eso no me cabe duda.

domingo, 25 de octubre de 2015

Apple ya se ha persuadido de que somos iMbéciles.

Dos años esperando a que sacaran un iMac con actualizaciones importantes (ya que en las últimas apenas había nada de consideración), y, tras seguir con cierto interés los rumores sobre una pantalla 4K para el modelo de 21,5 pulgadas para este mes de octubre, la página web, hace dos semanas, anuncia silenciosamente lo que me temía: las prestaciones cada vez se encorsetan más mientras que los precios se inflan hasta el delirio.







Lo que ha pasado es lo siguiente –muy acorde con la política que enarbola Apple en general desde que Jobs falleció–, te ponen unos modelos básicos muy básicos, ya de por sí caros, a forma de cebo para que saltes a la gama media sin pensártelo mucho («Total, ya que me iba a gastar mil y pico, me gasto seiscientos euros más y así me dura más el ordenador»). Esto podría pasar si, efectivamente, la gama media de ordenadores fuera decente, pero es que ya ni eso.

Los modelos más básicos de iMac valen 1279 € y 1529 €. Apple nos ha conseguido distorsionar el sentido y valor del dinero gracias a una política de marketing magistral. Porque esos equipos "básicos" son de por sí bastante caros, tan caros como opciones de PC mucho más potentes. Antes uno pagaba con cierta satisfacción un producto de Apple, porque aunque siempre ha sido una marca muy cara, al menos se tenía la confianza de que se estaba apostando por un producto con un diseño insuperable, con un sistema operativo seguro y estable, por un hardware bastante potente y por un equipo en general muy optimizado y capaz de durar con suma facilidad de cinco años para arriba. Ahora ya no.

Repasemos las fechorías en esta actualizada gama de iMac, lo que se supone que hace tiempo era el buque insignia de la compañía (antes de que los iPhone, Apple Watch, iPad, y demás juguetes elitistas lo arrasaran todo). El primer modelo, el de 1279 €, posee una configuración de vergüenza, igual que un portátil mediocre de unos trescientos euros. i5 de dos núcleos a 1,6 GHz de procesador (con dos ..., sí señor), RAM de 8 GB, HDD de 1 TB (eso sí, a 5400 rpm: olé, olé y olé), y, cómo no, una gráfica integrada de intel; se continúa la maldición con estas gráficas, total, así se ensanchan los beneficios y se quedan obsoletos los ordenadores más rápidamente. El siguiente modelo, de 1529 €, mejora básicamente el procesador, que pasa de ser deplorable a ser justito.

Por fin llegamos al ansiado modelo 4K, que se supone que es el "tope gama" de los iMac con pantalla de 21,5 pulgadas. Su precio es de 1729 €. Teniendo en cuenta que éste, a diferencia de los dos anteriores, posee una vasta resolución de 4096 x 2304 pixeles en un innovador panel P3 (con un 25% adicional de gama cromática más allá del sRGB y con tecnología IPS), podemos llegar a la conclusión rápida de que merece la pena pasar de los dos anteriores modelos y coger éste; total, son sólo doscientos euros más por una pantalla espectacular y un poco más de potencia. Pero a poco que se piense llegan los "peros", aquellos que han bullido en los foros hace dos semanas, en los cuales hasta los usuarios de Apple de toda la vida rechinan de indignación (y no es para menos).

En primer lugar, al ser el modelo 4K el tope gama de los iMac de 21,5 pulgadas, no habría estado nada mal que se empezase con un i7 ya de entrada, pero eso puede pasarse. El verdadero problema en cuanto a procesador es que no han actualizado a la 6ª generación de intel, los Skylake, cosa que no tiene ni pies ni cabeza, más teniendo en cuenta que sí se han incorporado en las versiones de 27 pulgadas. Es decir, Apple nos está vendiendo como novedoso y poderoso un equipo que ya desde su nacimiento está desfasado, listo para la obsolescencia. "Pero bueno", podemos decir, "se configura desde la página web con un quad core i7 a 3,8 GHz (y por +240 eurazos más), y listo, tampoco habrá una diferencia abismal y la pantalla 4K compensará la experiencia". Sí, eso podría ser un consuelo e incluso podríamos ir con nuestro dinero en los dientes a la applestore para adquirir este ordenador "tan bonito", pero es que hay una línea roja que deja pasmado. Esto es: el tope gama de los iMac de 21 pulgadas no sólo no viene con gráfica dedicada (viene con una irrisoria Iris Pro Graphics 6200, vamos, para el mail y el navegador y no pidas mucho más), sino que el soporte de personalización online de la máquina no te permite la opción de obtenerla. No existe la posibilidad de meter una gráfica decente al iMac de 21,5 pulgadas, a ninguno de ellos. Esto no sólo resulta indignante ya por el hecho de que te estén prestos para sablearte la cuenta y sin embargo sean incapaces de darle una gráfica al ordenador, sino porque te están poniendo un cartel enorme de "obsolescencia programada" delante de un ordenador que antes era sinónimo de calidad y durabilidad. Sí, Apple se está apuntando al carro de productos con fecha de caducidad, y lo está haciendo de manera astuta, muy gradualmente. Está claro que a ninguna empresa le termina por resultar gracioso que los usuarios aguanten un porrón de años sin cambiar de ordenador. Así pues, Apple, no contenta con detalles como el de la gráfica, te sueldan la RAM a la placa para que no puedas cambiarla ni ampliarla. Y estos equipos, desde el más barato al más caro de todos los de 27 pulgadas, vienen con 8 rácanos GB de RAM, es decir, que si queremos ir a por lo decente –16 GB–, tendremos que pasar por caja en las opciones de personalización de la tienda online. Poner esos ocho gigas de más en nuestro iMac de 21,5 pulgadas nos costará ni más ni menos que 240 € más, cuando en el mercado podrías obtenerlos fácilmente por menos de la mitad. Pero Apple quiere robarte, así que se asegura de que no puedas hacer otra cosa más que dejarte robar. Si lo quieres, lo pagas, y punto.

Otro punto a señalar –ha causado escándalo en los foros– es que los discos duros de estos iMac van a 5400 rpm de base. Es decir, te están vendiendo HDD completamente obsoletos y que apenas podrán con el OS X Capitán y los que lleguen después. Pero como no hay forma de cambiar el disco duro por tu cuenta so pena de desgraciar el ordenador entero, de nuevo tienes que pasar por taquilla para poder cambiar la porquería que hay en escaparate por algo decente. Podemos pasarnos a Fusion Drive, esa interesante mezcla de un disco duro tradicional enlazado con una pequeña memoria sólida, de forma que el primero guarde los archivos que menos usamos y que la segunda mueva el sistema operativo, programas y archivos más empleados, para que se abran y funcionen más rápidamente. Esto permite aunar la gran capacidad y bajo coste del disco duro con la rapidez de un módulo sólido accesible para todos los bolsillos. Pues bien, en los iMac podremos añadir esta opción, bien en forma de 1 TB (+120 €) o en forma de 2 TB (+360€, un robo a mano armada). El problema gordo viene cuando estos Fusion Drive, que Apple ha dotado desde su comercialización con 128 GB de memoria sólida, se hayan rebajado en el modelo de 21,5 pulgadas a 24 míseros GB de memoria sólida –¡cosa que no se indica por ninguna parte, sólo en la pantalla emergente de ayuda que hay al personalizar: "¿Cuánta capacidad de almacenamiento necesitas?"!–. Es decir, que la idea del Fusion Drive en la memoria de 1 TB se reduce al absurdo, pues con esa cantidad su operatividad se simplifica casi a la anda, al igual que sus beneficios, naturalmente. Si queremos un almacenamiento exclusivamente Flash, tendremos que dejarnos +240€ por 256 GB y +600 € por 512 GB (sólo Dios sabe por qué no existe la posibilidad del tera, aunque Apple ni siquiera especifica que clase de memoria sólida es la que te está vendiendo en estos iMac de 21,5 pulgadas).

Como se aprecia, la táctica es evidente. Los que apenas saben de hardware, comprarán estos ordenadores, pues se fijarán sólo en el aspecto: delgados, de agradable aluminio y con una pantalla colorida y definida...; y, bueno, que es de Apple. Entre los que tengan nociones básicas de hardware, habrá tres grupos, según lo veo. Un primer grupo demasiado absorbidos por la marca, tanto que no podrán evitar justificar de un modo u otro la tropelía cometida por la empresa, terminando por adquirir el producto. El siguiente grupo podría llamarse el de la resignación. Usuarios que llevan ya muchos años con el mismo Mac (o que nunca lo han tenido y llevan tiempo con el deseo en el ánimo), y tienen una ilusión por comprarse lo último de los de Cupertino. Sabrán que están pagando mucho por algo que en realidad no lo vale, pero les da tanto repelús los toscos y poco fiables PC, con sus Windows henchidos de malware, que terminarán por optar por el Mac, aunque con cierto dolor/resentimiento en la conciencia. Por último está el grupo de los indignados, yo diría que el más numeroso (o quizá sólo el más ruidoso, quién sabe). Usuarios de Apple recientes o de toda la vida, que han dicho o están al borde de decir «basta». Los que tienen uno de esos indestructibles iMac del 2010 (aunque los anteriores eran igualmente fiables) se agarran a ellos como veterano capitán a su viejo barco. Yo, con mi MacBook Pro del 2010, empiezo a creer de veras que voy a tener que usarlo hasta que reviente. Es cierto que su rapidez se ha visto claramente resentida, que a veces hasta se cuelga y que tiende a recalentarse muchísimo en verano, haciendo ruido (cosa muy extraña en un Mac), pero a grandes rasgos aguanta como un campeón. Son aparatos verdaderamente sólidos. Así pues, si me gasté casi dos mil euros en un ordenador, ¿por qué comprar otro por un pastizal cuando el que tengo me sigue funcionando relativamente bien? Es cierto que tener una pantalla de 4K (o 5K en los modelos de 27 pulgadas) debe de ser una maravilla, pero no es suficiente por sí sola como para que merezca la pena hacer un desembolso de más de 2200 € (pues el iMac 4K no puede comprarse con las especificaciones de entrada, por narices hay que personalizarlo si no quieres gastarte el dinero en un truño).

Se me podrá decir: «Véte al modelo de 27 pulgadas, que sí que tiene gráfica dedicada). Lo he pensado y hasta he estado a punto de comprarlo, pero pasa exactamente lo mismo. En primer lugar, es indignante que uno tenga que saltar a esta última cuestión, pues es lo que precisamente quiere Apple, que vayas al de 27 pulgadas. Porque el modelo de 27 pulgadas es el único que transmite cierta fiabilidad en el medio y largo plazo. Y eso es a lo que te obligan. ¿Quieres un Mac decente? Gástate entre dos mil y tres mil euros. Bueno... mejor tres mil. Tres mil y pico, como veremos. El iMac de 27 pulgadas de entrada vale, en su configuración estándar, 2129 €. Bueno, sólo la pantalla IPS 5K hace que ese dinero pueda merecer la pena. El procesador, un i5 de sexta generación con cuatro núcleos a 3,2 GHz, puede bastar. Una memoria RAM de 8 GB se queda muy justa, y de cara al futuro, corta. Pero bueno, se compra más en Amazon (pues, por suerte, en la versión de 27 pulgadas todavía se puede ampliar por el usuario la memoria RAM), y listo. El disco duro es de 1 TB, sin Fusion Drive, pero al menos van a 7200 rpm (¡milagro!). Se cambia a Fusion Drive por +120 € y listo. La gráfica dedicada es una AMD Radeon R9 M380 con 2 GB dedicados. Es una gráfica de portátil en un "sobremesa" (de verdad que estos iMac no son ya ordenadores de sobremesa, son portátiles con una pantalla gigante). Menos da un palo al agua, pero para mover una resolución mastodóntica de 5120 x 2880 pixeles se va a quedar corta en el largo plazo. Y si se compra uno de estos ordenadores es para que dure, y mucho. Bien. Hemos dicho que necesitamos Fusion Drive y una gráfica mejor. Pues saltamos al siguiente modelo, que vale 2329 € y tiene tanto Fusion Drive como una gráfica ligeramente mayor. Tengamos en cuenta en todo momento que deberemos comprar la RAM aparte e instalarla (a no ser que queramos dejarnos +240 € por 16 GB, ósea, ese dinero por solo 8 GB más; o bien 720 € por 32 GB, que sin comentarios). Para el usuario medio esta opción de 2329 € + RAM aparte puede valer. Pero has tenido que dejarte todo ese pastizal para quedarte mínimamente satisfecho. Yo creo que aún podría denominarse una compra cogida con pinzas. Un profesional de la edición, por supuesto deberá irse a la tercera versión, la tope gama (que básicamente tiene un TB más de FD y una gráfica un poco mejor) y gastarse quinientos o más euros en personalizarlo. Esto es: +300 € para conseguir un i7 (manda narices que en un "tope gama" de más de 2500 € no venga ya de entrada un i7...); +300 € en una gráfica con el doble de GB (cuatro) dedicados para cerrar con seguridad con los posibles futuros problemas con la gestión de la pantalla y, por último y si se quiere, gastarse +240 € o +840 € por una memoria Flash de 512 GB o 1TB respectivamente. Esto deja al ordenador oscilando entre los 3000 € y 4000 € aproximadamente.

Un problema que no he comentado es el referido el tema del diseño. Sí, la delgadez extrema de estos ordenadores es digna de aplauso, pero produce problemas insospechados. En primer lugar, no hay demasiado espacio para que el ordenador ventile, saque el calor fuera, a pesar de la carcasa de aluminio. Esto reduce la esperanza de vida del ordenador y compromete a largo plazo el que sea silencioso, sobre todo si se están corriendo tareas pesadas de edición de vídeo o imagen. Además, es de suponer que con un diseño más grueso los componentes podrían subir de potencia y el precio del ordenador no se iría por las nubes, aparte de que podría seguir ampliándose con relativa dignidad como hace años. El equipo de iFixit ha catalogado el diseño actual –actual, pero que lleva ya sus añitos en el mercado– del iMac como de "casi imposible" de reparar. Es decir, que si se rompe algo, o lo llevas a reparar y que te casquen mil euros, o, "mejor", te compras directamente otro nuevo.

Por supuesto, yo no me voy a dejar ni 3200 ni 2600 euros en un ordenador de 27 pulgadas. Tienta el que sea la única opción verdaderamente digna de tener un iMac, pero su precio exorbitado hace que entres rápidamente en razón. Por otra parte, sería excesivo para mi escritorio, que no tiene mucho fondo, y no voy a comprarme otro y a remodelar media habitación, aunque esto, por supuesto, no tiene nada que ver con Apple. Mi opción era el iMac 4K, pero con lo dicho ya se ve que no quiero gastar dos meses de trabajo y encima sentirme estafado. Por otra parte, después de tantos años usando iMac en los estudios y ahora en el trabajo, empiezo a notar un tanto desagradable esa pantalla de cristal con tanto reflejo y brillo: cansa a la vista. Así pues, me he llegado a plantear un Mac Mini complementada de una pantalla Dell de 24 pulgadas (ya que esta es otra: la pantalla del iMac de 21,5 pulgadas se queda un poco corta y la del de 27 pulgadas es un tanto excesiva, al menos en mi opinión). Pero Apple se debió dar cuenta de que los Mini vendían en demasiado en detrimento de los iMac, así que les dejó a todos los modelos una gráfica integrada de intel y les puso unas características bajísimas, sin incluir teclado ni ratón o trackpad (que valen una pasta impresionante), lo que hace que el usuario salte por pura lógica a los todo en uno que son los iMac por un precio algo mayor (y luego empezar a subir más y más de categoría según todo lo dicho anteriormente). Personalizar el Mac Mini a tope (bueno, sin memoria Flash), con trackpad y teclado, hace que arañe los 2000 €, y con unas características inferiores que un iMac que viene con pantalla integrada y al mismo precio o incluso menos, lo que ya de por sí no tiene mucha lógica. Así pues, el único ordenador de sobremesa decente que resta sería el Mac Pro, que tiene un precio de entrada de 3449 € (y eso que tiene una RAM muy baja para semejante precio y una cantidad ridícula de memoria sólida de entrada) y que, personalizado de forma que sea "realmente potente", se te va con suma facilidad a los cuatro mil y pico o cinco mil y pico euros. Y pantalla, trackpad y teclado aparte. Inasumible.

Por cierto, que Apple ha actualizado también su trackpad, su teclado y su Magic Mouse. El teclado y el trackpad, que antes ya eran bastante caros, han DOBLADO su precio. El trackpad (ahora "Magic Trackpad") vale 149 € y el teclado (ahora "Magic Keyboard") vale 119 €. ¿Y qué es lo que tienen de nuevo para que valgan semejante dinero? Bien, el teclado de Apple ahora es inalámbrico y un poco más estable, eso lo hace ser "mágico" y, por supuesto, valer el doble. Por otra parte, el Trackpad posee ahora una superficie algo mayor, es inalámbrico y viene con tecnología Force Touch que hace que la sensación al pulsar sea uniforme por toda la superficie, eso hace que sea "mágico" y que "valga" un sablazo de 149 €. El Magic Mouse 2 ya no lleva pilas y es más ligero. Eso hace que valga 20 € más... Por último, no dudo de la calidad de las baterías que incorporan estos dispositivos (por ese precio, faltaría más), pero están integradas, es decir, que si fallan, adiós el aparato entero.

Puede ser que lo que mejor defina la política de Apple sea el reciente MacBook (que para nada tiene que ver con aquel magnífico Macbook blanco que dejó de fabricarse hace unos años). Un diseño extraordinario pensado al milímetro... y un hardware penoso y un precio de locos. Que un ordenador portátil de 12 pulgadas que viene con unos escuetos 256 GB de memoria, una gráfica integrada de intel y (Y) un paupérrimo procesador Intel Core M dual core a 1,1 GHz valga 1449 € (1799 € si se quiere con el doble de memoria Flash...), es como una especie de broma de mal gusto. Es un procesador de una tablet metido en un ordenador sin ningún tipo de sistema de ventilación y que tiene el costo de un PC de gamas altas. ¿Para qué sirve este ordenador? Para lucir su magnífico diseño y su manzana en la tapa. Pero, ¿para qué sirven los ordenadores? Para trabajar. ¿El MacBook sirve para trabajar? Hombre, si a trabajar se le llama conectarse a internet y mandar Mails, podría ser, pero nadie razonable y que no sea rico paga 1449 € para ver mails y conectarse a internet. Cualquier smartphone a un precio mucho inferior puede hacer lo mismo, y cabe en el bolsillo. Y lo más chocante es que un iPad hace el mismo trabajo que este ultrabook del que hablamos, también a un precio mucho menor. Y que tenga una pantalla retina de alta resolución no es una excusa para ese precio, téngase en cuenta en esa pantalla tan pequeña no es mucho aporte en realidad, ni en coste de fabricación ni en funcionalidad de cara al usuario.

Podría hablar también de los iPhone, que suben y suben de precio año tras año mientras que cada vez ofrecen novedades "menos novedosas"; los nuevos sistemas operativos cada vez más deseosos de dejar obsoletos dispositivos "antiguos" (dos o tres generaciones atrás)... ¿Cuál es la única manera de fastidiar un producto de calidad a base de un precio enorme? En efecto, sacar SO más y más pesado e incompatible con lo viejo (y si dijésemos que se hacen más pesados por alguna mejora sustancial...).

Lo único decente y que sigo oliendo a la Apple de antes son los Macbook Air (casi sorprende que haya precios relativamente decentes en la tienda de Apple), que se rumorea van a desaparecer, y los MacBook Pro, que aunque no están mal han subido también mucho el precio por la pantalla retina y que, después de todo, cada vez sean menos "Pro". Y luego están los Ipad, cada vez más comprometidos por unos descollantes Surface Pro de Microsoft.

Y es que Apple, cada vez más dormida en los laureles y más ceñida al mero beneficio, a agradar a los accionistas y a confundir con trucos de estética a los usuarios, se está pareciendo cada vez más a la Microsoft de la que tanto se mofaban. Son cada vez más usuarios los que huelen decadencia y consecuente desastre, mientras que paralelamente, empresas como Microsoft, van remontando desde que hace años dejaran una situación de decisiones erróneas y productos ineficaces.

Apple fabricaba equipos para profesionales. Cada vez se han olvidado más y más de este sector para centrarse en el consumidor común, y del consumidor común al "fan" que le da lo mismo ocho que ochenta mientras pueda lucir una marca determinada. Apple ha pasado de servir equipos fiables y totalmente funcionales a exponer productos de moda caros, meras prendas diseñadas por ingenieros con bastante olfato, quizá, para la contabilidad.

lunes, 12 de octubre de 2015

La mujer de cobre.

Ver una película ambientada en esa particular atmósfera sureña de los Estados Unidos, pobre, brusca y tan vinculada a la naturaleza, hizo que se me presentase una imagen que se repite en mi cabeza; en parte influida por una ya lejana experiencia personal y en parte espoleada por los sueños. El personaje es un hombre sentimental, acosado en su vejez por lo que pudo haber sido. He preferido no ser ni preciso ni abundante para que del simple fotograma, quizá, pueda llegar a sacarse algo más.
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En esta noche de invierno la apatía se ha roto. No sé por qué motivo. Estaba en el porche, frotándome las manos de vez en cuando para entrar en calor, sentado, oscuro como una silueta más de la fachada de madera podrida de tanta humedad. Las chimeneas enturbiaban la noche hacia lo alto, dando un falso testimonio de calor. Y yo ahí en medio, con mi viejo hogar –una casa baja que gime como si quisiera devorarse a sí misma– de telón, el bosque enfrente, mirándome cansado, más cansado incluso de lo que yo estoy ahora. Esa idea me reconforta. ¿Pero por qué me ha venido todo hoy, precisamente hoy, a mi boba cabeza, la cabeza de un viejo que sólo quiere desaparecer? Cómo saberlo.

No volví a tocar a una mujer después de ella. Sí, estuve con otras, pero fue como si no existieran, como si fueran una broma extraña, pesada, que jugaba a hundirme más y más en mí mismo, en mis recuerdos... Me empecé a tornar melancólico como un atardecer en lo alto de la colina. Y no me curé nunca..., hasta que sencillamente me volví estúpido, como lo soy ahora.

En aquel porche en el que mis piernas se hundían en las últimas hojas secas, se abrió por un minuto un amanecer antiguo, remoto, secreto. Mis manos tersas de tanta juventud se abrieron a mis ojos, y vi a Raquel tal como en aquellos días en los que el verano no arrancaba aún el frío de las mañanas. La hierba estaba perlada de rocío. Multitud de esas gotas se ceñían con una aparente suavidad a los cabellos de cobre de ella –de cobre como la hierba casi seca y entumecida que aplastábamos–, brillaban a contraluz y despertaban a mis labios de arena. Eran como una diadema de cristal. Eso solía decirle. A ella le gustaba que se lo dijera, por mucho que tratara de ocultarlo mirando a otro lado o haciendo un mohín. Era recia. Estaba acostumbrada a la dura vida del campo. Pero era muy lista. De haber nacido en otro lugar, habría sido alguien importante. Esto lo decía todo el mundo. Se deducía enseguida de su gesto sufrido y noble. Y allí estaba tan bella. Despeinada, sin nada de maquillaje (en aquellos tiempos esas cosas eran escasas en nuestra región), y, sin embargo, uno no podía imaginar el lugar si no era con ella allí en medio, tumbada, respirando pausadamente, con el gesto extrañamente tranquilo. ¡Qué fría había sido la noche! Y a la mañana aún tiritaba un poco.

Recuerdo que supe que se había acabado el tiempo, que había que levantarse y marchar. Semanas antes ya lo había intuido, pero aquella mañana tan especial terminé por darme cuenta. Quizás fuese ese frío tan típico del campo, tan ambiguo en la carne. O el mechón que se perdía entre los labios de Raquel. Sé que miré su frente blanca, surcada de suaves líneas de tierra, y que inmediatamente después levanté un poco la cabeza para poder oler sus cabellos. Sé que pensé: «Tus padres te dicen (y sé que te lo dicen) que eres de cobre, tú misma te dices que eres de cobre, y puede que siempre te conozcan como la chica de cobre, pero yo te amo porque eres de cobre y no de rubí ni de oro ni de diamante». Me hubiera gustado decírselo en aquel momento, pero estaba tan dormida que simplemente respiré hondo y me volví a recostar. Nunca se lo dije. Cuando se despertó ya no encontré las palabras, aunque sentía exactamente lo mismo. No sé si le hubiera sentado bien. Supongo que sí, que en el fondo sí.

En la noche todos cambiamos un poco. Nos quitamos unas cargas sin querer. De repente, sencillamente deseamos. Aquella noche fue la única noche de mi vida. Había estado con otras antes y, ya lo he dicho, estuve con otras después, pero siempre sentí que esa había sido la única. Cuando la noche te acaricia y los labios recuerdan. Cómo latieron nuestros corazones cuando su padre nos persiguió a través de los altos maizales. Cómo temíamos, incluso en aquel lugar escondido, que pudiera aparecer de la nada para separarnos y aporrearnos (se trataba de un hombre rudo capaz de dejarte inconsciente de un manotazo). Cuando nos hubimos arrancado toda la ropa y temblábamos de calor en la fría noche, cuando nos hubimos entrelazado como dos hierbas secas mecidas por el viento, entristecido entre los árboles, no supe si ella gritó de amor o gritó de temor. Enseguida cayó desfallecida entre mis manos temblorosas, y yo la mecí como si fuera un ser liviano que pudiera desaparecer ante un movimiento brusco.

Supe que se hubo despertado porque en sus ojos aparecieron dos delgadas lágrimas. Una en cada ojo. Describieron un trazo que se llevó consigo la suciedad del campo, y se extinguieron con las gotas de la mañana. Cogió mis manos y me besó una última vez. Aquel beso suave tiró de mí haciéndome un daño atroz. Antes de levantarse y salir corriendo, arrancó una zarza que había a nuestro lado, hiriéndose en el acto, y me rodeó con ella el cuello con la justa presión como para hacérmelo sangrar también. Aún percibo esa punzada en mi garganta. Pero no me aparté ni me quejé. No dolió ni la mitad que aquel beso último que nos separó en esa anaranjada mañana de verano.

No volví a verla en mucho tiempo. Su familia marchaba a otro lugar en el que poder mejorar su sustento. Supe al año siguiente que se la había visto con otro joven. Aquello me hizo añicos. A raíz de eso fue por lo que dejé de soñar y de creer en los cuentos. Y cuando veintitrés años más tarde la vi sentada con su hijo en una terraza de la ciudad, enseñándole a ceñirse la servilleta en el cuello de la camisa para comer, hubiera querido acercarme a ella y decirle: «He pensado en ti todos estos días, todos los que han separado este día de aquella noche de verano, entre las hierbas secas y torcidas, hace veintitrés años». Pero me di la vuelta y me fui. Quizás solo le hubiera molestado o enfadado. Quizá se hubiera reído de mí. No lo sé. Pero después de eso me sentí seco, terriblemente seco, y no volví a pensar en ella en mucho tiempo. De hecho, dejé de pensar en nada. Y me fui volviendo poco a poco en un ser monótono e inactivo, como una planta que sólo deseara morir frente al sol antes que tener que sufrir una noche más de soledad completa.

Ella lo sabía. 

Debiste haberme matado con aquella rama de espinas. Debí haber muerto respirando tus cabellos de cobre, Raquel. Sin ti me ha quedado esta noche de aromas inquietos, estas mantas reteniendo mis temblores y estos párpados arrugados, luchando por mantener abierta una mirada fallecida.

Y dentro de poco, la nada. ¿Cómo es posible que algo tan bello desaparezca sin nadie por testigo? ¿Cuántos viejos habrán muerto vacíos, cuántas chicas de cobre habrán llorado al amanecer? Acaso sólo unos pocos tengamos este dudoso privilegio. El privilegio de conocerlos a todos, de ser todos ellos al mismo tiempo. Una imagen queda impresa en la retina y aun en el último momento no puedes evitar pensar en ella antes que en Dios. No puedes evitar ir con un pecado al cielo. Pero quién sabe, quizás exista un lugar en el que ser felices, en el que aquel día de dorado y húmedo se repita, en el que no hagan falta ni zarzas ni lágrimas. Un lugar en el que me sonrías, Raquel.





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