sábado, 2 de julio de 2016

«Penny Dreadful», pros y contras.

Después de ver las tres temporadas que componen la serie televisiva «Penny Dreadful» –la última de ellas acaba de terminar, habiendo declarado el canal Showtime que no habrá una cuarta–, me veo con ánimo para hacer algunos comentarios, ya que en ella se plantean dilemas de interés. Aclaro, antes de continuar, que la entrada contiene una franja de SPOILERS en el último apartado, correspondientemente señalado, cuya lectura no es recomendable para aquellos que no hayan visto la serie.


En orden de izquierda a derecha: Timothy Dalton como Sir Malcom Murray; Revee Carney como Dorian Gray; Eva Green como Vanessa Ives; Harry Treadaway como el Doctor Victor Frankenstein; y Josh Hartnett como Ethan Chandler.

Llegué a la iniciativa de ver esta serie más que nada por casualidad, a raíz de una vaga recomendación. Lo primero que llama la atención al verla es su crudeza, calidad visual y la seriedad en su forma y contenido. A priori esperaba encontrarme con un producto repleto de acción, más comercial que otra cosa, y no con argumentos filosóficos, teológicos y referencias literarias. La originalidad de la serie me enganchó los tres o cuatro primeros capítulos, para luego, al detectar cierto ritmo monótono más allá del resplandor inicial, aburrirme un poco hasta el final de la primera temporada. La segunda temporada, en cambio, es realmente buena, y me enganchó de principio a fin. La tercera, con altibajos al principio, cae en un final que en mi opinión es claramente decepcionante, si bien hay que decir que a mucha gente le ha encantado y sorprendido.

Como la serie posee tantos elementos elogiables como absurdos, bien vale comentar los que observo más relevantes, en ambos sentidos, en una serie de pros y contras:


PROS:

–Producción. No estamos ante una baratija con pretensiones infantiles. Hay presupuesto y esmero. Efectos especiales, fotografía, escenarios, vestuario, maquillaje, todo de calidad.

–El dilema: el ángel contra el demonio. La lucha entre el bien y el mal que se libra dentro del individuo es aquí ampliada. Hay en los personajes suficiente circunstancia trágica y suficiente sensibilidad como para que el forcejeo posea matices atrayentes.

–La soledad. Todos los personajes tienen un carácter apegado al yo individual, son orgullosos pero también perceptivos. Sus habilidades sobrenaturales y sus elevados intelectos les hacen no encontrar hueco alguno en la sociedad. Están marginados en todo momento, prácticamente incluso cuando se juntan entre ellos. El anhelar y el arrepentirse del propio anhelar. La pugna entre la elegante altivez del raciocinio y la ardiente pulsión de sentir, de abrirse a alguien, de atreverse a amar.

–El peso teológico y espiritual. Desde el almizcle de las culturas y los panteones de la antigüedad –como del período egipcio– hasta el omnipresente crucifijo que observa en su agonía desde la pared de la habitación de la protagonista de la serie, Vanessa Ives, lo arcaico y misterioso se mezcla con la cosmovisión cristiana del mundo, del bien y del mal. Es en Vanessa en la cual con más fuerza se libra la batalla entre Dios y el diablo. Ella es un claro ejemplo de la lucha cristiana contra la tentación y el mal, si bien la misma se vislumbra desde una lente más realista e impactante que en otros casos más puritanos, pues Vanessa posee puntos de oscuridad y singularidad en su carácter que le hacen pecar por lo primero y separarse del rebaño por lo segundo. Así, su vínculo con Dios y la fe no es ninguna vulgaridad, sino una verdadera lucha mística y personal contra sus propios demonios, en la cual Dios es un faro invisible en algún lugar de la tormenta embravecida. Con fuerza nos llegan las consecuencias del deseo, de la acción, del sexo o de la posesión. Todos parecen desear un paraíso terrenal, pero el mundo es, lejos de dicha noción, un galimatías sin demasiados escrúpulos que exige o el sacrificio o el pecado. El mal se basa en la tentación que sugiere la formulación de los más íntimos deseos –sean estos egocéntricos o solo ingenuos, da lo mismo– para intentar atrapar a las almas en una victoria vasta a la par que seca como la sal. El espectador que sea sensible respecto a este tema, encontrará en los personajes –y, como he dicho, sobre todo en Vanessa– verdaderos exponentes de lucha espiritual.

–Interpretación. Los actores no me han enamorado, pero son perfectamente dignos, algunos de ellos incluso notables. Brillan más al principio que al final, como todo en la serie en general, pero aun así es difícil quejarse. Josh Hartnett como Chandler realiza una interpretación algo plana; es decir, no es nada del otro mundo; pero es suficiente y a veces hasta sorprende un poco. Harry Treadaway como Frankenstein lo hace bastante bien, pero abusa en exceso de cierta expresión cuando está dolido, tiembla demasiado cuando algo le afecta y resulta por ello exagerado en ocasiones. Revee Carney es excelente como Dorian Gray, si bien es cierto que su físico jovial y sumamente elegante le ayudan mucho. Es una pena que su personaje se lleve desde una línea más bien alternativa, aunque esto mismo hace también que la serie se enriquezca en un sentido más general. Timothy Dalton como Sir Malcom Murray, un intrépido y veterano explorador de África, es de lo mejor de la serie. Su personalidad recia, resolutiva, inteligente e insobornable supone una auténtica columna que sirve de apoyo y nexo de los demás personajes. Rory Kinnear como John Clare es también excelente, nos creemos de veras su angustia, y se puede sentir cierta hermandad con ella («Eres el ser más humano que he conocido», le llegan a decir). Finalmente –y aunque hay más personajes y muy interesantes pero que es mejor no comentar aquí–, tenemos a Eva Green como Vanessa Ives, muy acertada; su propio aspecto encaja con el papel como anillo al dedo. Con su cabello azabache y sus ojos claros como el cristal, esa piel pálida tan típicamente gótica y una aparente fragilidad que contrasta fuertemente con sus episodios violentos o amenazadores, supone el exponente estético más poderoso de la serie. Pero no se queda ahí, sino que el propio personaje, tierno y terriblemente oscuro a la vez, deseosa del bien pero encharcada en una senda del mal impuesta por fuerzas ajenas, afable pero a veces complicada, muy sensible pero con opción a lo tajante, artística y sensorial pero con espacio para una sutil informalidad, morbosa pero totalmente consecuente con sus actos, santa y mártir pero ni mucho menos mojigata (con esas expresiones socarronas y sexys que rara vez se permite)...; deslumbra tanto al espectador como a todos los personajes que la rodean. Me llevo, en definitiva, una magnífica amiga con este personaje, Vanessa Ives.

–La grandilocuencia del guión. Termina haciéndose pesada y hasta absurda, pero al principio engancha y, después y en cualquier caso, sigue poseyendo momentos interesantes.

–La escasez de puntos muertos. El interés de la serie fluctúa, pero apenas se advierten espacios en los que se rellene por rellenar, como sí ocurre en muchas otras series (por ejemplo: «The Walking Dead»). Los capítulos pasan, por ello, bastante rápido.

–La relativa brevedad. La serie es como un material valioso pero compacto. Si se estira en exceso, se disgrega y pierde gran parte de su atractivo. Ha sido una decisión certera el dejar la serie en una tercera temporada que ya empezaba a atufar un poco. Abusar el contenido con una cuarta hubiera sido, con toda probabilidad, una decisión errónea.


CONTRAS:

–Pesimismo extremo. Lo poco gusta y lo mucho cansa. La tragedia, aunque la intentan abordar desde la máxima crudeza, no me convence salvo en ocasiones contadas [hechos no prioritarios de la trama a continuación; seleccionar con el ratón para leer:] (las únicas verdaderamente notables: la relación entre Ethan Chandler y Brona Croft en la 1ª temporada y el capítulo de la 2ª en el que Vanessa y la bruja Joan Clayton viven su relación; le sigue a cierta distancia el capítulo de la 3ª en el que se conoce la historia completa de Vanessa en el manicomio). Apenas hay realismo en ello. Al principio te lo crees, pero tanta desgracia y mala suerte junta termina haciéndose desesperantemente improbable. Por otra parte, los escenarios son casi siempre oscuros: noches neblinosas, estancias góticas, suburbios. 99% negatividad y 1% positividad hacen que se ofrezca una versión tan penosa del ser humano y su existencia que es tan exagerada como absurda. Puede abatir, cansar al espectador.

–Redundancia. La esencia, un elegante brillo pero que se repite en sucesión, acaba provocando eventual monotonía en el ánimo del espectador. Hubiera venido bien la inclusión de elementos diferenciadores –no tan góticos– que hicieran de efecto despertador, de curva para matar la sensación de travesía más o menos lineal en cuanto a contextos.

–Todos los protagonistas parecen en el fondo un mismo personaje. Se creerá a simple vista que tenemos ante nosotros a una recopilación de lo mejor que ha dado la literatura gótica y de terror del XIX, y, por tanto, a un equipo de personalidades únicas, una élite de la oscuridad y el tormento, cada uno con su propio rostro original, pero, en realidad, plantean todos exactamente el mismo dilema y se comportan prácticamente de la misma manera. Se dará a entender mejor esta noción en el último punto, más abajo.

–La revolución femenina. Me explico. Lleva ocurriendo muchos años, no sólo en esta serie, sino en incontables y taquilleras películas y demás trabajos televisivos. Directores y guionistas, que en su mayoría son hombres, tratan de crear un "golpe de efecto" que, además y por supuesto, esté acorde con la moral de moda del momento –en el caso actual, por ejemplo, la defensa a toda costa de la figura de la mujer y la mofa alegre e indiscriminada, siempre consentida y bien vista, hacia el género masculino–, y crean a una mujer fuerte y segura de sí misma, que no es otra cosa que un héroe de alguna ordalía medieval solo que con pistolas, cuerpo femenino y un toque de picardía. Pero esto por sí solo no es suficiente para elevar al personaje femenino por encima de los personajes masculinos, sino que sólo los iguala a ellos, porque a fin de cuentas ellos no son más que héroes de ordalía medieval solo que con pistolas, así que se ha de forzar que éstos hagan público un comentario "penosamente masculino, repleto de tozudez y orgullo" –como si todos los hombres fueran tozudos y orgullosos, y como si muchas mujeres no fueran tozudas y orgullosas–, y entonces ella, el personaje femenino, cual cazadora que apuntaba al faisán, relamiéndose ante la expectativa del inevitable disparo –infantil relamerse–, suelta su frase: "Oh, hombres, siempre tenéis que bla, bla, bla", y, bajo su oportuno y "maduro" acto de censura hacia el género masculino, ellos se rinden ante ella admitiendo en revelador silencio su incompetencia masculina (me hace gracia, porque siempre reaccionan de forma torpe, como diciendo "ostras, somos hombres, tenemos que reaccionar de forma torpe, porque los hombres son torpes y las mujeres elegantes, es pura lógica"). Sin embargo, esto es común, como he dicho, en tantos trabajos por el estilo. Cabe en el caso de «Penny dreadful» resaltar, no obstante, la gala de feminazismo que se hace en la tercera temporada («-¿Por qué habría que matarle?» «-¡Porque es un hombre!»). Al principio de la misma, es lo típico: instinto de revolucionaria en mitad, además, de una época propicia para ello (sufragismo); hay que arrebatar todo el poder a los hombres, establecer un imperio de la mujer, y someter al género masculino cual perritos con correa (como si en realidad muchos no lo hubieran sido hasta ese momento, todo sea dicho). Venganza hacia ese género masculino opresor, que condenaba a las mujeres a tareas infrahumanas como cocinar y cuidar de los hijos, mientras ellos realizaban hazañas sublimes y enriquecedoras, como ser despiezados en las guerras, arar como mulas o como cavar en minas tóxicas durante más de doce horas diarias, con tropecientos hijos en la conciencia, todo bajo una suprema libertad masculina basada en obedecer al empresario despiadado, el monarca idiota o el gobierno aristocrático de turno. Eso es lo que transciende, al comienzo, el feminazismo en la temporada, pero enseguida degenera hasta tal extremo que ni siquiera merece ser tenido en cuenta. La pandilla revolucionaria solo sabe comer, beber y chismear a grito pelado, sin más apego a la causa femenina que el que se puedan tener a sí mismas; con una líder carente de moral y una "lugarteniente" que solo es una niña resentida y cruel. Así que, llegados a este punto, me pregunté: ¿esto es una "apología" a la reivindicación femenina o es más bien una sátira? Honestamente, no creo que los guionistas hayan pensado tanto como para elaborar una sátira, y sí solamente lo suficiente como para resultar sensacionalistas y llamar así la atención, pero, probablemente sin quererlo ni beberlo, realizan un absurdo espectacular que se devora a sí mismo con rapidez. Así que, después de esta conclusión, uno no puede sino pensar que, en realidad, no sólo no es feminista la intención del guión, sino que es más bien machista (en verdad que a veces la línea es muy fina), porque representa a una mujer completamente irreal. Es decir, deja a las mujeres a la altura del betún: animales estruendosos, vengativos y sin argumentos, algo que, por supuesto, está alejado de la verdad. Por favor, guionistas, aprended de Virginia Woolf y dejaros de chorradas.

–Los protagonistas padecen, sin excepción, del trastorno de identidad disociativo. Son capaces de la máxima crueldad e indiferencia hacia los que les rodean o de la máxima lealtad y renuncia personal. A veces reacciones tan dispares se suceden en tiempos espectacularmente breves.
Ejemplos prácticos (contienen SPOILERS; selecciona con el ratón para hacer visible el contenido):
-A Chandler tan pronto le da por ser un salvador compasivo como, en la tercera temporada, cambiar de opinión en un santiamén –persuadido por los pobres argumentos de una bruja satánica que, como todos sabemos, son muy de fiar y albergan siempre planes positivos para la humanidad–, deseando ser la causa de la destrucción del mundo y el señor de la guerra de los despojos supervivientes. En uno o dos capítulos cambia de nuevo su opinión, y decide que lo mejor es lo contrario: salvar al mundo de la oscuridad. Es tan absurdo que hasta la interpretación del propio actor parece rechinar.
-Vanessa Ives parece la mayor parte del tiempo una buena mujer, compasiva e inteligente, cuya mala fortuna le ha hecho zambullirse en una existencia maldita y prácticamente agónica. Sin embargo, no está exenta de brotes psicóticos, como lo es el completo absurdo de trincarse al prometido de su mejor amiga, por pura jactancia; sin inmutarse siquiera cuando la otra le pilla en plena fechoría. También lanza de vez en cuando –sobre todo al principio de la serie–, comentarios tan sarcásticos como gratuitos, algunos de ellos sencillamente crueles; una técnica facilona de tratar de hacer más ambiguo y oscuro al personaje ("¡cuidado! ¡es frágil pero también sabe aguijonear! ¡sorpréndete por ello!"). Al final, después de haber superado muy satisfactoriamente muchas de las más grandes tentaciones que un ser humano puede imaginar, le da por entregarse al mal, desperdiciando la felicidad del planeta entero y la de sí misma, más por un capricho de su depresión que por otra cosa. No hay coherencia, es solo forzar un final que sorprenda. De todas formas, +1 al capítulo en el que se la ve completamente marginada y enclaustrada en la mansión Murray, nihilista y abandonada. Me recuerda totalmente a episodios de mi propia vida.
-Al Doctor Frankenstein le va la poesía y es terriblemente sensible. Terriblemente sensible, si le afecta el estímulo, porque si no le afecta, es terriblemente insensible. Su personaje es un absurdo ambulante. O está enamorado como un niño de trece años y expone su sempiterna expresión de alérgico al polen cuando ve a su amada o con una seriedad robótica y despiadada expone sus argumentos materialista-científicos. Tan pronto le interesa el dolor humano como solo piensa en sí mismo, sus logros y su fama. Es decir, si no se le viera correteando de un interruptor a otro en mitad de la tormenta y resucitando mientras tanto a un muerto, bien se podría decir que es un bobo presuntuoso. Si nos damos cuenta de que resucitar personas accionado interruptores arcaicos es una idea boba y presuntuosa, poco le puede restar a él mismo. El dilema "creador autoritario contra criatura que pronto ejerce su libre albedrío y se rebela contra el primero", que extiende su evidente paralelismo con Dios y el ser humano, puede resultar interesante un rato, pero no tres temporadas.
-Sir Malcom Murray sufre una auténtica metamorfosis. En la primera temporada es un despiadado esclavista, ambicioso y egocéntrico hasta el delirio, que sólo ve en los demás meras herramientas para satisfacer sus apetencias. En la segunda y la tercera se convierte en una figura paternal e incluso equilibrada (aunque eso de ir él solo a matar a todas las brujas en su propia fortaleza... hay que ser idiota). ¡Aleluya, Sir Murray, el desvío de intereses de la trama te ha resucitado y te ha convertido en un hombre nuevo!
-Dorian Gray, tan elevado y encantador. Dorian Gray, un ser que solo sabe comer, beber, bailar y trincar; en realidad hasta un borracho sabe también vivir así, aunque no tan elegantemente, ciertamente. Dorian Gray, atento y cortés. Dorian Gray, si le da el venazo te parte el cuello o te envenena con toda mezquindad la copa para matarte sin ensuciar el suelo.
-John Clare, amante de la poesía, sensible como las cuerdas de un arpa, repleto de conciencia y ternura... e inmutable y diligente a la hora de partir en dos a alguien, las tripas esparciéndose por doquier, matar a inocentes como al Doctor Van Helsing, u obligar a su creador, cual acosador indolente, a fabricarle una esclava personal, a la que luego trata de mentir para manipular, todo, eso sí, en el nombre de lo bello y lo sublime. Es tan absurdo que marea. Hay que decir al respecto de este personaje que, de todas formas, las reacciones que tienen algunos en cuanto a su aspecto son completamente exageradas. Quizá no sea un regalo para la vista, pero ni mucho menos es para gritar, llevarse las manos a la cabeza o contener la respiración a su paso; aunque haya vuelto de la muerte dista mucho del aspecto de un zombie de «The Walking Dead».
-Brona Croft es una figura trágica, una persona buena y tierna azotada por cien desgracias, que a pesar de todo se mantiene incorruptible, cual Sonya en «Crimen y castigo»... Hasta que se convierte en Lily. Entonces se da cuenta de que en realidad es una asesina, manipuladora y resentida que va de idealista para tapar su fanatismo, de ser superior (inmortal) para cubrir su vulgaridad, y de revolucionaria para dar rienda suelta a su carácter veleidoso y dañino bajo el pobre pretexto de una palabra romántica. Siente que ha sufrido mucho, que se ha sido muy injusto con ella, y ahora quiere remontar. En compensación y muy cabalmente, la indemnización ha de ser matar o esclavizar a los hombres y convertirse en una reina enjambre en un mundo monogénero e insectoide, en el que ella sea la máxima autoridad.
Fin de SPOILERS.


CONCLUSIÓN:

Serie trabajada, original en su comienzo y entretenida después más allá de algunas escenas notables, con altibajos pero sin apenas relleno fútil. Apartado estético, con frecuencia deslumbrante. Los actores, especialmente Eva Green –actriz de aspecto exótico, a veces sus muecas están sobractuadas pero en general convence, sobre todo en el llanto–, están atinados, aunque después de tantas horas y capítulos no pueden evitar cierto desgaste a los ojos del espectador. Referencias literarias de primer nivel, aunque adaptadas a un gusto más comercial. Para los amantes de lo gótico y lo gore, un referente indispensable, para el espectador común, una opción interesante y recomendable en general, aunque con probabilidad excesivamente grandilocuente, pesimista y redundante. Detrás de toda esa flema británica y de todo ese orgullo por lo estrictamente británico (manda narices que, dada la atmósfera que cala la serie hasta los huesos, no haya una sola referencia a Baudelaire, por ejemplo, y sin duda por el simple hecho de ser francés), se echa mucho de menos una actitud madura y realista por parte de los personajes, un poco de sentido del humor. Un Sancho Panza que aportara sentido común al delirio romántico y a la frigidez victoriana, eso habría enriquecido mucho a la serie (aunque, ojo, ahí está Zembene, interpretado por Danny Sapani, desde sus silencios y sobriedad refuerza bastante la serie).

Tengo, al igual que muchos y muchas, abundantes rasgos propios reflejados en los personajes. Este grupo de marginados e incomprendidos, de seres en los que se alterna el orgullo y la reivindicación del individuo frente a una sociedad enferma, sensibles y compasivos pero también egocéntricos, merecen ser tenidos en cuenta en este formato visual que, pese a sus innegables defectos, se trata en definitiva de un trabajo serio y notable.

Adiós, Vanessa Ives; adiós, Penny Dreadful.



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