sábado, 27 de febrero de 2016

Conversación filosófica.

Conversación que podría calificarse de filosófica entre dos personas, suponemos, cultivadas. Sin rasgos presentados, puede distinguirse un "ente" masculino denominado «ojo» (en referencia a que ve mucho y muy bien, pero no actúa), y un ente femenino denominado «oído» (en referencia a su tendencia a la escucha asertiva que apunta a una personalidad equilibrada pero no excesivamente profunda). ¿Por qué uno tiene que ser masculino y el otro femenino? No le he buscado ninguna explicación a esto, pero me "apetecía" que fuera así.

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OJO: Enseguida podrás advertir lo siguiente: las personas no son corteses por bondad, sino por necesidad. Es decir, ¿qué cuesta decir un par da palabras amigables? Nada, absolutamente nada. Y, aún así, nos puede resultar un esfuerzo penoso. Como el que paga por un producto, uno no puede menos que decirse: más vale que esto merezca la pena. De esta forma, un sujeto A que oyó que el sujeto B se iba de excursión tal día, podrá preguntar a este último por la experiencia, observando no sin cierta satisfacción lo mucho que B se esfuerza en relatar todas sus fruslerías –cuanto más satisfecho lo cuente, más clara será la señal de un "futuro amarre"–, aunque enseguida se pondrá a escuchar alguna conversación más interesante que se inicie a sus espaldas, o piense en qué contestará a su hermana la próxima vez que le hable por las mañanas con un tono despreciativo; todo esto, eso sí, sin perder un rostro de fingido interés que asiente de vez en cuando (otra cosa sería imposible, pues no se está enterando ni de la mitad de las cosas que el otro está contando).

OÍDO: Eso es algo... pesimista. Quiero decir, ¿no cree que puede existir el desinterés?

OJO: En absoluto. El que desea algo tiene interés en algo. Se trata en el arte a este deseo como un concepto elevado, romántico, puro. Es pura hipocresía. La mayoría de esos artistas eran, precisamente, pináculos del egocentrismo. ¿O es que cree usted de veras que fueron tan famosos sólo por rimar palabras o pintar bien? No. Representaban un problema con particular precisión, y los que también veían ese problema desde una concepción más modesta no pudieron menos que aplaudir. Pero, ¡he aquí la clave! Aplaudían sin dejar de ser ellos mismos parte del problema. Los demás, una gran mayoría de pobres engranajes, ni siquiera podían estudiar estos "sublimes" esquemas, bien por imbéciles bien por supervivientes.

OÍDO: Entiendo perfectamente lo que quiere decir. Pero aún así debo insistirle. ¿Qué pasa, por ejemplo, con los santos? Piense en San Francisco de Asís..., en ese San Agustín que decía: «Ama y haz lo que quieras».

OJO: Yo no conocía a esas personas. ¿Está usted segura de que sus palabras definen sus cuerpos y sus acciones? ¿Hasta qué punto debemos fiarnos de las fuentes históricas? ¿No será que todo está corrupto en mayor o menor medida, que haya un interés, deliberado o no, en cada una de las acciones del hombre, desde la más estúpida hasta la más intelectual? Pero mire... Si suponemos que esos hombres fueron realmente santos, buenos y humildes, entonces no podremos sino suponer otra cosa: ¿por qué tan pocos? Fíjese, por ejemplo, lo difícil que es construir el Empire State (¡qué nombre más digno de tal hazaña!). Y, sin embargo, ahí está, más real que los cadáveres de cien santos. ¿Y por qué un proyecto así logra reunir el talento y esfuerzo de tantas personas de ciencia, edificar toda una "victoria", y, sin embargo, apenas nadie es capaz de ser bueno y humilde? ¿Qué hay de difícil en ser bueno y humilde? Míreme a mí, soy un doctor en biología, soy un profesor de universidad, he llegado por méritos propios a un expediente impecable y a una posición privilegiada, y, sin embargo, no pienso más de tres segundos seguidos en alguien que no sea yo mismo. Es decir, siempre hago cumplidos o favores a las demás personas, como puede hacer cualquiera en su día a día, pero no es porque ello me haga feliz, sino por una especie de obligación moral. Sin esta base de actos éticos, no sólo me sentiría sucio (y, créame, más compensa ser amable si con ello se está limpio, la suciedad es indecorosa e incómoda, y esto último es intolerable), sino que el resto, pese a ser igual o más hipócritas que yo, me apartarían y me mirarían con una mezcla de desprecio y jactancia, tras una cortina de susurros cómplices. Si la vanidad pesase, nos hundiríamos todos bajo tierra... Imagino que quizá por eso no es un disparate imaginar que el infierno está en algún plano subterráneo. Sí, puede usted mirarme con el escepticismo que quiera, mi atea compañera, pero yo he llegado al punto de hablar del cielo y del infierno sin ningún tipo de problema. Usted no lo siente así porque es brillante, brillante sin más. Es positivista, y quiere cambiar el mundo, ese horizonte es tan lícito y ambicioso por sí mismo que invita sin duda a que nada se extralimite más allá de su propio ámbito. Es, en una palabra, todo un símbolo de salud mental. Pero yo soy una persona insegura, una persona que prefiere sentir los procesos antes que diseccionarlos y hallar herramientas mejores en sus partes. ¿Egoísta? ¿Infantil? Ah, le permito que piense así porque ni siquiera yo mismo he encontrado las respuestas, pero fíjese que ese deseo de sentir del que le hablaba hace un segundo me ha llevado a sentir el infierno y a sentir el cielo. Y si el cielo está en el canto de un pájaro o en la mirada de un niño tenga bien claro que el infierno está en nuestra alma cobarde y corrupta. 

OÍDO: Está siendo injusto al abarcar a toda la sociedad de un solo golpe de timón... Puede que usted se sienta así, y puede que acierte o que tan solo exagere, ¿pero qué derecho tiene a meter en su mismo «infierno» a todos los demás? Sí, sé que no lo hace por malicia, que no lo dice para sentirse usted más a gusto... Pero de todas formas lo hace, y no estoy segura de que sea justo (esa justicia de la que usted tanto habla...).

OJO: Sí, yo he llegado a contener las mismas sospechas. Y, créame, ¡no es fácil sospechar de uno mismo! Imagínese lo intrigante que puede resultar sospechar de otra persona que, después de todo, es una barrera, por mucho que sus actos puedan dejarle en evidencia de vez en cuando... Pero, ¿y cuando no hay barreras, y, pese a ello, está fuera de tu ángulo de visión, cuando el objeto de estudio se encuentra detrás de tus ojos...? Eso es dar con un remo a un árbol a sabiendas de que sus ramas y sus frutos te van a golpear de lleno en la cabeza. Genera un sentimiento turbio, exasperante, un capítulo siempre inconcluso. Pero en este tema, he llegado a un grado muy decente de convencimiento. Si se es humilde y bueno, está bien, si se es cualquier otra cosa, no está bien. Y miro a mi alrededor y lo más que percibo son rasgos, pero ningún todo.

OÍDO: Su punto de vista tiene sentido, pero no deja de ser demasiado unilateral, incluso dogmático. Sin flexibilidad en el juicio, sin saber relativizar, ¿adónde vamos? A un sistema cerrado listo para concentrar algo peor que lo que trató de arreglar. Se pueden dar innumerables ejemplos a lo largo de la historia. El juicio moralista, según me parece, corre con frecuencia el riesgo de convertirse en el dardo vulgar de la persona desesperada por llamar la atención, por tener algo en lo que sentirse seguro y cómodo, ¿no cree? Ya que es muy fácil escalar a lo alto mediante las meras palabras, y mucho más difícil hacer lo propio mediante el esfuerzo... Por supuesto, a partir de aquí le puedo poner como ejemplo del primer ámbito a un populista, y como ejemplo del segundo ámbito a un premio Nobel. Y el primero será mucho más polémico y famoso que el segundo, por abismal que sea la divergencia entre la aportación de uno y el otro.

OJO: Es curioso –se lo digo antes que nada– que la entienda perfectamente y que, pese a todo, no pueda confluir con usted. A fin de cuentas, ¿cuán importante es el tamaño y la dirección de dos flechas, si ambas están hechas de los mismos materiales...? Pero eso ya es encerrarse en ineficaz metafísica. Respondiendo a lo que usted expone: el riesgo a que la idea se corrompa no implica que la idea sea corrupta. El hecho de que la idea sea inalcanzable, no se traduce en que la idea sea ilícita o ridícula. La noción de que no abarque una inteligencia abierta a todo, no significa que el beneficio no sea mayor (acabo decir beneficio, ¿se da cuenta? Ya no podemos sino hablar en estos términos para llegar a entendernos entre nosotros, cuando ambos sabemos que algo «bueno» no puede entender la palabra «beneficio», pues carece de interés por el propio estado). ¿El ser humano lucha por el conocimiento, o lucha por la felicidad? Usted puede afirmar que no son ideas incompatibles y que, a fin de cuentas, se puede ser feliz luchando por el conocimiento, como usted quizá lo sea. Pero probablemente eso sea ignorar la felicidad de los demás. Quiero decir, ¿a un mendigo le interesa la teoría de cuerdas? Sí, usted dirá que, de un modo muy indirecto, el hecho de que esa teoría haya sido descubierta y desarrollada (y que, por tanto, exista para la humanidad actual), le está beneficiando. Es una manera muy magnánima de entenderlo. Sin embargo, yo considero muy obvio que ese mendigo no necesita ninguna teoría de cuerdas; ni tan siquiera, si me apuras, una cama y una comida caliente, sino que alguien le ofrezca ayuda, le ofrezca consuelo. ¿Habrá quien considere más valioso que el abrazo el madrugo de pan? Puede ser, pero una cosa le digo: el abrazo puede ser inmortal, mientras que el mendrugo de pan sólo es un placer momentáneo.

OÍDO: ¡Qué romántico se pone usted de pronto! ¿No habla antes a propósito de ese romanticismo...? ¿De la hipocresía?

OJO (riéndose): Sí, se lo concedo. El hecho de saber la verdad y el hecho de no aplicar dicha verdad es, de punto a punto, hipocresía. A usted esa verdad le puede parecer interesante (como, corríjame si me equivoco, le puede parecer interesante un ecosistema marino), sin que esta le atormente ni le deje pensar en otras cosas. Es la flexibilidad a la que se refería previamente. Por esto mismo, yo no podría usted tacharla de hipócrita... Como le dije antes, su forma de entender la vida se puede definir por encima de todo como saludable.

OÍDO: Y supongo que el punto de «fractura» de ese punto de vista tan saludable recae en que no tiene por qué serlo también para los demás, mientras que ser bueno y humilde es siempre beneficioso (lo sé, no se ría), tanto para uno mismo como para los demás, y que, por esa lógica, esto es lo verdadero.

OJO: No sólo lo verdadero; si me permite, es la salvación, por mucho que le moleste el término. ¡Ay, si al menos se dejara usted llevar! ¡Si se diera cuenta que ser imparcial es estar en todas partes y en ninguna a la vez, si dejara de agarrarse al aséptico balcón de la lógica! Le decía que puede ser infantil y egoísta preferir sentir que saber, pero, bajo mi punto de vista, no solamente es igual de infantil y egoísta preferir saber que sentir, sino que además puede ser mucho más sombrío y peligroso.

OÍDO: No puede convencerme de que no se puede saber y sentir a la vez. Usted juega constantemente a imponer o lo uno o lo otro. 

OJO: Si observa la naturaleza verá que hay estados que no pueden existir simultáneamente en el mismo espacio y en el mismo tiempo. Pero no se reduce a esto, sino que también debemos fijarnos en una cuestión material. Mozart podía ser un genio entre partituras, pero seguro que era un desastre en muchas otras cosas. Sencillamente, no se puede abarcar todo, y ni tan siquiera un par de cosas, si se pretende llegar hasta el final de alguna de las dos. Mezclar dos elementos puros significa que estos dejen de ser lo que eran a nivel individual, es irremisible. Es ser o no ser. Usted lo relativiza todo... Eso es muy equilibrado y objetivo (aunque yo dudo de la existencia real de estos dos conceptos), y puede que ese equilibrio y esa objetividad le produzcan a usted una satisfacción palpable, pero ello no significa un tachado sobre nada de lo que he hablado con usted.

OÍDO: ¡Así no llegamos a ningún lado! Hemos dado vueltas sobre nuestros propios laberintos.

OJO: Así es, al final cada cual hace lo que le apetece hacer. No deja de tener algo de frívolo.

OÍDO: ¿Puede darme, para que al menos sirva para la satisfacción de ambos, algunos rasgos ajenos que le produzcan esos convencimientos, puesto que ya ha hablado por encima de los propios?

OJO: Sí puedo, y acierta usted con que nos dará satisfacción a ambos. Tengo un compañero catedrático, sabe más que nadie que haya conocido de historia. ¡Qué memoria tiene! Lo conoce todo. Como una enciclopedia que gustara de recitar a diestro y siniestro, de lado a lado y de generalidades ilustrativas a detalles inusitados, su cultura le han permitido su posición y su buena reputación. ¿Pero sabe usted una cosa? Es una persona muy orgullosa. Y eso, a pesar de que todo el mundo le toma por alguien modesto, para nada pedante. Siempre muestra una gran consideración hacia la opinión de los demás. Pero es obvio que esas opiniones no acostumbran a estar ni la mitad de fundamentadas y contrastadas que las suyas. Es decir, es evidente que siempre sabe más y sabe mejor. Y él se expresa sin mancharse demasiado en algo tan "vulgar" como una mera disputa. Da dos pinceladas objetivas y se vuelve a esconder. Algo como muy magnificente. Sin embargo, una vez tuvo la desgracia de conocer a alguien más inteligente que él. El hombre, no sabía nada de historia, pero pintaba unos cuadros con tanta maestría y éxito que su prestigio despertaba no sólo admiración, sino interés personal, transcendencia. Es por ello que mi compañero historiador no podía sino ponerse picajoso y criticón cuando el otro hablaba en su presencia. Una vez, a propósito de una conversación sobre la dominación visigoda sobre la península ibérica, el artista afirmó con inocencia una imprecisión, y el otro le corrigió con un brillo de jactancia en su mirada. Un brillo que no recordaba a su fama de modesto. Más bien quería decir: «tú estás aquí y yo estoy allí, los hechos lo acaban de demostrar». ¿Y no le parece curioso que este hombre tan estudioso y equilibrado tuviera su enorme casa decorada de  cabezas de animales y de fusiles antiguos, de valor desorbitado? Puedo también hablarle de una mujer, no tan ilustre como nuestro anterior ejemplo, más bien una persona inteligente con un trabajo normal, sin grandes aspiraciones, pero, a fin de cuentas, con unos gustos artísticos y un nivel cultural respetable. Ella se sentía atraída y admiraba todo aquello que fuera noble y elevado, y, sin embargo, eligió un marido mediocre pero seguro de sí mismo. ¿Por qué? Por una razón muy sencilla: le transmitía seguridad. Sin embargo, no deja de ser complicado que no termine surgiendo, en un período u otro, cierta disensión entre lo que se admira y lo que se necesita. Yo puedo dar muestra de uno de estos "periodos" citados porque ella se sintió atraída por uno de mis mejores amigos, solitario, ingenuo y torpe, pero joven, brillante y bueno. Así pues, ella comenzó a elogiarle al principio, a hablar de temas transcendentes después, y, poco más tarde, a insinuársele. Mi amigo, aunque ingenuo en según qué cosas, no dejaba de ser alguien, como he dicho, brillante, e identificó desde el primer segundo la verdadera motivación de la otra persona. "¿Cómo puede jugar a esto teniendo marido?" "¿Acaso es mero aburrimiento, mera frivolidad, inercia y producto de la rutina?". Así me decía. Y estaba preocupado porque, tan bueno era, no sabía cómo corresponderle a ella sin que ésta pudiera hacerse una idea equivocada de su actitud. Claro está, ella se sentía cada vez más confusa. Ninguna mujer entiende no atraer por sus propios encantos, pero mucho menos una mujer hermosa. Así pues, la confusión derivó en frustración, la frustración, en irritabilidad, la irritabilidad, en reproche. Comenzó a hacerle la vida imposible a mi amigo en el momento en que ambos coincidieron en un mismo equipo para realizar un proyecto. Ella le observaba y, en el momento en el que él tenía el más mínimo fallo, se lo criticaba seriamente, con condescendencia, mientras que, paralelamente, cuando ella era la que cometía un fallo (algunos muchos más graves), se reía como invitando al resto a que lo observaran como un desliz cómico. Algunas veces estas dos expresiones tan dispares se sucedían en apenas unos minutos. Y a pesar de sus críticas inflexibles y su actitud injusta, no podía evitar mirarle de soslayo con rubor en algunas ocasiones. Él pedía permiso tímidamente para coger uno de los pasteles que otro del equipo había traído y ella se volvía como un basilisco: «¡Pues claro que puedes, lo estamos haciendo todos!». Pero en su ira había también deseo frustrado. Cuando sentimientos tan distintos se juntan, el resultado suele ser turbio. Mi amigo me decía que sentía deseos, por pura compasión, de abrazarla, de poner fin a toda discordia de forma fraternal, pero tenía miedo de que eso solo empeorara todo. Él se sintió tan dañado al cabo del tiempo por la injusticia de la otra que tuvo que abandonar el proyecto. ¿Pero sabes qué es lo que me parece peor? Que tanto él como yo estábamos convencidos de que lo único que ella quería era romper su tedio, y que fue solo a raíz de la indiferencia del otro, cuando entonces ella empezó a obsesionarse: ya no solo quería acabar con su tedio existencial, sino que se trataba de una cuestión de orgullo. El deseo que sentía, pese a ser a veces intenso, se transmutaba en indiferencia en otros días, y en irritación en otros. Era como una niña, a veces sonrojada y encantadora, a veces tiránica y caprichosa... delante del dulce que brilla tras un escaparate y que alguien le estuviera negando. ¿Y qué hubiera hecho, siguiendo esta suposición, en caso de haber conseguido el dulce? Lo habría masticado, probablemente le hubiera decepcionado después de tan absurdas expectativas, o no, pero, en cualquier caso, lo hubiera digerido en un santiamén y al día siguiente estaría en una hedionda cloaca bajo muy distinta forma. Y ella..., a por otro dulce, de otro sabor y apariencia distinta. No era amor, solo era deseo, solo era capricho. De ahí se explica por qué deseaba cosas nobles y elevadas, pero todo bajo la seguridad de un marido mediocre y seguro.

OÍDO: ¡Me dejan pasmadas sus apreciaciones! Poseen algo de verdad, y, sin embargo, tienen la forma de objetos observados por una lente demasiado grande. Usted ve tanto los detalles que puede que incluso monte un embrollo de mil demonios a causa de ignorar el aspecto general de las cosas. Lo que le parece demasiado obvio, no le interesa, o, más bien, le parece sospechoso (precisamente por eso, por ser obvio, a usted le parece que todas las personas piensan mediante los mismos estándares que usted), y entonces se encarga usted mismo de liarlo todo con mil aristas, deja de parecerle sospechoso y se queda un poco más tranquilo. ¿Pero cómo hacer complejo algo que es muy simple? ¿Cómo explicar una hoja que es blanca, si no es pintando sobre ella alguna explicación? Ahí es donde usted supone cosas que quizá no sean ciertas, o, aunque lo fueran, estarían fuera del alcance de la propia concepción del sujeto de su estudio. Esto es lo que a usted le puede causar esa irritación, esa indignación, ese pesimismo.

OJO: Siempre hay razones para ser cualquier cosa. Como le dije, al final cada cual es, antes que lo que se atreve a ser, lo que le apetece ser.




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