domingo, 26 de junio de 2016

La posibilidad del amor.

Con cariño presento a un personaje solitario y confuso que, por la misma trágica razón, busca enamorarse en el desierto.
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¿Por qué no puedo amarte? Sabes, cuando se piensa en el amor, uno puede imaginarse un campo fértil y amplio, una noche estrellada o un mar susurrante, y, sin embargo, ¿por qué, a la hora de la verdad, en la vida real, sólo puedo imaginarlo como una larga y penosa pendiente, en la que se compite por un trofeo en la cima, un superficial y decepcionante trozo de éxito o fracaso? Éxito o fracaso. Así es como te veo; así es como me veo. O te conquisto o me conquistas. Si lo piensas, es tan ridículo, ¡tan absurdo! ¿Por qué no cerramos los ojos, entrelazamos nuestros dedos y corremos los dos juntos? Hacia donde sea. Fiarnos de nuestra mutua limitación. Y si caemos en un estanque, ¡cómo nos reiremos! Y si tropezamos con un campo de flores, ¡cómo nos besaremos! Y si damos de cara contra un montón de ortigas, ¡cómo nos lamentaremos ambos! Y si vamos hacia un barranco y caemos profunda, muy profundamente, ¿no moriremos sabiendo que hubimos confiado en todo momento el uno del otro? Primero desconcierto, luego pánico, y, en el último segundo, nos reiríamos de lo bobos que somos y nos enterneceríamos de lo mucho que nos hemos querido.

Pero aquí estás, al lado mío, frente al ordenador, exasperada por tu trabajo y echándome en cara de vez en cuando, más por gestos que por palabras, lo mucho que te desagrada mi conducta. Me censuras con la mirada, me tratas con airado desdén, susurras: "No te necesitamos". ¿Cómo vas a quererme si articulas esas palabras? Si yo no te necesito y tú no me necesitas, entonces muy bien, cada uno a lo suyo y ya está. Pero, en ese caso, ¿por qué te enojas? ¿Es mero orgullo femenino? ¿Quieres dominarme y te admira a la par que te ofende mi autosuficiencia? ¡Como si fuera un crimen el ser autosuficiente! ¡Como si fuera contranatura una persona que no rinde pleitesía! Pero, ¿acaso no te he tratado correctamente, sí, incluso en mi mutismo? ¿Acaso no te he perdonado tu comportamiento injusto, tus velados enfados? Tú crees que lo que ocurre es que no me doy cuenta. Eso es bueno para que simplemente pienses que soy distraído, y no una especie de ser "magnánimo" (eso podría ofenderte más, de hecho). Necesitas que me exprese, tener algo a lo que agarrarte, aunque sea un resquicio, para medirme, para evaluarme. Sin darte cuenta, casi por instinto, presientes la fuerza de un candidato y exiges que éste participe en tu concurso. ¿Que el "concursante" no quiere ser "concursante"? ¿Que al mismo le parece absurda una propuesta de concurso? Entonces te enfadas, porque crees que te hago un desaire o porque soy un arrogante, pero en el fondo es porque te das cuenta de la influencia que tiene tu instinto femenino en ti misma y que no puedes sino aceptarme o rechazarme en base a idealismos y evaluaciones materialistas. ¿Cuánta cantidad me ofreces de estatus, de confianza, de inteligencia, de carisma?, eso te preguntas. Pero mi mutismo te impide hacer ninguna recopilación certera. Entonces, puesto que, como he dicho, eres idealista, me exageras hasta el infinito o me disminuyes hasta lo grotesco.

Qué fácil sería ignorarte, qué fácil sería decirme: "Es una frívola, no merece la pena, no es lo que busco, o acabará en nada o en una galería de tedio y situaciones penosas". Sin embargo, hablaste conmigo. Me dijiste: "Hay una tensión", me dijiste: "A veces me pongo rara contigo, disculpa". ¿No significa eso un interés, e incluso –¡Dios mío!– capacidad de autocrítica? Y ahora te noto bien, parece que guardas cierta ilusión respecto a mí. No sé cómo calificar ni medir esa ilusión. Pero ahí está. Creo que has descubierto que no soy ni arrogante ni malvado. Me desconcierta que no te hayas dado cuenta hasta ahora. ¿Pero tampoco habrás advertido aún que soy un hombre ridículo? Eso me asusta un poco. ¿Acaso no he dado, en todos estos meses, suficientes muestras de duda, torpeza y bloqueo? Porque, si no sabes hasta qué punto soy ridículo, ¿cómo entonces ibas a poder quererme? ¿Cómo, si no fueras capaz de ver en mi ridiculez algo bello y no algo meramente irrisorio y digno de compasión maternal?

Sabes, a veces pienso que no se trata de ti. A veces creo que podrías ser cualquier persona, que en vez de llamarte "A" te llamases "Z", que en vez de ser blanca fueras negra, en una palabra, la que fuera, con tal de que fueses capaz de quererme. Sólo necesito a alguien que me quiera. Sé perfectamente que aparento ser inexpresivo, indiferente, frío, un extraño sistema que se abastece por completo a sí mismo y que no necesita de nadie. Y me asusta pensar: ¿acaso es eso lo que te llama la atención de mí? Quizá te resulten atractivos dichos atributos, sin siquiera adivinar que no son más que una penosa máscara. ¿Sabes?, a veces los que aparentamos mayor calma e indiferencia somos los que más amor y ayuda necesitamos. ¿Por qué no buscamos, por qué no decimos entonces lo que sentimos? Porque sabemos que lo único que nos separa del ridículo completo, de la silenciosa lástima o burla de los demás, es precisamente el que aparentemos ser autosuficientes, serenos y fríos. ¿Complejos? No, nadie se mortifica a sí mismo hasta tal punto por un caprichoso prejuicio. Vimos en nuestra infancia la crueldad con la que era tratada nuestra verdadera personalidad, y edificamos un sofisticado sistema defensivo. Ahora no puedo sino ver mezquindad en todas partes, interés, manipulación. Y cuando decido creer, aunque sólo sea una pizca, en una persona, esta no tarda en darme un sablazo. Se diría incluso que ha estado tentándome para que me abriera para poder herirme, recitarse a sí mismo su supuesta superioridad, y largarse de allí con premura, olvidándose pronto de mí.

Hay algo que no logro entender. Todos van con una pesada armadura, incluyéndome, por supuesto, yo mismo. Pero, ¿cómo es posible que tantísima gente no se sienta incómoda bajo su peso y que, incluso, se vanaglorie de ella y la perfeccione con una amplia sonrisa de satisfacción personal? ¿Están todos locos? ¿Lo estaré yo? Llevo toda mi vida esperando a que una persona se me aparezca desnuda, con una flor en la mano, y me diga: "Vamos, no seas tonto, quítate eso, vamos a correr y a gritar, y que se rían de nosotros lo que quieran". Querría crear un pequeño mundo junto a ti. ¿Qué más daría el penoso mundo real? Incluso si dejaras de amarme y me abandonaras, podría decir: "Amé y fui amado".

No me importa nada. Ni que seas fea ni guapa, ni rica ni pobre, ni titulada ni ignorante, ni monja ni prostituta, ni católica ni atea. Sólo necesito que me quieras. No como el padre ideal, ni como el partido adecuado, ni como un enigma o una inteligencia que admirar o descubrir. No, es algo mucho más puro, sensible y elemental. Querámonos y ya está, olvidemos todo lo demás. ¿Es tan difícil? ¿Hay que esperar siempre algo a cambio?

¿Pero no hablaba al principio de una mujer concreta? Mis pensamientos fluyen hacia la teoría sin que me dé cuenta. Estoy tan cómodo en ella. ¿Y de qué sirve, qué adelanta? Te hace cada vez más infeliz, y llegan unos impertinentes que te dicen "¡Mal!" y otros impertinentes que te dicen "¡Bien!", y ellos sólo hacen que te sientas más solo y triste.

Te conozco tan bien... Conozco a casi todo el mundo demasiado bien. ¿Y qué hay de mí? ¿Quién se acuerda de mí, quién me reconoce, me entiende? Apenas yo mismo. Y tengo que aguantar, por ello, la terrible maldición del soliloquio constante. Hablo a las paredes de mi habitación, a las paredes de mi cráneo, o, en el mejor de los casos, a un tranquilo paisaje. Estoy todo el rato contestándome a mí mismo, inquiriéndome a mí mismo. La gente que me sorprende en tan penosa situación bien me mira consternada bien suelta una risita de mofa ("¡He ahí un loco!"). Pero es que, si no llevara desde la niñez hablando conmigo mismo, me habría vuelto loco de verdad hace tiempo. Es, por una parte, un consuelo, y por otra un veneno que torna a cada año que pasa más amarga mi sangre y mis pensamientos. A veces leo un libro o veo una película, y en sus historias dos personas son capaces de entenderse y complementarse. Pero la vida real es un montón de sal.

Yo también te tengo que pedir perdón. Siento ser tan suspicaz, tan tímido, tan paranoico. ¿Podrás perdonarme? ¿Podremos convertirnos en niños, divertirnos y soñar? Sólo demuéstrame que me has elegido. Ya me has mirado colorada alguna vez, has tenido algún gesto furtivo y nervioso, me has sonreído, ahora tienes esa ilusión de la que hablaba. Pero soy muy desconfiado, la vida me ha enseñado a serlo por necesidad. ¿Y si me dijeras "te quiero"? Confiaría en ti. ¿Y si cogieras mi mano? ¿Y si apoyaras tu cabeza en mi hombro? ¿Y si dieras la cara por mí en una situación adversa? ¿Y si me defendieras de alguien que me increpara, que me dijera, por ejemplo, el eterno: "Tienes que hablar más"? Cogería tus manos y las besaría con tanto cariño. Tú, que habrías sido la primera en preocuparte por mí, serías la primera y a la única a la que podría amar.

Pero de qué sirven los condicionales en la vida real.




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