martes, 29 de diciembre de 2015

«Gladiator»: quizá más notable que sobresaliente.


«–Había un hombre que decía: "La muerte nos sonríe a todos, así que devolvámosle la sonrisa"»




«Gladiator», aquella superproducción a cargo de Ridley Scott y estrenada en el año 2000, nos cuenta la historia de un general romano, sobresaliente y honorable, al que se le ha destrozado la vida; a partir de ahí sufrirá una especie de resurrección cuando es vendido como esclavo y convertido en gladiador, rol desde el que podrá ejecutar su venganza y, más allá de eso, redimir su conciencia.

A pesar de que siento especial predilección por los filmes de Ridley Scott, con grandes exponentes como «El reino de los cielos», «Alien» o «American gánster» (no me olvido de su «Blade Runner», pero la verdad es que no me impresionó nada), he de decir que las sensaciones que me ha dejado siempre «Gladiator» han sido más bien agridulces. Detrás de una factura técnica impecable, de actores sosteniendo interpretaciones muy buenas, de una banda sonora inmejorable (a cargo, cómo no, de Hans Zimmer, con piezas enormes como «Now we are free», «Honor him» y «Elysium», entre otras) y de un osado impulso al cine histórico que parecía obsoleto desde hacía décadas, «Gladiator» esconde en verdad una historia más bien superficial y, sobre todo, predecible. Es una película muy entretenida, absorbente, que te emociona y que te convence porque está muy bien hecha, pero no es una obra maestra. Es un equilibrio perfecto entre lo comercial y lo artístico, sin llegar a destacar en última instancia en ninguno de los dos ámbitos.




«Now we are free», de Hans Zimmer, forma parte de una de las mejores bandas sonoras del presente siglo.


La película comienza en Germania, con una batalla contra el último reducto germano que se opone a la Roma del emperador y filósofo Marco Aurelio. Máximo Décimo Meridio, interpretado muy bien por Russell Crowe (no en vano ganó el Óscar por este papel), es el general que comanda las tropas (me encantan las expresiones de respeto de los soldados hacia su líder, que le van saludando con afecto: «General», según va transcurriendo entre ellos). Para mí este es el mejor momento de la película, porque no he visto ni por asomo otra escena tan fiel a lo que debió ser el ejército romano. Los legionarios atrincherados en una posición elevada, con todo el campo de batalla dispuesto a su antojo (catapultas, balistas, arqueros a cubierto, estacas), y una sólida línea de legionarios dispuestos para contener al enemigo con todo el apoyo de retaguardia por un lado y el ataque sorpresa de los equites por el otro. Vemos a los centuriones, la formación perfecta y ordenada de las tropas, la eficacia de la formación testudo, el impresionante muro de escudos de los legionarios frente al desorden y agresividad de los bárbaros, etcétera. Los mandos romanos organizan con tranquilidad desde la distancia, mientras que el líder bárbaro lo es sólo por su fuerza, e inspira meramente valor en batalla. El emperador Marco Aurelio observa la lucha desde una distancia prudencial, escoltado por la temible guardia pretoriana, que en esta película hacen un poco de "hombres de negro", el terror al mando directo del emperador. Hay una vista panorámica de todo el ejército romano avanzando que es sencillamente espectacular. Por supuesto, la música de Zimmer acompaña a la perfección alcanzando momentos verdaderamente emotivos, emocionantes.

A partir de ahí el nivel baja. Es decir, Máximo mantiene una actitud inexpresiva en general, como de esta clase de personas que parecen más inteligentes que lo que realmente son; esto se deduce en el hecho de que nunca dice nada transcendente, es un hombre de acción, sabe mirar al enemigo a la cara, desafiarlo y vencerlo; mas es un soldado, no ningún idealista ni nada por el estilo. Su éxito posterior se debe más a la suerte y a las tramas de los políticos que a sí mismo, que básicamente se dedica a matar lo que se le pone por delante. Es por ello que no es un protagonista que me llame especialmente. En cuanto a sus acciones marciales, no siempre son creíbles. Por ejemplo, ¿cómo se carga, con las manos atadas, a cuatro soldados de la guardia pretoriana, soldados de élite y escoltas del emperador, dos de ellos montados a caballo? Al primero, le da un cabezazo (la escena es muy rápida, apenas se comprende cómo, al levantarse bruscamente para efectuar a ciegas el golpe, no se ensarta a sí mismo con la espada que le apunta a la nuca, pero bueno) y luego lo remata; al segundo, qué casualidad, se le queda atascada la espada en la vaina por el frío (y no se le ocurre ni correr ni gritar); al tercero –esta es la mejor–, le arroja la espada desde muchos metros de distancia y le ensarta de lleno (todos estamos al tanto de la enorme precisión balística que poseen las espadas); y al cuarto consigue matarlo en pleno galope, con una gladius que apenas posee alcance para enfrentar a un jinete que va de frente a toda velocidad. Este es solo un ejemplo, pero se ve cómo en todos los enfrentamientos arrasa a los enemigos con una facilidad pasmosa. Es más una especie de Aquiles o de Hércules que un general romano. Esto afecta a la credibilidad de una película que, si bien claramente épica, también pretende apoyarse en unos cimientos históricos y más o menos realistas.



Richard Harris como Marco Aurelio y Russell Crowe como Máximo.


Respecto a los demás personajes, se ha de destacar el trabajo de Joaquin Phoenix en el papel de Cómodo, el tiránico y paranoico hijo de Marco Aurelio. Hay que decir que aquí hay una carencia de rigor histórico pues, si bien Cómodo era cobarde, cruel y megalómano, no asesinó a su padre, y tampoco cayó en la arena (aunque sí luchó como gladiador en ella en múltiples ocasiones, normalmente mandando drogar a sus rivales o escogiendo aquellos que estaban mutilados o moribundos, para "la gloria del César"), sino que fue asesinado por una conspiración definitiva en la que participó –cómo no– su propia amante, Marcia. Es cierto que su hermana Lucilla, interpretada bastante bien por la danesa Connie Nielsen en la película (es muy creíble tanto cuando sufre, angustiada pero fuerte, como cuando no lo hace, en la que se muestra jactanciosa aunque, paradójicamente, vulnerable, en cierto sentido), participó en una de las numerosas conspiraciones que hubo contra su hermano, pero fracasó, y, lejos de poseer una razón noble e idealista como en el filme de Scott, es probable que la Lucilla histórica no tuviese más que envidia de la mujer de Cómodo, la emperatriz Brutia Crispina. Vamos, que ni los malos fueron tan malos (a pesar de su crueldad y su creciente delirio, Cómodo no desagradó a gran parte del pueblo romano, y tuvo ciertas muestras de generosidad), ni los buenos fueron tan buenos.

Oliver Reed –que, por cierto, murió en 1999, apenas rodada la película– solventa muy bien al gladiador liberado, Próximo; ese "hombre del espectáculo" rudo, interesado y práctico, pero no carente, en el fondo, de sentimientos como la nostalgia y el honor. Richard Harris pega muy bien con la figura de Marco Aurelio, con ese gesto sobrio, sabio y templado. Al leer los «Soliloquios» del Marco Aurelio real, podemos imaginarnos esa personalidad esculpida en ese rostro del actor, a pesar de que abusa en su interpretación de un movimiento de cabeza muy específico que le hace en ocasiones demasiado enfático. Personajes secundarios como el númida Juba, el comandante pretoriano Quinto o el senador Graco están perfectamente solventados por Djimon Hounsou, Tomas Arana y Derek Jacobi respectivamente (el personaje de este último se pasa de solemne con su «¿Quién me ayuda a llevar a este hombre?» en una escena bastante forzada en general).



Connie Nielsen como Lucilla.



Joaquin Phoenix como Cómodo.


Así, en definitiva, tenemos una película que en ocasiones se parece demasiado a un videojuego en el que Máximo va avanzando de nivel a base de esparcir sangre; escenas de acción entretenidas, efectos especiales a la altura (aunque a veces no son demasiado creíbles, el Coliseo y las panorámicas de Roma no parecen del todo reales, la sangre está tan saturada que parece pintura de bote, etcétera), pero apenas nada de fondo: hay una sensación de vacío. Apenas queda espacio para que, en un segundo plano, se introduzca una trama política para derrocar a Cómodo (el espectador ha de tener fe en que todo se hace en pos de "un sueño llamado Roma" y para favorecer al pueblo, a pesar de que a éste último le refieran como "plebe" con evidente desdén y que desde Lucilla hasta Graco poseen unos innegables rasgos de espíritu de supervivencia, de asegurarse su propia posición), no muy elaborada, demasiado precipitada en todos los sentidos. Se le añade la opresión del tirano, pero sólo en la relación entre Cómodo y su hermana Lucilla (esto es también falso a nivel histórico, no se tiene ninguna constancia de que el emperador sintiera el menor interés por su hermana), cuanto menos tensa, y que consigue la implicación emocional del espectador, sobre todo hacia el final. Por último, un amago de "romance" entre protagonistas, si bien al final queda en el aire (es extraño que Máximo se tome tan a pecho el asesinato de su esposa, y que sin embargo, no haga ascos a un paréntesis curativo...), no está mal pese a su poca presencia, sobre todo porque los actores reflejan con sus expresiones y sus silencios aquello de «lo que pudo haber sido y no fue». Básicamente, eso es lo que veo representado en «Gladiator». Un hombre que toca fondo y que, pese a ello, es capaz de cambiar su destino, vive una intensa resurrección que no pudo ni imaginar en un principio. Un mensaje optimista, en el cual la humanidad (el pueblo) apoya a los buenos, mientras que los malos se esconden en las máscaras y en las sombras, condenados a frustrarse y caer. Un mensaje que se capta y que es responsable de parte de la emotividad que es capaz de desprender la película, pero que a criterio mío no es suficiente como para hacer algo verdaderamente intenso o grande.

Sin embargo, hay que reconocer que esta película tuvo el gran mérito de volver a poner de moda el cine histórico. Es más que probable que, sin el valiente paso de Ridley Scott (que no estaba pasando por su mejor momento como director), películas multimillonarias como «Troya» o «Alejandro Magno», o series tan interesantes como «Spartacus» o «Roma», jamás hubieran visto la luz. Scott reinventó un género que parecía agotado después de los abusos que sufrió a lo largo de los sesenta, y tras grandes referentes como el «Ben-Hur» de Wyler y el «Espartaco» de Kubrick. Simplemente por esto, aparte de todos los puntos favorables que he mencionado –que no son, en absoluto, poca cosa–, hace que «Gladiator» sea un referente evidente, una película notable y especial, que es casi imposible deje indiferente a nadie. Es, con sus relevante defectos, una de las mejores películas históricas, épicas y, probablemente, una de las más emotivas y absorbentes.





domingo, 13 de diciembre de 2015

«El último samurái», felicidad absoluta en el cine.

Aviso: esta entrada cita eventos de la película, no en profundidad, pero los cita a fin de cuentas.


«–¿Crees que un hombre puede cambiar su destino?
–Creo que un hombre hace lo que puede, hasta que su destino le es revelado.»


Llevo mucho tiempo diciéndomelo, «tienes que hacer una entrada de películas que te han hecho sentir lo que casi nada (o nada) te han hecho sentir». Bueno, esas películas pueden contarse, en mi caso, prácticamente con los dedos de ambas manos. «El señor de los anillos», «Titanic», «El curioso caso de Benjamin Button», «La pasión de Cristo», «Another Earth», «Matrix», «La bella y la bestia», «Avatar», «Braveheart»... y «El último samurái», del director Edward Zwick, que sin duda pondría en el top 3.






Al ser una superproducción (y al ser Tom Cruise el protagonista), es una película que ha visto bastante gente, aunque a todo el que he preguntado me contesta algo como: «Ah, sí, no está mal». Por todas las poderosas sensaciones que despertó y despierta en mí esta película, y a pesar que no es lo mismo verla la primera o la segunda vez que la novena, es uno de mis mayores referentes y refugios cinematográficos. Es todo lo que siempre he deseado con más pasión representado en un filme. ¿Que no es «El padrino»? Pues ciertamente no lo es; pero a mí con el cine me pasa algo curioso. Teniendo en cuenta que en literatura me trago a Goethe o a Homero con afán en detrimento de los betseller que los veo en comparación como carboncillo respecto al diamante, en cine los clásicos estilo «Blade Runner» o «Apocalypse Now» los veo como mediocridades sobrevaloradas y aburridas mientras que me encantan películas más casuales siempre y cuando me hagan sentir (porque poseo el convencimiento de que el cine está para hacer sentir, para ideas y razonamientos los libros, por favor; que todavía habrá quien ponga a la misma altura «El club de la lucha» y el Zaratustra de Nietzsche...).

«El último samurái». Nathan Algren, un capitán retirado del ejército estadounidense, cuyo papel fue clave en las victorias contra los indios, se dedica a patrocinar en actuaciones de dudosa moralidad a la compañía de armas Winchester. Él, un héroe completamente desencantado con la guerra que tuvo que librar, obligado a relatar una versión "patriota" de los hechos para beneficiar a unos gorrones sin escrúpulos. Está atormentado. Desprecia con toda franqueza la sociedad, digo más, la cultura en la que vive. ¿Pero cómo escapar de ese círculo de porquería? Su talento llama la atención del señor Omura, un poderoso japonés que está decidido a modernizar su país (a llenarse los bolsillos hasta que revienten...), y terminar de introducir la estética y hábitos occidentales en el mundo oriental.

Tom Cruise es un actor que nunca me ha terminado de convencer, a pesar de que tiene interpretaciones muy decentes, como en «Collateral» (2004), pero aquí no le puedo poner demasiadas pegas. Si su interpretación no es siempre perfecta, su apariencia desde luego ayuda mucho a que todo marche bien. Se ve a la legua que es americano, un occidental total, pero a la vez tiene una estatura comedida y un pelo largo y liso, unos rasgos estilizados, lo que le hace encajar bien en el contexto oriental cuando se zambulle en él. Pero es la configuración del mismo personaje lo que me hace identificarme plenamente, fundirme con él cada vez que veo la película. Un hombre atormentado, completamente desencantado con la sociedad en la que vive, que le contamina trágicamente día a día, hasta hacerle plegarse y hundirse en sí mismo, en una especie de nihilismo peligroso, convulsivo. ¿Qué hacer en ese mundo que se ha propagado como una enfermedad? ¿En toda esa falsedad triunfante, en toda esa cobardía escurridiza, en ese cinismo insoportable? ¿En ese "progreso supremo" que no es otra cosa que nihilismo, interés pecuniario, vanidad, estandarización del individuo so pena del descarte más ruin? Pues nada. Porque ese modelo ha triunfado. Y, allí donde no estaba, se ha impuesto. Nathan Algren se da cuenta demasiado tarde de que él mismo ha contribuido muy activamente a masacrar a los valientes indios, símbolo de la tradición y la armonía con la naturaleza frente al grosero y mezquino modelo occidental. Algren es un guerrero, un ser orgulloso, noble, tozudo, con una conciencia muy sensible y de sentir justo.







Cuando el capitán llega a Japón sin esperanzas en la recámara, está lejos de imaginarse la maravilla que le reserva el destino. Un reducto de todo aquello que es noble y duro. En la aldea en la que es retenido por los samurái, conoce a la cultura japonesa todavía no contaminada por la occidental (¿nos percatamos con suficiente perspectiva del hecho de haber reducido las culturas orientales a una irrisoria sombra de lo que fueron?). La paz, la naturaleza, la sencillez. Queda abrumado por la exquisita educación de una gente que creía "salvaje", muy superior a la de los "modernos" occidentales con toda su tecnología y complejidad burocrática. Una disciplina extraordinaria, una sensación de pertenencia a algo que de verdad importa, una entrega total a la perfección. Rostros sobrios y de parcas palabras, que sin embargo contienen una galería de intensas emociones que pueden adivinarse sin dificultad. Lealtad, generosidad y valentía. Para mí, esa aldea es lo más parecido a un paraíso que puedo imaginar.

Y así, teniendo en cuenta lo dicho, no es de extrañar que siempre que veo la película sienta una tremenda sensación de implicación, ardor, emoción, sobre todo en algunas escenas clave, en aquellas en las que se demuestra una valentía extraordinaria, como cuando Algren pide al recluta japonés que le dispare (me identifico plenamente con esa osadía repentina, conjugada con cierto instinto suicida, anhelo de morir demostrando en ello algo importante); o cuando Algren lucha contra los samurái con su sable y desde el caballo; o cuando el capitán se enfrenta Ujio con la espada de madera, una y otra vez (me identifico también plenamente con esa tozudez, ese orgullo tan entrañable a la par que estúpido); cuando Nobutada sufre semejante humillación pública frente a unos jactanciosos guardias que no le llegan ni a la suela de los zapatos; cuando el mismo Nobutada se enfrenta épicamente a sus enemigos tras rescatar a su padre en una carga desesperada pero bellísima; cuando Ujio, tras haber sido gravemente herido de bala, se levanta y se zafa de los que van a prestarle ayuda (de nuevo hablamos de esa tozudez que me pierde por completo); cuando Taka le coloca poco a poco la armadura a Algren, proceso en el que se produce un silencio tan enormemente expresivo que se traduce en algo mágico; y sobre todo esa carga final de los samurái, con los caballos saltando las líneas enemigas hacia la victoria o la muerte. En todas esas escenas he llorado una o más veces a lo largo de todos estos años, desde que se estrenara la película allá en el 2004. Cómo no llorar al ver semejante valentía, semejante ardor, aplastado y humillado por la decadencia, por una sociedad nueva y corrupta, que se aprecia perfectamente en el mezquino Omura, en el egocéntrico y exitoso coronel Bagley o, incluso, en la cobardía del emperador. «Sólo dígame una cosa Algren. ¿Qué tiene su pueblo que le resulta tan odioso?», le pregunta con cierto cariz burlón el coronel Bagley a Algren. Éste, en silencio, mira con desprecio a la insensible caricatura humana que paradójicamente le mira como si fuera idiota, y le quita el trabajo de caligrafía que le había regalado el entrañable Higen, el hijo de Taka.







¿Puntos negativos? Sí, los hay, aunque para mí son irrelevantes en comparación con lo que ofrece la película. En primer lugar, decir que los samurái eran cumbre de lo noble y lo sublime es en realidad algo muy cuestionable a nivel histórico. Dotados de un poder estratosférico, muchos abusaron de los campesinos con una crueldad que abarcó todos los rangos posibles. La palabra "samurái" significa "servir", pero, al igual que los caballeros europeos (cuyo ideal, más literario que real, era el de proteger al indefenso y obrar con toda pureza y franqueza de corazón), debajo del título había una persona que muchas veces no pasaba de un corrupto jactancioso más. La película es una ficción inspirada muy de pasada por un acontecimiento histórico comprendida en los mismos años, la rebelión de Satsuma (1877), en la que un ejército de viejos samurái comandada por Saigo Takamori se enfrentó al ejército imperial japonés, resultando en la derrota de los samurai y en su práctica extinción (aunque, irónicamente, muchos de los que se enfrentaron a esta rebelión eran exsamurái); se demostró que, gracias a las armas de fuego, levas de campesinos corrientes podían erigir una fuerza más poderosa que la de los milenarios samurái, que hasta entonces habían monopolizado el poder y la táctica militar de la nación. Otro punto que generó controversia fue la gran similitud que tiene la película con la aclamada «Bailando con lobos». Es cierto que esta última es bastante buena, pero no doy crédito que esté en lo más alto del cine y que haya gente que se muestre tajantemente crítica con «El último samurái», que en mi opinión no solo no tiene nada que envidiar al filme protagonizado por Costner, sino que en realidad la supera en dinamismo y sentimiento épico (y que se podrán achacar ciertas carencias a Cruise, pero vamos, Costner no es precisamente Jack Nicholson...). Por último, un defecto es la omnipresencia de Tom Cruise, que como factor americano que es "ha" de acaparar el protagonismo arrebatándoselo a toda una cultura milenaria, llegando a alcanzar en apenas unos meses una destreza con la katana similar a la del propio maestro Katsumoto (aunque tampoco podemos olvidar que él ya sabía manejar el sable, debía tener una relevante noción de esgrima). Esto puede entenderse como una falta de respeto y como un juego de fuegos artificiales más de los americanos para darse el gusto a sí mismos, como siempre, aunque reitero que para mí estas cuestiones "negativas" son más anecdóticas que otra cosa, no afectan para nada a la grandeza de la película.


Aparte de lo dicho hasta ahora, existen una serie de pilares que fundamentan la emotividad que imbuye la película. Son los siguientes:


1. Actores principales y secundarios que encajan en la película como guantes de seda. El gran Ken Watanabe hace un trabajo magistral con el personaje de Katsumoto, en el que se concentra todo el ideal del samurái: un hombre dedicado con toda su alma a su código moral y marcial, muy sensible, filosófico y de un carácter seguro pero también comprensivo, espiritual y comedido, educado. Koyuki, la actriz que interpreta a Taka, está excelsa (se echa de menos más presencia suya, pero aún así no está nada mal); apenas tiene diálogos pero su actitud, sus silencios, sus intensas miradas, son infinitamente más significativas que cualquier plática por elaborada que fuese (¡qué entereza más sublime, la de una mujer que no sólo es capaz de cuidar, sino de perdonar al hombre que ha matado a su marido, incluso en contra de sus propios deseos en un principio!). Koyamada intrepreta al noble Nobutada, el joven hijo de Katsumoto, y lo hace también muy bien (me encanta no solo su finura y valentía, sino también la implicación que muestra con Algren, enseguida se sabe que Nobutada es un gran hombre, un amigo valiosísimo). Ikematsu es perfecto para interpretar al bravo Higen. Hiroyuki Sanada calca la pericia marcial y el recio carácter del guerrero en Ujio (es un personaje muy severo, pero no es malvado en absoluto). Tony Goldwyn genera muy bien esa apariencia de "impecable gilipollas" en el ya citado coronel Bagley. Timothy Spall es un tanto histriónico con su Simon Graham, pero su seriedad final lo remeda.








2. La banda sonora, a cargo de Hans Zimmer. Una de las mejores (si no la mejor, junto a la de «El Señor de los Anillos») que he escuchado en mi vida. Está imbuida de tal nivel de espiritualidad, de profundidad de sentimientos, que a mí me sirve muchísimo para encontrar refugio en esos momentos en los que estás tan desencantado con el mundo que o bien te vuelves insoportablemente depresivo o bien peligrosamente morboso e irritable. De repente el mundo desaparece y surge el paraíso meciéndote, como el mar que acaricia tus pies, el viento sobre el rostro y la mirada perdida en el azul del cielo y el negruzco parpadeo de los ojos que se duermen. En esta música se siente perfectamente el tormento que se diluye en una vida nueva, rústica, pura y gratificante. Los recuerdos van y vienen, el pasado es duro y el futuro completamente incierto. Pero el presente –aquí está la clave del poder del que hablo– es un brote de esperanza y cálidas emociones. Es como si de un hombre destrozado, aparentemente condenado a convertirse en una sombra grotesca, de repente surgiera lo que siempre debió de haber sido: un buen hombre, sonriente, valiente y espiritual. Notas que son como suaves pinceladas a lo largo de un lienzo infinito y muy blanco, o como la bella abertura de los pétalos de una flor, de un cerezo en primavera. «Perfectas, son todas perfectas», dice Katsumoto al final de película mientras observa entre lágrimas uno de estos arrebatadores árboles.


También hay, por supuesto, melodías a un ritmo trepidante para las escenas épicas, que hacen despertar el coraje y la determinación en el corazón, que se revuelve desbocado, deseando romper ataduras frígidas. No conozco música que represente mejor mis más hondos e íntimos sentimientos que la de este bendito soundtrack.




«Red warrior», una de las piezas más interesantes del soundtrack, aunque todas son geniales.


3. Las coreografías de combate. Acostumbrados a películas de acción que se dividen en chorradas imposibles y meramente efectistas o en exposiciones relativamente realistas pero que dejan un sabor más bien agridulce en la boca, «El último samurái» desde luego no tiene defecto alguno en duelos y batallas. A pesar de que cualquiera que vea un duelo de Kendo va a percibir rápidamente sendas diferencias de ejecución, no menos cierto es que las posturas y movimientos de los samurái son muy creíbles. En los combates vemos una mezcla de explosividad muy bien contenida dentro de lo razonable (que se rebasa cuando Algren se carga él solo a tropecientos matones de Omura, y un poco también en el ataque de los "ninja", que por cierto no tienen nada que ver con lo que fueron en realidad a nivel histórico), con verdadera técnica del arte de la espada japonesa. El entrenamiento de Algren con Ujio y la batalla final contra la infantería imperial japonesa son una auténtica delicia, porque además hay fragmentos a cámara lenta que permiten flotar en el combate desde una perspectiva repleta de detalles y, por cierto, bastante romántica. La sensación de que el guerrero debe fluir como el agua halla aquí un exponente máximo. De verdad que parece una bella danza antes que una carnicería caótica y sanguinaria, y eso que aquí también hay imágenes duras, como es natural si cientos de hombres se están rebanando con hojas que cortan la carne como mantequilla.








4. La fotografía. La dirección artística es sobresaliente, dejando en nuestras retinas preciosas imágenes de paisajes, montañas, bosques, edificios orientales repletos de esa simbología budista tan profunda que llama a la quietud de la mente... Envuelve al espectador y lo traslada completamente al contexto del argumento, ahondando en la capacidad que tiene la película para despertar emociones. Imágenes como la de Algren entrenando solo frente al ocaso, o la de los samurái con su aplomo encima de sus monturas mientras los campesinos se inclinan, o Taka de espaldas a un Algren que parte a caballo hacia un destino del todo incierto, o Katsumoto y Algren en el epicentro de la tragedia, abrazados, son todas imágenes difíciles de olvidar.





En definitiva, he aquí el mejor retrato que he encontrado para expresar eso que hemos olvidado: la tradición, la espiritualidad, el honor, el sentimiento de pertenencia a una comunidad. Después de esto llegaron los grandes mercados, los sublimes avances de la ciencia y las comunicaciones instantáneas, y aun con todo eso no puedo imaginar mundo más tedioso, absurdo e infeliz. Con frecuencia tememos durante toda nuestra vida abandonar este mundo repleto de bienestar (si perteneces a la clase media, claro, si no ni eso), ocio, "libertades", información y una ruta predefinida de independizarte–busca novi@–cásate–ten hijos–odio mi trabajo–que llegue mi jubilación por Dios–ay que soy viejo y me muero–ay que efectivamente me muero y no recuerdo la última vez que fui enteramente feliz. Pero, ¿y si migrando a una sociedad remota, repleta de pueblerinos completamente pobres pero hospitalarios y siempre sonrientes, y si ahí es donde, a pesar de abandonar toda comodidad, podríamos hallar nuestra paz interior, nuestra felicidad en las labores y en las gentes sencillas?

Y, mientras tanto, ahí sigue esa colosal y amarga estatua del extranjero de Camus, a la que ninguno de nuestros recursos occidentales va a causar la menor perturbación.







Y así continuamos algunos, sonriendo como niños cuando Algren le dice a Katsumoto: «Echaré de menos nuestras conversaciones». Y, por cierto, no hay duda de que al gran escritor Yukio Mishima le pasaba algo muy pero que muy parecido...; de ahí que tomara semejante decisión final, tan célebre y, por lo demás, tan escasamente comprendida hasta su último término. Aunque, en lo personal y como ya he comentado más de una vez en este blog, cada vez estoy más "en el aire" en estos temas, es decir, que del espíritu griego o nitzscheano (o samurái, a propósito de la presente entrada), voy andando por un hilo de acero hacia lo cristiano o dostoievskiano.





«Pertenezco al guerrero en el cual se han unido lo viejo y lo nuevo»*


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*Sí, soy yo sosteniendo la réplica de la película, ornamental, que nadie se asuste y que se disculpen mis gustos raros y excesivos.

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