viernes, 28 de noviembre de 2014

«La sonata a Kreutzer» de Tolstói.

Tanto la preocupación por la vanidad humana como su propia experiencia matrimonial impulsan al autor a escribir una breve novela en la que denuncia el ansia de placer por considerarlo un cáncer social que lleva a hacer del amor y el matrimonio engendros transfigurados y cínicos que arruinan vidas enteras en un círculo vicioso de celos –perfectamente plasmados–, instinto animal y egocentrismo eternamente retroalimentado por una sociedad enferma

Antes de nada...

A pesar de la corta extensión de la obra, las ideas que en ella hay plasmadas son tan fundamentales para mí que he dedicado un considerable esfuerzo a transcribir los fragmentos de interés para irlos analizando. Esto es necesario también por el hecho de que el carácter de la obra hace que se explique en muchas ocasiones mejor por sí sola. Estos fragmentos no malogran el interés por la trama en mi opinión –es más, pueden resultar de mucho provecho al margen de la intención o no de leer el libro–, pero por si acaso algún lector quisiera la novedad total en la lectura o sencillamente prefiriera saltárselos por la gran cantidad de texto que suponen, verán que están claramente delimitados con un símbolo "«" señalando el inicio y el correspondiente "»" en su final.

Si el lector no se encontrara en la disposición de leer el análisis entero –es perfectamente entendible que no comparta mi entusiasmo por el tema–, recuerdo que existe una conclusión al final a modo de reseña literaria.

Por las causas ya detalladas, podrá apreciarse que los fragmentos introducidos por lógica me eximen a mí de extender el análisis y, por tanto, no voy a remarcar las partes importantes como en otras entradas porque mi opinión está bastante concentrada (sobre todo al empezar y al terminar).

La primera imagen corresponde a la edición de la obra que he empleado para la lectura.

Agradezco cualquier impresión o corrección. Un saludo.


Análisis:

«Mas yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró en ella su corazón (Mt 5, 28).»

Con esa oportuna cita de los Evangelios introduce Tolstói el libro. Tenía ganas, por fin, de repasar «La sonata a Kreutzer» para poder realizar el presente análisis con la debida precisión. Y he elegido leerlo después del atracón romántico de «Romeo y Julieta» adrede; es oportuno que hable el romántico tanto como el realista.



Edición 2012 de Alianza (diseño de cubierta: Manuel Estrada).



Esta pequeña novela –más bien declaración filosófica bajo la amena forma novelística– de Tolstói posee una utilidad enorme, y es de los libros que, leídos en la escuela, enseñarían valores fundamentales que podrían inspirar a más de uno a prevenirse del error. Incluso de la fatalidad. Por esta razón voy a ir comentando cada fragmento que he transcrito por su interés, como ya hiciera en el caso de «La muerte a Ivan Ilich» (en la que, por cierto, se trata también el tema del que aquí hablamos, sobre todo hasta la primera mitad).

«La sonata a Kreutzer» supone la declaración de un autor escandalizado por la abrumadora vanidad humana. Según Tolstói, la voluptuosidad, el deseo carnal, es una lacra para la sociedad y la introduce hasta el cuello de barro sin que casi nadie se dé cuenta. Esto resulta revelador en el sentido de que la mayoría ve a los demás en última instancia como un mero medio para satisfacer sus propias apetencias. Y como esto debe disimularse a la par que practicarse, se recurre a la hipocresía de los protocolos para lo primero y a la mentira directa para lo segundo, a la vez que dicha actitud se autoabastece, instigada por los propios familiares y amigos, pues cuando todo el mundo se equivoca uno está mas tranquilo e incluso comienza a interpretar gustosamente la equivocación por acierto y triunfo, como iremos viendo.


«–¿Cuál es el amor..., el amor que consagra... el matrimonio? –preguntó vacilando.
Al darse cuenta del estado de excitación de su interlocutor, la dama procuró contestarle con la mayor dulzura y claridad.
–El amor verdadero... Si ese amor existe entre un hombre y una mujer, el matrimonio es posible.
–Sí, pero ¿qué hay que entender por amor verdadero? –volvió a preguntar el señor de los ojos brillantes, intimidado y con una sonrisa forzada.
–Todo el mundo sabe lo que es el amor –replicó la dama, desando, al parecer, poner fin a la conversación.
–Pero yo no. Habría que definir lo que entiende usted por...
–¿Cómo? Pero si es sencillísimo –exclamó la dama.
Pero se interrumpió, sumiéndose en reflexiones.
–¿El amor? El amor es preferir a un ser a todos los demás –concluyó al fin.
–¿Por cuanto tiempo? ¿Por un mes? ¿Dos días, o media hora? –pronunció el hombre del pelo entrecano echándose a reír.»


«–¡Oh! ¡Es terrible lo que dice! No me negará que entre los seres humanos existe un sentimiento que se llama amor y que no es concedido para unos meses o años, sino para toda la vida.
–No, no existe. Incluso si admitiéramos que un hombre prefiere a una mujer determinada para toda la vida, esa mujer preferiría a otro con total seguridad; siempre ha sido así en este mundo –dijo.
Y, sacando un cigarrillo de la petaca, lo encendió.
–Pero también puede haber reciprocidad –arguyó el abogado.
–No, no puede haberla; lo mismo que es imposible que en un carro lleno de guisantes dos que estén marcados coincidan el uno al lado del otro. Además, no se trata sólo de una cuestión de probabilidad, sino también de saciedad. Pretender amar toda la vida a un solo ser es lo mismo que creer que una vela puede estar encendida indefinidamente –concluyó, aspirando con avidez el humo del cigarrillo.»


Como remedio, Tolstói propone de manera muy argumentada la abstinencia sexual –puede resultar escandaloso hoy como hace cien años, pero si se lee el libro se apreciarán verdades como templos–. La novela nos coloca en la perspectiva de Pózdnyshev, un marido que ha pasado por todas esas fases y que le han costado muy caro tanto a él como a su familia; tras la reflexión de sus equivocaciones se da cuenta de que el mundo está al revés, así que aprovecha una conversación ajena sobre el tema para contar su historia, en un largo viaje de tren, a otro pasajero que Tolstói empleará tanto como recurso narrativo obvio como para contestar de manera directa a los comentarios escépticos que muchos podrían plantear respecto a sus ideas plasmadas. Por mi parte, subrayo el libro entero, digo más, son unos principios que aplico a mi vida, y cada año de manera más natural y grata.

Es fundamental subrayar el intenso vínculo que la novela ata no sólo, como hemos dicho, a la ideología de Tolstói, sino también a su experiencia con su mujer, cuyos mayores tormentos aquí encuentran su sitio. «La sonata a Kreutzer» es un alegato antifeminista, pero también –y puede que en mayor proporción– todo un alegato antimachista. A Tolstói le atormenta la fragilidad humana, que para él está eminentemente manchada.


«–No cabe duda de que existen episodios críticos en los matrimonios –dijo el abogado, deseando poner fin a esa conversación inconveniente.
–Por lo que veo, me ha reconocido usted –observó el señor del pelo entrecano en voz baja y aparentemente tranquila.
–No; no tengo el gusto...
–El gusto no es grande. Soy Pózdnyshev, a quien le ha ocurrido el episodio crítico al que acaba usted de aludir. Y en ese episodio crítico, maté a mi mujer –exclamó echando una mirada rápida a cada uno de nosotros.»


Una vez los pasajeros que sostenían la conversación sobre los avances matrimoniales y el significado del amor se alejan del turbulento Pózdnyshev, queda por fin frente al personaje mencionado y comienza su relato, cuya mecha se prende en el cómo su juventud quedó atrapada en la corrupción que el resto aplaudía.



«–(...) Como todos los hombres, antes de casarme llevé una vida depravada y estaba persuadido, como los hombres de mi posición social, de que vivía como es debido. Me consideraba un ser encantador y de elevada moralidad. No era un seductor, no tenía aficiones anormales, y la depravación no constituía el objeto principal de mi vida, como lo era para muchos de mis camaradas, sino que me entregaba a ella tranquila y convenientemente para el bien de mi salud. Evitaba a las mujeres que podían comprometerme por el nacimiento de un hijo o por su afecto. Por otra parte, quizá haya habido hijos y afectos, pero yo hacía como que lo ignoraba. Y esto no sólo me parecía muy normal, sino un motivo de orgullo. (...)
–¡Esto es precisamente lo más infame! La depravación no consiste en algo físico; la depravación no constituye ningún desarreglo físico; la verdadera depravación está en liberarse de todo vínculo moral respecto a la mujer con la que se tienen relaciones carnales. En cambio, yo consideraba como un mérito precisamente esa liberación. (...)
(...)
¡Todo al revés, todo al revés!»


«–Porque si se consagrase el uno por ciento de los esfuerzos desplegados para curar esa enfermedad a exterminar la depravación, hace mucho que no existiría. Mientras que ahora, estos esfuerzos no se encaminan a la exterminación del libertinaje, sino a fomentarlo y a salvaguardar su seguridad. Pero no se trata de eso. Lo terrible fue (y eso le ocurre al noventa por ciento o más de los hombres, no sólo en nuestra esfera, sino incluso entre los campesinos) que no caí seducido por los encantos naturales de una mujer determinada. No, ninguna mujer me sedujo. Caí porque la gente que me rodeaba veía en ese acto una función legítima y buena para la salud o una distracción natural perdonable y hasta inocente. Tampoco yo consideraba eso como una caída, porque, en parte, constituía un placer y, en parte, una necesidad propia, como se me había inculpado, en una edad determinada. Me entregué a la depravación lo mismo que había empezado a beber y a fumar. Y, sin embargo, en mi primera caída hubo algo especial y emocionante. Recuerdo que antes de salir de la habitación me sentí embargado por una gran tristeza y tuve ganas de llorar por haber perdido para siempre mi pureza, así como mi opinión sobre las mujeres. En efecto, mis relaciones naturales y sencillas con las mujeres se habían estropeado irremediablemente. Desde entonces, me fue imposible tener relaciones puras con ninguna mujer. (...)»


«(...) Todos sabemos cómo consideran los hombres a la mujer. Wien, Weiber und Gesang ["Vino, mujeres y canto"], dicen los poetas en sus versos. Tome, por ejemplo, la poesía, la pintura y la escultura, empezando por los poemas de amor y acabando por las Venus y las Frinés desnudas, y vera que la mujer es un instrumento de placer. (...) Antaño los caballeros decían que divinizaban a la mujer (tal vez fuera así; sin embargo, no dejan de ser para ellos un objeto de placer). Y en la actualidad se afirma que se la respeta. Unos le ceden el asiento y recogen el pañuelo que deja caer; otros le reconocen el derecho de desempeñar cualquier cargo, de formar parte en el gobierno, etcétera. Y, no obstante, el concepto sigue siendo el mismo: se la considera como un instrumento de placer. Su cuerpo es el medio de alcanzarlo. Y ella lo sabe. Esto equivale a una esclavitud. Y la esclavitud consiste en que un ser se aproveche del trabajo de otros. Para que la esclavitud no exista, es preciso que los hombres no se aprovechen del trabajo de otros, considerando esto como un pecado, como una ignominia. Han cambiado la forma externa de la esclavitud prohibiendo la compra de esclavos y se figuran que ha desaparecido.»


La miseria masculina en todo su esplendor. Este tipo de vanidad se ha demostrado inagotable a lo largo de los siglos, y no parece precisamente dispuesta a despedirse. Pózdnyshev continúa hablando del matrimonio en una declaración que os invito a leer y reflexionar pues no tiene desperdicio en absoluto:



«–Así es como viví hasta los treinta años, sin abandonar ni un solo momento mi decisión de contraer matrimonio y de organizarme una vida familiar pura y elevada. Con este objetivo buscaba a una muchacha que me conviniera. Llevaba una vida de libertino y al mismo tiempo pensaba en una muchacha pura que pudiera ser digna de mí. Rechacé a muchas porque no las consideraba bastante virtuosas. Finalmente, encontré una que me pareció bien. Era la hija de un propietario arruinado de la provincia de Penza, que había sido muy rico antaño. Una noche, después de un paseo en barca, cuando volvíamos a casa a la luz de la luna, me hallaba sentado junto a ella, admirando su esbelta figura y sus bucles, y de repente decidí elegirla. Me pareció que comprendía lo que yo pensaba y sentía y que aquello era sublime. En realidad, lo único que sucedía era que su vestido y sus bucles le iban muy bien a la cara y que, después de haber pasado un día entero juntos, deseé tener una mayor intimidad con ella.
Es extraña la ilusión de que la belleza es el bien. Una mujer bella dice tonterías, y uno la escucha y oye frases inteligentes. Habla de vilezas, y uno no encuentra más que cosas buenas. Cuando no cuenta tonterías ni vilezas, sino que se contenta con ser bella, uno tarda en persuadirse de que es un milagro de inteligencia y moral. Volví a casa entusiasmado y decidí que esa muchacha era la cumbre de la perfección y la virtud y que era digna de ser mi mujer. Al día siguiente pedí su mano. ¡Qué absurdo! De mil hombres de nuestra posición social, y desgraciadamente también del pueblo, apenas si se puede encontrar uno que no haya estado casado antes de su boda, al menos diez, y otros, cien mil o incluso mil veces, como Don Juan. (...) Todo el mundo sabe esto, pero finge ignorarlo. Las novelas describen hasta en sus más íntimos detalles los sentimientos de los protagonistas, los estanques, los arbustos junto a los que pasean; pero, al retratar el gran amor de un joven por una muchacha, no hablan de lo que era antes; no dicen ni una sola palabra de (...). Y después se acostumbran tanto a ese disimulo que comienzan a creer sinceramente, como los ingleses, que somos virtuosos y vivimos en un mundo moral.»


«Me enamoré, pues, como se enamoran los demás. Lo había conseguido todo: el entusiasmo, el enternecimiento y la poesía. En realidad, este amor no era más que, por una parte, obra de la madre y de las modistas; por otra, el resultado de una vida ociosa y de una alimentación superabundante. Si no hubiera habido paseos en barca, modistas que confeccionaban vestidos de talles estrechos, si mi mujer se hubiera quedado en casa con una bata sin gracia, y yo, por mi parte, hubiera vivido en condiciones normales, absorbiendo tan sólo la cantidad de alimento necesaria para el trabajo y hubiera tenido mi válvula de seguridad abierta (casualmente se hallaba cerrada en aquella época) no me habría enamorado y nada habría sucedido.»






«Amantes» de Soulacroix.



Prosigue hablando acerca del "amor", y comienza sus objeciones hacia la vanidad femenina (mucha atención particularmente al tercer fragmento seleccionado, un grosso anticipo de lo que establecería Esther Vilar en los setenta del siglo pasado):



«–(...) Fingiendo creer en la pureza de los hombres, en realidad actúan de un modo completamente distinto. Saben la manera de atraerlos para sí mismas y para sus hijas. Lo que nosotros, los hombres, ignoramos porque no queremos saberlo, las mujeres lo saben muy bien; es decir, que el sentimiento elevado y poético que llamamos amor no depende de las cualidades morales, sino de la intimidad física y, además, de los peinados, del color y del corte de un vestido. Pregunte a una mujer coqueta experimentada cuál de los dos riesgos preferiría correr: que la acusen en presencia del hombre que quiere conquistar de una mentira, de una crueldad, o incluso de una depravación, o aparecer ante él con un vestido feo y mal cortado: sin duda alguna, elegirá lo primero. (...).
Ése es el motivo de la existencia de los vestidos indecentes, con el polizón y con los hombros, los brazos y parte del pecho descubiertos. Las mujeres, sobre todo las que han pasado por la escuela de los hombres, saben perfectamente que las conversaciones sobre temas elevados no son más que palabras, que el hombre necesita carne y todo lo que la muestra bajo un aspecto atractivo. (...) Fíjese, por una parte, en esas pobres mujeres despreciadas, y, por otra, en las de la mejor sociedad: los mismos vestidos, los mismos modelos, los mismos perfumes, la misma manera de dejar los brazos, los hombros y el pecho al descubierto y de ceñirse las caderas. La misma pasión por las joyas, por los objetos caros y vistosos, las mismas distracciones con bailes, música y cantos. Como las primeras, atraen a los hombres por todos los medios. No hay ninguna diferencia. Hablando con todo rigor, hay que decir que las prostitutas para un plazo corto suelen ser despreciadas; las de un plazo largo, estimadas.»


«(...) Diga a alguna madre o a alguna muchacha que su ocupación consiste en pescar un novio. ¡Dios mío, qué ofensa! Sin embargo, es lo único que hacen. Y lo mas terrible es que a veces la ocupación de las muchachas jóvenes e inocentes consiste precisamente en eso. ¡Si por lo menos se hiciera abiertamente y no engañando como ahora! "¡A Liza le interesa tanto la pintura! ¿Vendría usted a la exposición? Es muy instructivo. ¿Qué me dice de los paseos en troika, de los espectáculos, de las sinfonías? ¡Es magnífico! Mi Liza está loca por la música. ¿Por que no comparte usted estas ideas? ¡Y los paseos en canoa!...", dicen, pero sólo piensan: "Elígeme, elígeme. Llévate a mi Liza...". ¡Qué vileza, qué mentira! –concluyó.»


«–Ya sabe usted que la dominación de las mujeres, por la que sufre la humanidad, proviene de esto –empezó diciendo mientras guardaba en la maleta el té y el azúcar.
–¡La dominación de las mujeres! –exclamé–. Pero si los derechos y los privilegios están de parte del hombre.
–Sí, sí, de acuerdo –me interrumpió–. Lo que acabo de decirle explica el hecho extraordinario de que, por una parte, es justo que la mujer se vea reducida al último grado de humillación y, por otra, que sea ella la que impere. Esto es igual que lo que les sucede a los hebreos: se vengan de su humillación con el poder del dinero. "Ustedes quieren que sólo seamos comerciantes. Está bien. Pero nosotros, comerciantes, los dominaremos", dicen. "Ustedes pretenden que sólo seamos un objeto de placer. Está bien. Pero precisamente por eso, los someteremos", dicen las mujeres. (...) Por tanto, como compensación, la mujer influye en la sensualidad del hombre, lo domina de tal manera que es ella la que elige, aunque parezca otra cosa. Utilizando este procedimiento, abusa de él y adquiere un poder terrible sobre los hombres.
–¿En qué se manifiesta ese poder? –inquirí.
–¿En qué? Pues en todo y por doquier. Dé una vuelta por las tiendas de cualquier gran ciudad. Hay una infinidad de objetos cuyo valor es incalculable. Pero en el noventa por ciento de esa tiendas no se encuentra nada para los hombres. El lujo lo necesitan y lo sostienen las mujeres. Fíjese en la mayoría de las fábricas que producen objetos de adorno inútiles, coches, muebles y cachivaches para las mujeres. Por su capricho perecen en esas fábricas millones de seres, generaciones de esclavos, como si fueran condenados a trabajos forzados. Como unas reinas, tienen esclavizado el noventa por ciento de la humanidad en penosos trabajos. Y esto se debe a que se las ha humillado privándolas de los derechos del hombre. Por eso se vengan ejerciendo su influencia sobre nuestra sensualidad y apresándonos en sus redes. Sí, todo se debe a esto. Las mujeres se han convertido en un instrumento que influye de tal modo la sensualidad de los hombres que éstos no pueden tratarlas con serenidad. En cuanto un hombre se acerca a una mujer, se rinde a sus encantos y pierde la cabeza. (...) Usted se ríe, pero no se trata de ninguna broma –me gritó–. Estoy seguro de que llegará el momento, y tal vez muy pronto, en que los hombres comprendan esto y se sorprendan de la existencia de una sociedad que ha permitido quebrantar la paz pública con esa provocación directa de la sensualidad debida a los adornos de las mujeres de nuestra esfera. Porque esto es lo mismo que colocar cepos en los paseos y en las alamedas. ¡Aún peor! ¿Por qué se prohíbe el juego y se permite a las mujeres que se pongan unos trajes como las prostitutas? ¡Eso es mil veces más peligroso que el juego!»


Después expone su análisis sobre el matrimonio ya consumado. Aquí vemos el indicio capital para detectar esa esencia de fatuidad en mayúsculas tan reconocible que siempre ha existido, que agarrota cada miembro de la sociedad (el tercer y cuarto fragmentos transcritos son CLAVES):


«Por la palabra amor entendemos algo espiritual. Una relación debe expresarse mediante un cambio de impresiones, charlas... Entre nosotros no había nada de esto. Cuando nos quedábamos solos nos era muy difícil hablar. (...) Habíamos hablado de todo lo que se refiere a la organización de nuestra vida futura y habíamos hecho proyectos para el porvenir. Si hubiésemos sido animales, sabríamos que no nos correspondía hablar. Pero en nuestro caso era preciso hacerlo y no teníamos nada que decirnos, porque nos preocupaban cosas que no pueden expresarse por medio de palabras. Por si es poco, añada a esto la horrible costumbre de ofrecer bombones, los repugnantes preparativos para la boda, las conversaciones acerca del piso, del dormitorio, de las camas, de las ropas, de los vestidos, (...) Imagínese el horrible sentido que tienen esos preparativos cuando la mayoría de los hombres consideran que acudir a la iglesia es condición indispensable para poseer a una mujer determinada. Todo se reduce a esto. Resulta algo semejante a una venta. Venden una muchacha inocente a un libertino, y esa venta se efectúa bajo determinadas formalidades.
(...)
Así se casan todos; yo hice lo mismo y empezó la tan ponderada luna de miel. ¡Ese nombre es una infamia! –murmuró con ira–.»


«–(...) Usted dice que es una cosa natural. Lo natural es comer, por ejemplo. Comer es fácil, agradable y, desde el principio al fin, no se siente uno avergonzado, mientras que esto es desagradable, vergonzoso, doloroso... No, no es natural. Estoy convencido de que una muchacha pura tiene que aborrecer esto.
–¿Cómo se perpetuaría entonces el género humano? –inquirí.
–¡Es cierto, podría desaparecer la humanidad! –exclamó con una expresión malévola e irónica, como si esperase esta réplica de mala fe que le era conocida–. Se puede predicar la abstención de tener hijos para que los lores ingleses se ceben mejor. Y también para aumentar los placeres, pero pruebe a hacerlo en el nombre de la moral. ¡Dios mío, qué protestas!... Como si el género humano pudiera desaparecer por el hecho de que diez hombres dejaran de ser animales. (...)» [Prosigue desarrollando su interesantísimo planteamiento de la abstinencia como una de las pautas clave para alcanzar la idea de espiritualidad y pureza que puede concebirse como objetivo final de la humanidad, por fin redimida].


«En nuestro medio ocurre todo lo contrario. Si de soltero un hombre pensaba en la abstinencia, una vez que se casa considera que ya no es necesario. El viaje de novios, el aislamiento del que se rodean los recién casados con permiso de los padres, no es más que una autorización para entregarse al libertinaje. Pero la ley moral violada se venga por sí misma. Mis tentativas de organizarme una luna de miel fracasaron. Durante aquella época me sentí violento, avergonzado y aburrido. Y muy poco después me invadió una sensación de gran pena. Aquello empezó muy pronto. Al tercero o cuarto día encontré a mi mujer triste. Le pregunté el motivo y la abracé imaginándome que no podía desear otra cosa; pero me apartó y se echó a llorar. ¿Por qué? No supo decírmelo, pero el caso es que estaba muy triste y afligida. Probablemente sus nervios agotados le habían revelado la verdad sobre la vileza de nuestras relaciones, aunque fuese incapaz de expresarlo. Le hice preguntas y me contestó que echaba de menos a su madre. Tuve la sensación de que no era cierto. Traté de consolarla hablándole de otras cosas. No había comprendido que estaba apesadumbrada y que aquello tan sólo era un pretexto. Se enfadó porque no le hablara de su madre como si no le creyera. Dijo que no la quería. Le reproche que fuera caprichosa y, de pronto, su rostro cambió: en lugar de tristeza, expresó gran irritación. Me acusó de egoísmo y de crueldad con las palabras más duras. Tenía una expresión fría y hostil. Recuerdo el horror que sentí al verla. "¿Cómo? ¿Qué es esto? –pensé–. El amor es la unión de las almas y, en cambio, eso es lo que veo... No es posible, no es ella." Traté de dulcificarla, pero tropecé con una barrera infranqueable, hostil, fría. Antes que me diera tiempo de reflexionar, me invadió una gran irritación y nos dijimos una serie de cosas desagradables. La impresión de ese primer disgusto fue terrible. Le llamo disgusto; pero, en realidad, fue la revelación del abismo que nos separaba. La satisfacción sensual había agotado nuestro enamoramiento, y nuestras relaciones reales aparecieron ante nosotros: éramos dos egoístas, dos extraños que deseaban obtener el mayor placer posible el uno del otro. Lo que ocurrió entre nosotros dos no fue sino el resultado del cese momentáneo de las relaciones sexuales. No comprendí que entonces esa frialdad revelaba nuestro estado normal, ya que desapareció en breve ante una nueva afluencia de sensualidad.»


«(...) Pero he aquí que sobrevino una tercera y poco después la cuarta. Entonces comprendí que no eran casualidades, sino que así debía ser y que así sería. Me invadió el horror de pensar en lo que me esperaba. Además me atormentaba la terrible idea de que yo era el único que no se entendía con su mujer, que mi vida conyugal no correspondía con la que había esperado, y que a los demás matrimonios no les sucedía eso. Entonces ignoraba que ésta es la suerte de todos, pero que cada cual se imagina, como me imaginaba yo, que esa desgracia sólo le sucede a él. Cada cual oculta esa desgracia exclusiva y vergonzosa no solamente de los demás, sino también de sí mismo; nadie se atreve a confesársela.
(...)
Me extrañaba nuestro odio mutuo y, sin embargo, no podía ser de otro modo. Era el odio recíproco de los cómplices de un crimen, tanto en incitación como en la participación de éste.»


«–Así transcurría nuestra vida. Nuestras relaciones se volvían cada vez más hostiles. Finalmente ya no era el desacuerdo lo que provocaba la hostilidad, sino que de antemano estaba en contra de todo lo que dijese mi mujer. Y a ella le ocurría exactamente igual respecto a mí. A partir del cuarto año, decidimos tácitamente que no podíamos comprendernos ni llegar a un acuerdo. Cesamos en las tentativas de convencernos mutuamente. Permanecíamos firmes cada uno en nuestra posición respecto a las cosas más sencillas, (...). Ahora me doy cuenta de que las opiniones que defendía no importaban tanto como para no poder sacrificarlas; pero como mi mujer opinaba lo contrario, y ceder hubiera significado capitular, no podía hacerlo. A ella le sucedía lo mismo. Sin duda, mi mujer creía que siempre tenía razón y yo me imaginaba ser un santo.
(...)
Surgían disputas y expresiones de odio por cosas que no tenían importancia para ninguno de los dos: por el café, por un mantel, por el coche o por un juego de cartas. En lo que a mí se refiere, al menos, sentía un odio terrible hacia ella. Miraba cómo servía el té, cómo balanceaba un pie o se acercaba la cuchara a la boca y sorbía el líquido, y la odiaba por estas cosas como si se tratase de las peores acciones. No caía en la cuenta de que los períodos de odio surgían en mí con regularidad y proporcionalmente a los que llamábamos de amor. Período de amor, período de odio; período más intenso de amor, período más prolongado de odio; manifestación de amor más leve, período corto de odio. En aquella época no comprendíamos que ese amor y ese odio constituían el mismo sentimiento animal, considerado de un modo diferente.
(...)
Éramos dos condenados, unidos por la misma cadena, que se odiaban y que se envenenaban mutuamente la vida, tratando de no darse cuenta de ello. Entonces no sabía que el noventa y nueve por ciento de los matrimonios viven en el mismo infierno en que vivía yo, y que no puede ser de otro modo.»





«Bendición de la joven pareja antes del matrimonio» de Dagnan-Bouveret.



La pareja tiene hijos y se demuestra la manera en la que el círculo se retroalimenta constantemente a lo largo de las generaciones: la miseria, el egoísmo profundo de los progenitores hace que no atiendan ni el tiempo ni en la forma debida a sus hijos, que terminan convirtiéndose en algo muy parecido sino idéntico. Fíjense particularmente en el segundo fragmento, de estremecedora actualidad:



«–Me ha recordado usted a los hijos. ¡Cuánta mentira sobre este particular! Se dice que son una bendición de Dios. Esto es mentira. Así era antaño, pero ahora no hay nada de eso. Los hijos constituyen un tormento y nada más. La mayoría de las madres sienten eso, y, a veces, lo dicen sin darse cuenta.»


«(...) Por otra parte, eran para nosotros un nuevo motivo de desunión. A medida que iban creciendo, con frecuencia constituían el objeto de nuestras discusiones. Y no sólo eso, sino un instrumento para la lucha. Combatíamos el uno contra el otro por medio de los niños. Cada cual tenía su preferido. Yo combatía más por medio de Vasia, el primogénito, y mi mujer por medio de Liza. Cuando los niños crecieron y se les definió el carácter, tratábamos de atraerlos cada uno por nuestra parte para tener un aliado. Los pobrecitos sufrían terriblemente, pero con nuestra guerra continua no teníamos tiempo de pensar en ellos. La niña era mi aliada. El primogénito, que se parecía a mi mujer y era su preferido, me inspiraba odio con frecuencia.»  


Una vez los médicos prohíben a su mujer tener más hijos por cuestiones de salud, ésta recupera un poco su figura y comienza a exhibirse más coqueta, dejando progresivamente atrás el cuidado de los niños, como si hubiera descubierto que su esplendor se agota y que debe disfrutar el momento («Se imaginó un amor nuevo y puro...»). Es entonces cuando la novela sube de tono –ampliando agudamente el interés para cualquier tipo de lector–, pues nuestro protagonista comenzará a sentir celos. ¡Y qué manera de describir los celos! No he visto nada igual (con el permiso de «Otelo», aunque en la obra que aquí analizamos siempre sacaremos conclusiones más acordes con la realidad); yo sufrí en su momento un período de celos absolutamente extremo, en el que mi mente albergó lapsos que rozaron el trastorno en un festín de paranoia y suposiciones que se partían en dos casi al instante de brotar en mi desesperación total. Y doy fe de que Pózdnyshev –y Tolstói ampliamente trasuntado en él– sienten esa misma clase de angustia obsesiva de la que no hay escapatoria posible: o esperas que el tiempo muy lentamente haga pasar el alambre de espino por todo el aparato digestivo –dejando, pese a todo, irreversibles cicatrices– o bien explotas de cualquier forma. Pózdnyshev escoge la segunda opción (igual que han hecho y siguen haciendo muchos hombres).


«(...)
Lo que más atormenta a un hombre celoso (en la vida de sociedad lo somos todos) es el hecho de que ciertas condiciones mundanas permiten una intimidad grande y peligrosa entre un hombre y una mujer. Uno sería el hazmerreír del mundo si tratase de impedir la intimidad que existe en los bailes, la de los doctores con sus enfermas o la que se crea entre los que se ocupan de las artes, de la pintura y, sobre todo, de la música. Dos personas se dedican al arte más noble, a la música; para eso se requiere cierta intimidad, que no tiene nada de malo, y sólo un marido celoso y estúpido puede ver en ello algo reprensible. Sin embargo, nadie ignora que la mayor parte de los adulterios de nuestro medio cometen gracias a estos pasatiempos y, sobre todo, a la música. Mi mujer y Trujachevsky se turbaron, al parecer, a causa de mi confusión. (...)»


Este estado crítico se alcanza cuando la casualidad hace que Trujachevsky, antiguo conocido de Pózdnyshev, un violinista con esa inclinación a la voluptuosidad que podemos imaginar en un soltero despreocupado que además es artista, sube a su casa para saludarle. Así se genera el caso que se ponen de acuerdo para que la mujer de Pózdnyshev (que tocaba de joven el piano) y 
Trujachevsky se diviertan juntos con la música. Pózdnyshev no es tonto y reconoce perfectamente el peligro que supone Trujachevsky –sólo le hace falta mirarse a sí mismo cuando era soltero–, pero promueve la circunstancia por una especie de orgullo absurdo y prácticamente inconsciente: ¿quién prevalecerá? Así encuentra la forma de probar la lealtad que le profesa su mujer y si verdaderamente existe algo, por mínimo que sea, entre ambos.


«(...) Recuerdo precisamente aquel momento porque hubiera podido no invitarlo y, en este caso, nada hubiera sucedido. Pero miré a Trujachevsky y después a mi mujer. "No pienses que tengo celos de ti –le dije mentalmente–. No te tengo miedo", pensé mientras lo invitaba a venir alguna noche para tocar con mi mujer. Ella me miró sorprendida, enrojeció y, como asustada, dijo que no tocaba bien. Su negativa me irritó aún más e insistí con firmeza. Recuerdo el extraño sentimiento con que miré la nuca de Trujachevsky y su cuello blanco (...). No pude por menos de confesarme que la presencia de aquel hombre me atormentaba.»


«(...) ¿Qué podía retenerlo? Nada. Al contrario, todo lo atraía. Y ella, ¿qué era ella? Un misterio, como lo había sido siempre. Yo no la conocía. No conocía más que su parte animal. Y un animal no puede ni debe contenerse con nada.
Sólo en aquel momento recordé la expresión de sus rostros cuando, después de la sonata, tocaron una pieza, cuyo autor no recuerdo, apasionada y sensual en extremo. "¿Cómo he podido marcharme? (...)"»


«(...) Ese recorrido por ferrocarril, que duró ocho horas, fue para mí algo tan horrible que no lo olvidaré en toda mi vida. Fuese porque una vez en el tren me imaginé claramente mi llegada, o porque viajar por ferrocarril actúa de un modo excitante, el caso es que a partir de ese momento no pude dominar mi imaginación. Me representaba sin cesar imágenes que excitaban mis celos, unas más cínicas que otras. Y siempre se trataba de lo mismo: de lo que ocurría allí en mi ausencia, cómo me traicionaba mi mujer. Invadido por la indignación y la ira, me sentía humillado contemplando tales imágenes, pero no podía arrancarme de ellas. Era incapaz de apartarlas; es más, las provocaba. Cuanto más contemplaba esas escenas imaginarias, tanto más creía que eran reales. La claridad con que se me presentaban parecía la prueba de su existencia. En contra de mi voluntad, el diablo me sugería hipótesis de lo más insensatas. (...) "No, esto es imposible. ¿Cómo puedo pensar tales cosas? –me decía horrorizándome–. No hay nada de eso. No tengo motivo para suponerlas. ¿Acaso no me dijo que le ofendía la idea de que tuviera celos de él? Sí, pero miente; no hace más que mentir". (...) Estaba como una fiera enjaulada: tan pronto me levantaba de un salto para acercarme a la ventanilla, tan pronto me ponía a pasear, como si con esto pudiera hacer que el tren marchara más deprisa. (...)
Era terrible. Me atribuía un derecho sobre el cuerpo de mi mujer, como si fuera el mío propio, pero al mismo tiempo me di cuenta de que no me pertenecía y que ella podía disponer de él a su antojo. (...)»


No cuento más de la trama a partir de aquí para no malograr su conclusión, que es interesantísima psicológicamente y trepidante en la mente del lector. Pero sí han de destacarse los comentarios acerca de la música –de ahí el título de la obra que además sirve de efectiva metáfora sobre lo demás– y de la ira (primer y segundo fragmento respectivamente):




«El concierto» de Tissot.



«–Tocaron la Sonata a Kreutzer, de Beethoven. (...) ¡Oh! Esa sonata es terrible. Precisamente ese tiempo. En general, la música es terrible. ¿Qué es? No lo comprendo. ¿Qué es la música? ¿Qué efecto produce? ¿Y por qué actúa de este modo? Dicen que eleva las almas. ¡Es absurdo! ¡Es mentira! Ejerce una gran influencia (me refiero a mí mismo), pero no eleva el alma en modo alguno. No hace que el alma se eleve ni descienda, sino que la irrita. ¿Cómo explicarle esto? La música me obliga a olvidar mi existencia, mi situación real; me transforma. Bajo su influencia me parece sentir lo que no siento, entender lo que no entiendo y ser capaz de lo que no soy en realidad. Creo que la música actúa como el bostezo o la risa; no tiene uno ganas de dormir, pero bosteza al ver bostezar a otro; no tiene uno por qué reírse, pero ríe al oír la risa de otros. La música provoca en mí el estado de ánimo que tenía el compositor al escribirla. Mi alma se confunde con la suya, y nuestro estado de ánimo se transforma; (...) La música me irrita sin darme satisfacción definitiva. (...) Por el contrario, no puede dejar de ser perjudicial provocar un sentimiento (que no corresponde con el lugar ni con el tiempo) que no pueda manifestarse.»


«Los que afirman obrar inconscientemente, en un arrebato de furor, mienten. Tenía una clara visión de todo y no dejé de tenerla un solo momento. Cuanto más aumentaba mi acceso de locura, tanto más resplandeciente era la luz de la conciencia, gracias a la cual me era posible ver lo que hacía. No puedo afirmar que supiera de antemano lo que iba a hacer, pero en el momento en que llevaba a cabo el acto, incluso un poco antes, me daba cuenta de todo, como si me dieran la posibilidad de arrepentirme (...)»





«Interior con una mujer al piano» de Vilhelm Hammershoi.


En definitiva podemos decir que «La sonata a Kreutzer» explica las falsedades de determinado concepto de "amor" muy extendido en nuestra sociedad, de la miseria del matrimonio y de la mezquindad personal que instiga a que consideremos al resto, como dije al principio, un remedio para satisfacer nuestras meras apetencias. El resultado es un desencanto constante, propio de una mentalidad infantil, porque el mundo no se adapte a nosotros; es más: que no nos rinda la debida pleitesía y se nos reconozca "lo especiales e importantes que somos". De esta manera, la unión entre hombre y mujer se explica tanto en la vanidad de cada cual como en la necesidad apremiante de cumplir los protocolos sociales y el decoro, lo que a su vez es producto de la vanidad del resto, que ejecuta los mismos errores (y el que alguien no se equivoque en estos casos puede estar incluso mal visto, no digamos ya en el XIX).

En base a esta vanidad de la que hablamos, surge lo más horripilante y ruin tanto del instinto femenino como del masculino. ¿Qué es lo que les hace juntarse, pese a ser egoístas incurables, además de lo explicado? En efecto, el deseo sexual. Es el fuerte instinto animal el que atrae a un mismo y por lo demás aislado objetivo común. Cuando esta necesidad cesa, ya fuere por saciedad o porque se ha encontrado a otra persona que pueda proporcionar una experiencia –un servicio– más completo e intenso, todo objetivo común desaparece y brota lo que verdaderamente hay: esclavos de la inmediatez, de la superficialidad, de la fruición. Acciones y personas convertidas desde la perspectiva de cada cual en herramientas de variable funcionalidad: algo es útil si proporciona deleite, y es inútil o prescindible si no lo proporciona de alguna manera. Es un enorme comercio en el que se hacen tratos indecentes camuflados en una pompa farsante; yo te doy esto a cambio de que tú me des aquello, y en el momento en el que sienta no se cumple parte del contrato serás castigado. ¿Cuándo dejaremos de aprovecharnos los unos de los otros, de maltratarnos tan fríamente?

Todo esto lo sufren no sólo las parejas que están atrapadas en un círculo vicioso de egocentrismo e impureza espiritual –y de celos, engaños...– que se muestra violento contra lo que no satisface las "expectativas" requeridas (pues al cambiar de pareja sólo inician de nuevo el mismo juego pernicioso), sino los hijos, que parecen abocados a lo mismo, empujados por toda una marea social ávida de capricho infantil que no sólo no entiende ni quiere entender la integridad moral sino que carga instintivamente contra lo que sí da muestras de tal o cuando se apunta a sus errores (por bienintencionada que sea la acción). El remedio de Tolstói, la abstinencia, la búsqueda infatigable de la pureza, como decía al principio de la entrada, bien puede resumirse en este otro fragmento del Evangelio con el que también introduce el libro:


«Díctenle sus discípulos: "Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse". Entonces, Él les dijo: "No todos reciben esta palabra, sino aquellos a quienes es dado. Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; y hay eunucos que se hicieron a sí mismos eunucos por causa del reino de los cielos; el que pueda ser capaz de eso, séalo (Mt 19, 10-12).»


Una lectura, pues, de enorme provecho y transcendencia, repleta de verdades que muchos prefieren pasar por alto ahora igual que siempre.



Conclusiones:

Las grandes novelas de Tolstói a menudo degradan la atención a sus otras obras de la manera más injusta. «La sonata a Kreutzer» es, en su brevedad, una enorme y universal representación del engaño y la estupidez del matrimonio, la vanidad profunda y el ego insaciable de la pareja –la degeneración tanto masculina como femenina–, el daño indecible que legan mediante tales bobadas fatales a sus hijos. Es la denuncia de una sociedad enferma que sólo busca el placer y que ve en los demás medios para satisfacer sus meras apetencias (¿y por qué siempre querer enlazarse con la apariencia más bella posible si ésta no es sinónimo de pureza?).

Una llamada al desengaño, a doblegar esa voluntad que es un querer [abarcar para sí] que sólo anhela seguir queriendo. El realismo es magnífico; se trata de todo un compendio de consejos impagables de lo que se debería evitar; aunque por desgracia nunca ha estado precisamente dispuesta la mayoría social. Este volumen posee una utilidad abrumadora hasta el punto que resulta chocante que no se lea en la ESO o el bachillerato: a un joven le merece mucho más esto que una «Celestina» de Rojas o una «Niebla» de Unamuno. Además es un ideario cuyas conclusiones son ostensiblemente más decisivas de lo que en primera instancia pudiera parecer. Aquí está la raíz del porqué una pareja anuncia los primeros meses lo "felicísimos" que están a bombo y platillo para a los pocos años (si llega) despreciarse profundamente mientras se arrojan con jactanciosa crueldad venganzas de maneras más o menos indirectas; esto puede verse por todas partes, es una plaga.

La novela está inspirada no sólo por el profundo interés que el autor profesaba hacia la moral y el tormento que le causaba la vanidad inherente en la conciencia humana, sino por experiencias que él mismo sufrió respecto a su matrimonio con Sofía Andreievna. Su escena se sitúa en un viaje en ferrocarril en el que una conversación sobre el divorcio, el sentido del amor y el matrimonio atrae a un misterioso pasajero que, tras exponer sus razones claramente adversas a las del resto, confiesa haber matado a su mujer. Después de esto, contará su historia exclusivamente a un pasajero –el que cuenta los hechos en primera persona– sin apenas participación pero imprescindible como recurso narrativo obvio.

El relato comienza con la enumeración de todos sus errores al respecto, desde su adolescencia hasta el asesinato de su mujer pasando por el romance y el matrimonio, incluyendo sus valoraciones personales y contrastándolas con las prácticas ejercidas por la sociedad en general (tan equivocada como él en su momento), y termina con la explosión en forma de celos que supuso el fin de todo. En cuanto a estos celos, decir que Tolstói se introduce primorosamente en su origen y trayecto, y que paralelamente a esta cuestión tan relevante nos topamos con un final frenético y magnético para el lector, que si además ha pasado por experiencia de achares similar se sentirá absolutamente identificado.



Sonata para violín y piano nº 9 (Sonata a Kreutzer) de Beethoven.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Pensamientos de un amante.

Es un atardecer en el mar. Para qué engañarme, es el clásico atardecer en el mar, y cualquiera puede imaginárselo, y de hecho no es lo más importante imaginárselo en este momento. ¿Lo puedo decir de todas las maneras? Por qué no. Es un cielo gris, pero no de esos grises ennegrecidos que quieren extraerte de la tierra y absorberte en su melancolía. No, más bien es un gris claro, que a veces deja escapar un azul cual confesión discreta. El sol se está tornando naranja en el horizonte, como una colosal bombilla mortecina que desparramara sus brillos sobre las breves formas del mar, que según tal o cual bucle te dicen esto o lo otro. ¿Qué me dice? Básicamente algo así como «Voy y vengo, vas y vienes», que al principio no merece atención, hasta que comprendes el sentido profundo y te hipnotiza.

A mi lado está ella, más callada que la suave arena, más severa que las rocas que uno puede ver si se inclina la cabeza hacia atrás. Me gusta su serenidad, la forma en la que mira el agua fluctuante, que ya llega a humedecernos la punta de los pies en casi todas sus arremetidas. Nos lame a nosotros como a la tierra, a mí me recuerda a la forma que tiene de lavar una madre a su hijo.

Si tuviera que describir a la mujer que tengo al lado mentiría de una manera u otra. Pero, bueno, es muy joven, y no es ni más fea ni más guapa, ni más alta ni más baja, para mí es «ella» y punto. Hay muchas formas de decir «ella», y espero que se me entienda. Sus ojos claros como los brillos cristalinos reflejados, delante nuestro, en el líquido, su piel de nácar salpicada de arena no tan blanca, no tan resplandeciente (aunque a veces yo agarro la tierra y me imagino que es de alguna manera una extensión de su piel, y siento su textura y la dejo resbalar entre mis dedos). Se me entiende. Me gusta su actitud, es como si se hubiera criado en Siberia, como si después de mucha oscuridad, muchos nubarrones negros, mucha fría escarcha y mucho hambre de vida hubiera alcanzado un paréntesis de paz, como el náufrago que en el antepenúltimo suspiro descubre su rostro reposando sobre la playa, casi de repente. Hay algo de cazadora en sus rasgos, algo que observa, espera, saborea mientras, adivina y poco después pesca (se delata cuando suspiraba un poco más fuerte o sonríe, casi imperceptiblemente, como si algo triunfara en ella y supiera exactamente la razón de su pequeña victoria). Es de esas personas que saben mucho de la vida, aún siendo tan joven. Quizá no lo exprese tan bien como una artista, o como algunas personas elocuentes, pero por sus gestos sé que así es.

La miro y acaricio su piel, y se me antoja como una fruta inagotable, descansando en un recipiente igual de sempiterno. Ella también me mira, de manera parecida a como lo estaba haciendo con el mar, su mirada grande y serena, pero con una de sus sonrisas especiales, esas en las que se nota perfectamente que sonríe. «¿Lo encuentras?», la digo, y asiente, y nos inclinamos para besarnos, no como en las películas, no con una última intención en la carne o en el rojo y el negro del fuego pasional (aunque sin duda nuestros corazones suban de ritmo), sino sencillamente como un «Lo he encontrado». Hay muchas formas de amar, y tanto ella como yo amamos despacio, con esa paciencia, esa ternura con la que un pintor espera la luz perfecta del día sobre el paisaje para dar sus pinceladas.

Ahora que yo vuelvo a mirar al mar y su rumor, que me coge y me devuelve mi espíritu constantemente, ella me sigue mirando unos segundos más (parece decir: «Estaremos aquí siempre, quiero recordártelo, sé que tú también lo piensas, pero anhelo decírtelo de todas formas, porque te quiero y porque deseo estar siempre contigo aquí como ahora estamos»), para volverse también hacia el lejano horizonte, la cabeza inclinada hacia atrás como sobre un cojín invisible, los párpados semicerrados como queriendo retener los últimos destellos del sol en su retina. 

El sol de hoy –no lo sabe nadie– se ha hecho especial. El orbe que muere delante mío me dice, efectivamente, que resucitará en mi conciencia, de una manera más o menos consistente. La mente hace fotografías muy extrañas. Lo que está lejos de nosotros parece que pierde relevancia, y de repente lo relacionas con un algo pleno, todo abstracto, que se enlaza con la totalidad de las cosas, que las contiene en su sentido más diminuto y esencial. La espuma del borde del oleaje ya moja nuestras rodillas. Comienza a hacer un poco de frío. ¿Sentiré alguna vez el frío de la misma manera que hoy? No soy un adivino pero, bueno, la miro a ella, con el pelo levemente ondeante por la brisa que se despierta poco a poco, y pienso que no, que seguramente no se repetirá ese mismo frío, y me doy cuenta que me gusta «ese» frío, y que vamos a tener un breve tiempo para ser amigos íntimos.

Ella ya ha cerrado los ojos, y si no fuera por los codos, que la mantienen suspendida a pocos centímetros sobre la tierra, estaría recostada. Me hace gracia, y sonrío. Me tumbo a su lado, de costado, y ella se gira hacia mí, frente y nariz  tocando a frente y nariz. Ahora es a ella a la que parece hacerle gracia esta postura, que también sonríe. O a lo mejor es que no nos hace más o menos gracia, a lo mejor es que sencillamente somos felices. ¿Lo he pensado? A veces cuesta reconocer que somos felices, aunque sólo sea durante un momento, aunque pueda justificarse frente a la mayoría de los instantes infelices. O gris, o gris ennegrecido, como esas nubes gruesas de las que hablé antes, pues nadie es enteramente infeliz. Pero no me inquieta haberlo pensado, quizá únicamente me haya sorprendido un poco, nada más.

Me encanta acariciar su pelo, me encanta agarrarlo y dejarlo resbalar entre mis dedos, como con la arena. Y me gusta pensar que ese pelo brota de un cuerpo caliente, así que también acaricio su cuello y sus mejillas, su brazo y su cintura. Además me encandila el ritmo de su corazón; latido a latido en alternancia metódica, que se esparce sobre la tierra, que se esparce sobre mí, expulsando a la necesidad de hablar, de romper el murmullo del mar, suave manta, suave canción de cuna, suave «hola» y suave «adiós».

Echo un vistazo: el sol se ha ido y sólo sus rosáceos dedos parecen aferrarse al recipiente líquido, parece querer decir una última palabra, como si tuviera el tiempo justo para apurar el discurso que comenzó al amanecer. Las estrellas se advierten ya nítidamente, arriba, Dios sabe a cuanta distancia y, sin embargo, tan brillantes, tan fuertes y persistentes, como joyas resplandeciendo en un halo de flamas tranquilas, suspendidas en un tapiz negro, quitándole todo rasgo de amenaza en su incertidumbre, haciéndolo suave, casi amigable, como si dijeran «Aquí estamos, aquí estamos, no pasa nada, sigue donde estás y piensa como piensas».

Ay, mi querida compañera, este frío me torna, no obstante, un tanto melancólico. Así es el ser humano: no puede disfrutar mucho de lo que tiene entre manos, enseguida piensa en lo que deberá tener, yo ahora pienso en lo que dejaré de tener. Y como sé de qué va la cosa, no dejo que tome demasiada presencia en mi cabeza (aunque, reconozcámoslo, a veces es muy dulce la melancolía), y me abrazo a ella, y ella hace lo mismo en respuesta, y nos pegamos mucho, los ojos cerrados, y las olas diciendo todavía que se van, lo que hace que nos perdamos y nos angustiemos, pero enseguida vuelven algo roncas, y nos sentimos un poco mejor. ¿No da la impresión a veces de que las olas al caer aplastan algo? Es como si nos hicieran más pequeños, como si hicieran visible el límite de nuestra mirada; es como si nosotros mismos nos convirtiéramos en cada ola y viviésemos una vida muy compleja en un ínfimo lapso de tiempo, para morir esparcidos, y dejar de ser esto para ser lo otro.

Aunque tengo muchas maneras de rebatir ese pensamiento. Tengo sus latidos, y nuestras manos entrelazadas, y los besos que nos gusta darnos en la frente y en el cuello, y los pies jugando a la par entre sí y con la arena mojada. El funcionamiento del universo pierde relevancia frente a todo esto. Lo único que con certeza importa es el amor, que refulge siempre por encima de todo, como una llama que seguimos, que buscamos constantemente, sin la cual desaparecemos, perdemos toda sustancia, toda esencia. Temblamos un poco con el frío, y estamos abrazados muy fuerte. Ella me dice «¿Dónde está lo que pudo haber sido?», y su rostro está igual de sereno, y la beso y la digo «Esto es», y la vuelvo a besar y se lo repito una y otra vez: «Esto es»; ella roza su nariz contra la mía, y el frío desaparece y el vaivén del oleaje se aleja tras los besos y los suspiros.

No podemos estar un instante más de esta noche en sobriedad, pero seguimos en mi opinión sin ser nada empalagosos. Nada, nada en absoluto. Te quiero. «Te quiero», la repito muy bajo. Y por alguna razón, se lo repito de manera más insistente, como si el hecho de otorgar un cariz de severidad a la forma de pronunciarlo reafirmase nuestra posición en el mundo, en esa playa, en esos dos metros cuadrados de arena. Ella también está muy seria. Nos besamos y paramos unos instantes, nos miramos y se cruzan rayos argénteos, cuando la mirada se sacia los labios se cazan de nuevo exigiendo lo que les corresponde. Nos amamos de manera seria, como sólo una «siberiana» y un «pescador» solitarios saben amarse, somos una pareja de lo más extraña, aunque supongo que todas las parejas se consideran en cierto modo extrañas. Quizá la razón por la cual nos miramos así es porque sabemos lo que buscábamos y lo que hemos encontrado, y lo que se anticipa, y lo que inspira la lealtad de nuestras miradas entrelazadas; es solemne, merece a todo punto serlo, pero también es un impulso que mezcla las sangres calientes, al ritmo de los corazones acelerados.

El agua ya nos cubre hasta la cintura. Está fría, pero tampoco se hace intolerable. Entre vaivén y vaivén nos hundimos en la arena, que nos agarra como si quisiera robar nuestros cuerpos de manera torpe y lenta, pero por otro lado también seductora. Entre parpadeos distingo brillos de plata. ¿Ha llovido plata líquida? Sin duda debe ser la luna. Pero no albergo intención de volverme. Tengo algo más importante delante. ¿Y si dejamos que el mar nos cubra, que la tierra nos trague del todo? Ella parece opinar lo mismo a tenor de su concentración, de su viva pasión. Pues vale, hundámonos. Mi compromiso es el mismo que el suyo, y mi pasión también. Ojalá hubiera una palabra en algún idioma que expresara lo que siento. Pero ella lo entiende de todas formas, así que poco importa.

Su pelo se moja de salado líquido, pero sus besos son igual de dulces. Oh, la sal, qué olor más pegajoso. ¿Y no está todo más oscuro, como si las estrellas se hubiesen escabullido discretamente? ¿Dónde estáis, remotos luceros? ¿Dónde estamos, siberiana? ¿Adónde se ha ido tu rostro? Aunque cuando lo toco lo vuelvo a ver nítidamente en mi mente. Es como si hubiésemos atravesado la tierra y cayésemos suavemente en una miríada de oscuros, como una hoja otoñal acunada por el viento nocturno. ¿Rasgaremos también contra el suelo? Ah, ojalá fuera posible flotar siempre. Aunque cada vez que me besa el cuello, con esa ternura, esa delicadeza, realmente eso es como volar.

Me da la impresión de que podría agarrarme a ese encantador vacío como si fuera un telón. Pero voy a seguir agarrando su cabellera y a seguir deslizando mis dedos entre sus sedosos mechones. No se oye el sonido de las olas al romper. Hay como ecos quedos alternándose en el espacio. Tu respiración los mantiene a raya, incluso los armoniza, los consigue acoger. Tu pecho subiendo y bajando es un regalo divino, me niego a creer que esto haya surgido sin más, que tu amor sea un fruto del sinsentido, del caos. Esto me lo ha traído alguien muy generoso. El amor es un regalo. Va más allá de todo. Si existiese algo que por lógica tuviese que ser mejor que el amor, yo desde ese día me iría al extremo opuesto de la lógica. Ay, abrázame más fuerte, con toda tu energía. Creo que ahora no sólo soy consciente de cada una de mis fibras, sino que hasta la última tuya se me ha revelado como los capullos se abren esplendorosos bajo el influjo de la primavera.

Nos sostenemos. ¿Verdad? Claro que sí. ¿Hasta qué recipiente hemos bajado? ¿O hemos subido al cielo, al paraíso? Nos dispersamos. Como las olas recostándose entre cada granito de arena. Ocurren mil milagros a cada segundo. ¡Y no tener los suficientes sentidos, la suficiente sensibilidad como para captarlos todos! Pero bésame, bésame también mil veces a cada segundo. Voy a prenderte con mis manos. Piel caliente, suspiros entrecortados, susurros ascendentes, caricias con vida propia, el corazón contra la arena, el corazón contra el corazón.





*****




Qué sentimiento más extraño me embarga. Acaba de despertarme la dorada mirada del sol. Esta playa, esta playa... Me miro las manos. Están arrugadas y temblorosas. ¿Qué ha pasado, por qué vine aquí otra vez? No lo sé. A veces algo nos llama detrás de los lugares. Y cuando vamos ya no está, pero es como si quedaran pruebas de que se hubiera largado recientemente. Yo ahora huelo una fragancia. Sí, a pesar de todo la huelo. Echo una amplia y detenida mirada alrededor y lo veo todo tan distinto. Oh, huelo la fragancia, pero a pesar de todo..., lo veo todo tan distinto.

¿Dónde estarás? Y cojo un puñado de tierra, y lo dejo resbalar con delicadeza entre mis dedos.







jueves, 20 de noviembre de 2014

Confesiones de un prisma sensible.

Como en un sueño en el que el ayer y el mañana se fundieran, y el hoy careciera de sentido. No sé qué es lo mejor ni qué es lo peor. La escuela sólo me enseñó el significado de resignación. Todo se aleja para venir de nuevo. Los amaneceres han sido tapiados por un montón de rascacielos, el rumor de los árboles sustituido por carreteras y tubos de escape vomitando burdos estertores. Y me apago. Tanta fuerza, tanta obstinación, tanto orgullo… a la basura. O, mejor dicho, a ningún lado. Han desaparecido. Son niñerías, estupideces. Qué ciegos estamos. La metafísica de milenios cada vez me parece más fútil. Qué ciego estoy, a pesar de todo.

Me hallo preguntándome: ¿qué demonios hago? ¿Soy imbécil? Por Dios, debo serlo, hago lo mismo que los demás. Sí, por mucho que mi actitud difiera…, hago lo mismo que los demás. Me dijo un viejo que al final todos pasamos por el aro, pero que no es lo mismo ser consciente de ello que no. Creo que demasiado se consoló con el “ser consciente”. Para mí el único consuelo es no pasar por el aro. ¿Debo morir? ¿Explotar contra cualquier parte? Es demasiado egoísta, no estoy tan loco. Los mejores años quedan atrás. Pero ni siquiera los recuerdo como buenos. Podían haber sido peores, claro. Pero desde luego que tampoco fueron buenos.

Veo los engaños que se me ofrecen. Ya ni siquiera me resultan seductores. Nos señalamos con mezquinos dedos, chismosos, y de repente el otro es un loco, un imbécil o un fracasado, y de improviso nos vemos en una terraza digna en la pirámide social, jactanciosos. Oh, Dios, qué engañados estamos. Si pudiera alguien romper el círculo… ¿Nadie quiere? Seremos pocos. ¿Y por qué no nos reunimos ese montón, nos tornamos un poco ridículos, nos tiramos en alguna playa y nos volvemos poéticos hasta perder la cabeza? Y el que nos trague la fina arena es mucho mejor que ser devorados por una máquina de hormigón, metal, nóminas. Es mucho, mucho mejor. De verdad que sí. En el fondo todo el mundo lo sabe. Pero nadie se atreve. Es increíble, es pasmoso, es como si el error común pasara por acierto. Ah, no hay valentía en madrugar todos los días a dejarse la piel. Hay resignación, tozudez, resistencia. Pero no hay valentía ahí. Quieres poseer esto. No lo consigues. Te sientes un fracasado. Lo consigues. Te cansas de ello y vas a por otra cosa. Eso es una droga. Y a toda vanidad le conviene la droga. ¿Dónde se acaba la droga? Donde muere el materialismo, la superficialidad, el egoísmo, la megalomanía. Donde son derrotados los complejos. Escucharse en el ruido es como nadar sobre una duna. Lo más valioso de nosotros se pierde entre un bombardeo de palabras vanas.

Oh, a partir de aquí todo es bajar. Bueno, depende. Bajar es fácil. No, es subir, ascender con una mochila repleta de piedras. ¡Eh! ¡El amanecer también se ve bien desde abajo! ¿O es que aquello ni siquiera es arriba más que en nuestra imaginación? Debemos negarnos. Cuando eso ocurra nos recuperaremos, con la alegría del que palpa a ciegas el colgante regalado por un querido familiar fallecido que se había caído a las olas. Dios mío, nada tiene sentido. Es una locura. ¿He dicho Dios? Oh, qué narices, imagino que puedo llamarlo así. Si esto tiene una explicación científica, si somos el fruto de la nada –qué estúpido suena– de verdad que lo mejor es que nos tiremos todos por un acantilado, en fila india, agarrados de la chaqueta, como en la guardería. Ahora que lo pienso, sí hay una teoría metafísica que me parece tiene mucho sentido. La de Berkeley. Que nada existe. Que todo lo que vemos es producto de nuestra imaginación. La realidad no existe, sólo la percepción. Y hay cosas que se escapan. ¡Venga! Sólo hay que mirar al cielo, al frío e infinito universo para pensar como Berkeley. Es un sueño dentro de otro sueño. Y no es un pensamiento pesimista, no, a mí me parece muy reconfortante, muy conmovedor. Y muy valiente. Dejemos de ser el centro de todo. No lo somos. No. De verdad. No.

No tengo conciencia de mis sentimientos, pero cada vez soy más sensible al mundo. No hay paz en la cultura occidental. Sólo hay desesperanza, confusión, decadencia. ¿Cómo se puede considerar un triunfo el hallar mejores herramientas…, herramientas para producir? Y al progreso sólo le llaman progreso si produce más. 

Arrojémonos al suelo, estemos donde estemos. Silencio. Vamos. Silencio. Los brazos extendidos. La mejilla sobre la superficie. Sea arena, raíz, acera, parqué, charco, hierba o asfalto. Concentraos. Si no oís a la tierra, si no bullen en vuestro rostro sus palpitaciones, si no encontráis el sentido de su fuerza, si no advertís íntimamente el camino que debéis seguir, la infinita luz que lleva al amor, entonces levantaos, sacudiros y llamadme loco, imbécil o fracasado.






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