viernes, 31 de octubre de 2014

«Poesía» de Mallarmé.

Poemas exquisitos sin asociación concreta entre significaciones en los que lo místico proyecta una búsqueda de la belleza repleta de pliegues misteriosos que a veces harán sudar al lector

Antes de nada...

Si el lector no se encontrara dispuesto a leer el análisis entero, al final de la entrada se incluye una conclusión que puede tomarse perfectamente como reseña literaria. 

También tenéis la opción de tirar de las líneas remarcadas para saltar directamente a las zonas que he considerado importantes.

La primera imagen corresponde a la edición de la obra que yo mismo he empleado para la lectura.

Agradezco cualquier impresión o corrección. Saludos.


Análisis:

Aunque hace un año que me interesé por Mallarmé al observar en fragmentos y poemas sueltos un halo de evidente particularidad, no ha sido hasta esta última semana cuando he cogido la breve –pero intensa– antología poética de Alianza a cargo de Antonio Martínez Sarrión (que, no hace falta saber francés para deducirlo, ha debido dedicar un trabajo tremendo a su labor de traducción).



Edición 2013 de Alianza (diseño de cubierta: Manuel Estrada).



Mallarmé es de esos artistas que juegan en una liga superior, tanto que no sabemos hasta qué punto dudar de nosotros mismos o de él, tan intrincados son los diseños que plantea. Para mí, salvo en estrofas concretas, existe una necesidad artística honesta de elaboraciones tan complejas, si bien las constantes (y fastidiosas) hipérbaton llegan a despistar a raíz, creo yo, de un planteamiento más accesorio que verdaderamente imprescindible.

Su estilo supone la explotación máxima del simbolismo, y es ostensiblemente más difícil de acometer que «Las flores del mal» de Baudelaire; de hecho, no conozco a ningún poeta que sea más de difícil que Mallarmé, ni siquiera Rimbaud. Como evade nombrar los objetos, sólo alude a ellos, vaporosamente, como un sueño a la par oscuro que brillante, golpeando con poderosos pero ambiguos símbolos a la subjetividad del lector, las interpretaciones de éste pueden ser de lo más variadas –probablemente muy distintas a la inspiración original del autor–, incluso no tomar forma ninguna (por más que nos empeñemos), quedando en revelaciones oníricas, pululantes hechizos estremecedores.

Mediante su particular uso del lenguaje, como hemos dicho, su alejamiento de lo concreto, emplea temas esotéricos (órficos), místicos, arcaicos, bellos, oscuros, fríos, sobrehumanos. Es como una bella decadencia, como un ocaso irreal, un orbe de oro que se sumerge en el olvido de marismas silenciosas, negras y evanescentes. Es la muerte de un sueño. La tremenda exquisitez del autor empapa cada poema, que parecen hechos en un minucioso laboratorio, con herramientas de máxima precisión. Se requiere entrenamiento y mucha concentración para leer a Mallarmé con un mínimo de efectividad y, aún así, se nos escaparán muchas cosas, no es fácil estar a la altura de sus metálicos artefactos. Y digo «metálico» porque es el material que por sí solo mejor refleja su poesía. Frío, puro, reluciente. El trabajo de Mallarmé es el de un genial orfebre conceptual. Aunque aprecia la virginidad y la juventud de la carne, sus suspiros y su impoluta inocencia, recurre mucho más a las gemas preciosas, al oro y la plata, a la noche, a los cisnes, a estanques, árboles macilentos y a negras brisas. Hay muchas sombras, muchas insinuaciones, el lector sabe perfectamente que a cada giro hay un rumor de fascinantes secretos. Cada cual los descifrará –o no– a su manera. A mí a veces me ha sucedido que no sabía de qué demonios me estaba hablando: discernía algunas olas sin saber qué acuerdo mantenían con las demás, en qué dirección se supone que iban. Ejemplo podría ser este poema:


«El de sus puras uñas ónix, alto en ofrenda,
la Angustia, es medianoche, levanta, lampadóforo
mucho vesperal sueño, quemado por el Fénix
que ninguna recoge ánfora cineraria:

salón sin nadie ni en las creencias conca alguna,
espiral espirada de inanidad sonora.
(el Maestro se ha ido, llanto en la Estigia capta
con ese solo objeto nobleza de la Nada).

Mas cerca la ventana vacante al norte, un oro
agoniza según tal vez rijosa fábula
de ninfa alanceada por cuernos de unicornio,

y ella apenas disfruta desnuda en el espejo
que ya en las nulidades que clausura el marci
del centellear se fija súbito el septimino.»




«El árbol de la vida» de Gustav Klimt.



Que Dios nos pille confesados, es críptico como un jeroglífico. Aunque para Mallarmé no hace falta entender un poema para disfrutarlo, debo decir no obstante que, por suerte, no nos "tortura" de igual manera en todas sus piezas, y el tedio no se impone. Un ejemplo es su famoso poema «Azur», que agita y estiliza fibras hondas:


«Del azur sempiterno la ironía serena,
cual la bella indolencia de las flores, abruma
al poeta impotente que maldice su genio
a través de un estéril desierto de Dolores.

En huida, y con ojos cerrados, lo percibo,
con un mirar tan intenso como el remordimiento,
en mi alma vacía. ¿Huir? ¿Y qué angustiada noche
–harapos– arrojar contra un desdén atroz?

¡Nieblas, surgid! Mezclad sin fin cenizas
con los densos jirones celestes de la bruma
que tragará el pantano lívido del otoño,
y construid la cúpula donde impere el silencio.

Y tú, sal del estanque del Leteo y reúne
al llegar ese limo y esos rosales pálidos,
amado Hastío, pues vamos a cegar para siempre
los azules boquetes que abren aves malvadas.

¡Más aún! Que, sin descanso, las tristes chimeneas
humeen y que una errante cárcel de sucio hollín
extinga en el horror de sus negras estelas
el sol que, amarillento, muere en el horizonte.

–Murió el cielo. –Oh materia, ahora corro hacia ti.
Que olvide qué es Pecado, lo que sea el Ideal,
este mártir que llega a compartir la paja
en que el feliz rebaño de los hombres se tiende.

Pues deseo, mi cerebro al fin está vacío
como un tarro de afeites yaciendo al pie del muro,
y no sabe ataviar a la idea sollozante,
lúgubre bostezar hacia la oscura muerte.

¡Es en vano! Azur triunfa y escucho cómo canta
en las campanas. Alma mía, se ha hecho voz
para asustarnos más con su artera victoria
y surge del metal, vivo en azules ángelus.

Y rueda entre la bruma, antiguo, y atraviesa
tu nativa agonía como certera espada.
¿Dónde huir de esta lid tan rebelde y perversa?
Me obsesiona. ¡El Azur! ¡El Azur! ¡El Azur! ¡El Azur!»




«Música» de Gustav Klimt.



En poemas como el que dejamos atrás, «El campanero» o «Don del poema», el autor trasluce su preocupación por su capacidad de expresar el poderío de los cosmos independientes que le sugiere su mente; hay incluso obsesión, cierta desesperación, el "Azur" ronda, aguijonea y embauca a nuestro poeta. Un poema por el que he sentido debilidad ha sido «Tristeza de estío» ("Probaré el maquillaje llorado por tus párpados"...):


«El sol sobre la arena, luchadora dormida,
en tus cabellos de oro calienta un baño lánguido
y, consumiendo incienso en tu adversa mejilla,
a las lágrimas mezcla un brebaje de amor.

De ese blanco llamear, la inmutable bonanza
te ha llevado a decirme, oh besos con recelo,
"Nunca los dos podremos ser una sola momia
bajo el viejo desierto y sus palmas felices".

Pero tu cabellera es la tibia corriente
para ahogar sin temores el alma que nos cerca
y encontrar esa Nada ignorada por ti.

Probaré el maquillaje llorado por tus párpados,
por ver si puede darle al corazón que heriste
la insensibilidad del azul y las rocas.»




«Lágrimas» de Gustav Klimt.



Entre lo apetecible y lo difícil se hallan sus dos poemas mayores: «Herodías» y «La siesta de un fauno», en las que el genio de Mallarmé adquiere proporciones majestuosas. Las sugerencias de Mallarmé, efluvios de carmesíes suaves, de poderoso Azur, de goteos de plata centelleante y de palabras de oro sagrado, se deslizan por los pliegues de la percepción del lector, que interpretará pero no entenderá, como en los sueños, que al tratar de agarrarlos se evaporan para siempre entre los dedos. El subconsciente hace un trabajo al que no está habituado, y observa pasmado como el miembro acostumbrado a la pereza de la desmotivación que de golpe halla algo de su entera competencia, y sus mecanismos atrofiados rechinan y se esfuerzan por beber el agua de cristal, veteada por brumas, que recorre largas pasarelas hechas de rubíes. Herodías –a la nodriza enfrentada–, que recuerda a la Salomé de Wilde, es un personaje vigoroso, de ricos matices, que sirve para aunar en una sola esfera la esencia de la poesía de Mallarmé:


«Retrocede.

La rubia catarata de mis inmaculados
cabellos, cuando baña mi cuerpo en soledad,
lo congela del horror; pero presos aquéllos en la luz
son inmortales. Oh mujer, un beso me matara
si la belleza no fuera la muerte...

¿Por qué tirón

llevada y qué remota aurora de profetas
vierte sus tristes fiestas en lejanías que mueren?
¿Lo sé yo? Tú me viste, oh nodriza invernal,
ingresar en presidio de peñascos y hierros
donde arrastraban siglos mis feroces leones.
(...)»

«¡Si florezco desierta, y es para mí, por mí!

¡Bien lo sabéis, jardines de amatista, abismados
sin fin en insondables agujeros radiantes,
oros raros que guardan toda antigua luz
bajo el sombrío sueño de una tierra primera,
piedras donde mis ojos, cual purísimas joyas,
toman su musical resplandor, y vosotros,
metales, que en mi joven cabellera otorgáis
su fatal esplendor y su masa compacta!
(...)

Amo el horror de ser virgen, y quiero

vivir en el espanto que tienen mis cabellos
para, de noche, sierpe refugiada en un lecho
inviolado, sentir sobre la carne inútil
el frío destellar de tu claridad pálida,
tú que mueres, que ardes de castidad,
¡noche blanca de témpanos y de nieve cruel!

(...)»






«Judith con la cabeza de Holofernes» de Gustav Klimt.



Para «La siesta de un fauno», el influjo onírico se acentúa, y se nos tiñe el cielo de pétreo lapislázuli, la luna engastada en su propia superficie como una fina lámina de oro puro. Es un poema tremendamente poderoso, y una muestra más de que Mallarmé lleva al lenguaje a su límite (o quizá, precisamente, más allá de su límite). El fauno, que parece un catalizador de la magia ancestral del paisaje (que nos recuerda, por cierto, al arte del Egipto de los faraones o de la antigua china), nos coloca prismas de cristal en los ojos para que podamos observar certeramente un sueño calidoscópico. Como en el anterior poema, destaco sólo pequeños fragmentos de la gema total:



«¡A estas ninfas quisiera perpetuar!

Tan claro es
su escarlata ligero, que en los aires flota
rebajado por denso sopor.

¿O quizá amaba un sueño?


Fardo de antigua noche, se diluyó mi duda

en mucha tenue rama que, habitando la misma
foresta, prueba, ¡ay!, que sólo me ofrecía
como premio la ausencia de la rosa ideal.

Reflexionemos...


¿No serán las mujeres que glosas
más que un anhelo de tus sentidos de fábula?
Fauno, la ilusión parte de sus fríos ojos glaucos,
cual manantial lloroso que vierte la más pura;
mas la otra, en suspiros, ¿dirías tú que contrasta
como cálida brisa diurna en tu toisón?
(...)

Sólo esta dulce nada que su labio prolonga,

el beso que, muy quedo, perfidias asegura,
mi pecho virginal certifica el mordisco
misterioso, recuerdo de algún augusto diente;
(...)

(...)
Enfado de las vírgenes, me extasía, ¡oh rabiosa
delicia de ese cuerpo desnudo que se hurta
y esquiva un labio ardiente en destello resuelto!,
ese espantoso secreto que de la carne brota:
De los pies de la cruel al pecho de la tímida,
que destila a la vez una inocencia húmeda
de loco llanto o menos afligidos vapores.
"Mi crimen, tras vencer esos miedos traidores,
fue separar la mata de enredados cabellos
con besos que los dioses preferían confundidos;
pues acudía apenas a velar una risa
tras los pliegues felices de cualquiera (cuidando
un roce, para que sus candores de pluma
se tiñeran del tiemblo cálido de la hermana,
la pequeña, la ingenua, que no se ruboriza)
cuando, con estremecimientos, de mis brazos
la presa ingrata ya se ha liberado,
descuidando el sollozo donde yo andaba ebrio."
Qué importa, si la dicha de otras me arrastrará,
hasta alcanzar mis cuernos, por su anudada trenza:
tú sabes, pasión mía, que purpúrea, en sazón,
cada granada estalla con zumbidos de abejas
y nuestra sangre, presa de quien viene a cogerla,
fluye por el eterno enjambre del deseo.
A esa hora en que el bosque muere de oro y cenizas
una fiesta se inicia en el caído follaje:
¡Etna! A tu alrededor, por Venus visitado,
apoyado en tu lava sus ingenuos talones,
donde retumba un sueño y tembletea la la llama,
¡ahí poseo a la reina!

¡Oh, seguro castigo!

(...)»



«Serpientes acuáticas» de Gustav Klimt.


Como se ve, no hay filtro que detenga la proyección de Mallarmé, es poesía en mayúsculas, en estado puro. No puede encajonarse de manera definida ni alcanzarse por recta dirección. La espontaneidad de las imágenes posee vida propia, y se revela de manera autosuficiente, como un hechizo que variara su ilusoria presencia dependiendo de la percepción de cada lector. Es un manantial en constante movimiento, inagotable se forma y se deforma; y las ideas, que no son capaces de palpar límites de mutualidad, con él. 


Mallarmé es muy inspirador (como podrá apreciarse en las imágenes que yo mismo me represento con anhelo tomando sus hilos en esta entrada), y si puedo ponerle una pega, creo que le sobra un punto de frialdad. Es arte lingüístico en virtuosa precisión, si bien los similares elementos a los que recurre limitan siempre los escenarios a unos microcosmos a grandes rasgos localizables, asociables, distinguibles (hay, de hecho, una frontera de intransigencia).





Stéphane Mallarmé en 1896.




Si el lector quisiera transcurrir entre su propio subconsciente –que es en verdad lo que pretende Mallarmé–, verlos revestidos de noches de ébano tachonado de esmeraldas insinuantes, de antiguas efigies que escrutan frías e impasibles en su divina belleza, palacios de oro y mármol vestidos de blasones carmesíes y bóvedas purpúreas, pálidas damas de refulgentes cabellos similares al metal observándose en espejos de sabia agua de estanque, susurrante sobre el marfil, si quiere mediante exquisitos enigmas hallar respuestas vedadas por otros caminos, no puede olvidarse de Stéphane Mallarmé. Eso sí, hay que tener el ánimo calibrado, la atención concentrada y la paciencia comprometida para tomar la senda de manera satisfactoria (y no perder de vista los fastuosos jardines que pueden hallarse de improviso rebuscando un poco entre determinados pliegues).


Conclusiones:

Mallarmé es un autor muy inspirador, un artista exquisito, virtuoso, exigente, obsesionado por la perfección de sus imágenes, de la elaboración de sus intrincados símbolos. Es la culminación del simbolismo, y poesía en mayúsculas. A cada giro se encuentran misteriosos pliegues, sedosas cortinas negras que exigen invocar el viento oportuno para poder abrirlas y así observar lo que tan insinuantemente ocultan. 

Porque es difícil leer a Mallarmé –lleva al lenguaje al límite–, requiere mucha concentración, cierto entrenamiento, la predisposición adecuada de ánimo (incluso afinidad espiritual hacia los excelsos cosmos que plantea el autor). Sus poesías son muy complejas y no poseen un sentido aparente, sino que proyectan signos volubles que vienen y van en la mente del lector, dejando un sutil rastro de evanescencia, como en los sueños; los juegos que se establecen con el subconsciente son certeros y muy interesantes. Mallarmé apuesta por la belleza, por la sugestión, por la dirección sensorial de cada cual, por la noción de la forma más pura e inicial, antes que por un significado concreto, que para él malogra la pieza, hace que pierda interés y hechizo. No se puede llegar a Mallarmé por un camino directo, la espontaneidad de sus imágenes tiene vida propia, y se revela de manera autosuficiente. 
Es un manantial en constante movimiento, inagotable se forma y se deforma; y las ideas, que no son capaces de palpar límites de mutualidad, con él. Es ver a través de un prisma un paraíso divino, de jardines salvajes, palacios de oro antiguo, estrellas de plata centelleante, poderosos amaneceres purpúreos, frías y virginales muchachas de ingenuos suspiros, que cambian constantemente los matices de su apariencia bajo un místico baile calidoscópico.

Mediante su particular uso del lenguaje, como hemos dicho, su alejamiento de lo concreto, emplea temas esotéricos (órficos), místicos, arcaicos, bellos, oscuros, fríos, sobrehumanos. Es como una bella decadencia, como un ocaso irreal, un orbe de oro que se sumerge en el olvido de marismas silenciosas, negras y evanescentes. Es la muerte de un sueño. La tremenda exquisitez del autor empapa cada poema, que parecen hechos en un minucioso laboratorio, con herramientas de máxima precisión.

Entre los poemas que se reúnen en la presente antología, cabe destacar «Azur» ("Me obsesiona. ¡El Azur! ¡El Azur! ¡El Azur! ¡El Azur!"), «Herodías» y «La siesta de un fauno» que, tal y como se explica en el análisis, adquieren una majestuosidad artística de la máxima categoría.

viernes, 24 de octubre de 2014

«Edipo Rey» de Sófocles.

Poderosísima tragedia en la que un hombre descubre su fatídica identidad no sin antes pasar por una búsqueda intensa y nada obvia que atrapará al lector

Antes de nada...

Si el lector no se encontrara en la disposición de leer el análisis entero, recuerdo que existe una conclusión al final a modo de reseña literaria. 

Aviso que existen algunos datos que pueden dejar entrever ciertos sucesos en el análisis, que ni mucho menos perjudican el interés por la trama y que, por otra parte, son tan célebres que forman incluso parte de nuestra propia referencia cultural. En cualquier caso, se observará que trato de ceñirme a la personalidad de la obra, lo que me transmitió la lectura, y no de resumir la trama en sí. Si a pesar de todo no deseara el lector se delataran sucesos clave, recomiendo que vaya directamente a la conclusión antes señalada.

También tenéis la opción de tirar de las líneas remarcadas para saltar directamente a las zonas que he considerado importantes.

Tanto los primeros dos párrafos introductorios como la conclusión final son prácticamente idénticos a los que he expuesto en «Áyax» «Las traquinias»«Antígona», dadas sus mismas estructuras e intencionalidad subyacente del autor.

La primera imagen corresponde a la versión del libro que yo mismo he leído.

Agradezco cualquier impresión o corrección. Un saludo.


Análisis:

Ya deduje en la comparación entre las traducciones de «La Odisea» a cargo de las editoriales Alianza y Gredos un cambio omnipresente en las expresiones usadas que, a veces, alteran de manera esencial la interpretación que recogemos del texto. Esto mismo se ha repetido al comparar mi lectura de Alianza con los textos dados en el resumen de la obra en la enciclopedia de literatura universal que poseo; lo que deja en relieve las enormes –a veces insalvables– diferencias que deben subyacer entre las dos lenguas, castellano y griego antiguo.




Edición 2013 de Alianza (diseño de cubierta: Manuel Estrada).



Tras una innecesariamente larga introducción de 56 páginas, con todos esos datos que nunca están de más hasta que te retrasan un día en la lectura de la obra, nos enfrentamos a «Edipo Rey». La traducción pretende mantenerse fiel al estilo griego, de tal manera que las frases se retuercen, se “descolocan”, lo que provoca que para hallarlas significado muchas veces haya que encajar un breve pero molesto rompecabezas, esencialmente en los cantos. Y es precisamente en estos cantos donde la información se vuelve impresionantemente densa, críptica, a veces ininteligible. El traductor, José María Lucas de Dios, dice que en el original griego la impresión es la misma, y esto ayuda a que mi ignorancia no le señale a él como culpable directo de los galimatías que Sófocles nos llega a plantear en determinadas partes. Hasta tal punto, que en ocasiones deberemos fiarnos de nuestro instinto para sacar más sensaciones que conclusiones.

La obra cumbre del autor –pieza clásica por excelencia– me ha parecido sin duda mejor a la anterior leída, «Antígona». No sólo su argumento es más fuerte, original y bien llevado, sino que está escrito con esos tintes “modernos” que ya percibiera –con atino o no– en «La Odisea». De hecho, el lenguaje empleado es casi idéntico a ésta, con la diferencia evidente causada por la temática trágica –frente a la de aventuras en «La Odisea»– y por unas reflexiones más profundas y transcendentes.

Es magnífico que una obra escrita hace más de dos mil cuatrocientos años siga despertando fibras tan eternamente reconocibles: la curiosidad, la morbosidad, la pugna entre razón e instinto, el pasmoso sufrimiento por el crimen cometido de manera inconsciente, el dramático paso de héroe a villano. Los impulsos del protagonista, que le conducen irremediablemente (y a pesar de las advertencias de todo el mundo) a conocer sus orígenes y el modo en el que ha tomado en su ignorancia una vida terriblemente manchada por una vida digna y fructífera, todo ello despierta una sintonía psicológica con la obra: se produce una simbiosis muy especial (si no única) entre lector/espectador y obra, que transcurre a base de esos vaivenes que tanto caracterizan a Sófocles.

A cada paso en la trama –que avanza con una fluidez perfecta– saltan al encuentro nuevas incertidumbres, por cada una resuelta salen dos más sin resolver. No creo que diga una barbaridad cuando afirmo que casi es una trama detectivesca que apunta a la tragedia, todo ello al mejor estilo griego. Pero no por ser antiguo es simple ni predecible: ni mucho menos. Sófocles va dejando pistas y conjeturas con cuentagotas, de tal manera que casi hasta el final no puedes poner demasiado en claro. Provoca que el lector caiga en las mismas trampas que el propio Edipo, que cree hallar verdad donde un poco después sólo hay más inquietud y confusión. Te empapa de inseguridad. El lector se sumerge en la dicotomía que supone Edipo, y no sabe si perdonarle o condenarle. Edipo es inocente a nivel moral, pero culpable en el sentido práctico: he ahí el dilema y el por qué la obra es tragedia en estado puro. ¿Qué hacer cuando el héroe es también el villano, cuando el ejemplo de sublimidad es simultáneamente ejemplo de atrocidad, cuando la salvación se convierte en el mal? Edipo promete encontrar al culpable y ser, entonces, inflexible; pero ni en sueños podría haber previsto lo que le aguarda. La tensión es patente, constante, una maraña de tiras y aflojas que se meten por el oído, obturan la cabeza a cada nudo y la liberan en balde en el espacio que los separa.

Edipo es un personaje bien caracterizado, nada le falta y nada le sobra: como la obra en general. De todas las maneras, no posee una personalidad lo suficientemente atractiva, sobre todo porque se mantiene a expensas de los sucesos en rededor, sin mantener un criterio verdaderamente firme o troncal. Primero magnánimo y resoluto, luego enfadado y susceptible, luego poseído de furiosa curiosidad y, finalmente, el más desesperanzado de la Tierra, loco.

Creonte surge mucho más juicioso y maduro aquí que en «Antígona», parece que lo único que comparte, de hecho, con nombrada referencia es la filosofía por la rectitud. Su habilidad retórica me recordaba a la que empleara Hamlet, pero mejor a mi gusto en cuanto a su sobriedad; en este punto se plasma verdadera habilidad. Hay unos fragmentos que han llamado mi atención cuando está enzarzado con un Edipo que le acusa de tramar contra él junto al adivino Tiresias:

«Si realmente crees que es un bien la arrogancia fuera de la razón, no piensas con rectitud».

«No lo sé. En lo que no puedo opinar, me gusta callar.».

«(...) No es justo pensar gratuitamente que los malvados son honestos ni que los honestos son malvados (…). Sin embargo, con el tiempo llegarás a conocer esto con toda certeza, puesto que el tiempo es el único que pone de manifiesto al hombre justo, mientras que al malvado en un solo día podrías conocerlo».

Asimismo los siguientes del propio Tiresias en la discusión ardorosa, a su vez, que mantiene de manera previa. La sensación que me ha transmitido Tiresias ha resultado nuevamente grata, me recuerda a la perspectiva del filósofo o del sabio, que predice en cada semblante o actitud un futuro probable pero que, haga lo que haga, no podrá convencer al resto de la verdad –por pura y loable que sea; ingenua y bienintencionadamente proyectada–, más bien al contrario, desata la ira, la indignación y la confusión.

«El afán mío reprochas, pero el tuyo, que en el mismo lugar habita, no lo ves, sino que es a mí a quién censuras».

«Estas cosas sucederán, aunque yo las cubra con mi silencio».

«Estoy a salvo. En mí llevo la fuerza de la verdad».

«(…) Y te digo, puesto que ahora me ultrajaste de ciego, que tú tienes vista y no ves en qué punto de desgracia estás, ni dónde habitas, no con quiénes vives. ¿Acaso sabes de dónde procedes?»




«La plaga de Tebas» de François Jalabert.




Es cierto que la lectura me ha resultado más rápida, amena y fácil que «Antígona», aunque quizá tenga que ver que ésta ya me había acostumbrado al ritmo arcaico tan típicamente griego, lo que facilitó la posterior.

Me quedo con cierta curiosidad hacia el padre de Edipo, Layo, así como la historia "antes de" del propio Edipo, enfrentándose a la Esfigie alcanzando así su gloria y trono. También he echado de menos un poco más de aparición para la madre-esposa de Edipo Yocasta –elemento casi pasivo que genera un fatal y a la vez bello cuadro en el culmen final de la tragedia–, pues bien podría haber aportado más personalidad: su situación singular y, sobre todo, irrepetible, bien lo merecían.

Corifeo, acertado, en la línea que describí en «Antígona».

También se echa de menos que se declararan más sentimientos en el singular campesino, pues su compasión y su posterior voluntad de silencio me resultaron características atractivas.

La escena final de la obra se graba a martillo y cincel en la cabeza. El poderío colosal tanto estético como trágico sorprende e impacta igual hoy que hace dos mil años. La conciencia del mal cometido, el castigo que impone el resto pero, sobre todo, el que se impone uno a sí mismo: que en «Edipo Rey» alcanza cotas extremas; es de lo más particular y característico de la obra.

Sin duda los sentimientos de Edipo y de Yocasta en el descubrimiento mutuo hubieran sido magníficos de leer descritos, y no sólo los hechos mediante los que se manifiestan. Está claro que la situación psicológica en historia tan única podría describirse de manera más provechosa en un autor moderno. Un Stendhal habría podido hacer, a propósito, un verdadero prodigio con semejante material.




Sófocles (496 a. C.– 406 a. C.).



Termino señalando el carácter de la obra, una defensa de los valores antiguos (las leyes y la consideración hacia el designio natural o divino), pero siempre abiertos –eso sí, hasta ciertos puntos– a los planteamientos racionales propiamente humanos. Concuerda, por lo demás, con el contexto histórico del propio Sófocles, plena progresión de oligarquía aristocrática a la democracia de Pericles y la sucesiva guerra perdida contra Esparta con los sucesivos desastres. Así, Sófocles adquiere una postura tolerante con lo nuevo pero sin dejar de mirar a lo que observa valioso en el pasado: está de acuerdo con la democracia de Pericles pero no con los demócratas o racionalistas radicales, él no sitúa al hombre como centro del universo, sino que destaca unas fuerzas ajenas que rigen su destino.


Conclusiones:

El lenguaje en los diálogos en prosa poseen una estructura muy similar a La Odisea. Otra cosa son los típicos cantos contenidos en la tragedia griega, que son densos y lentos de digerir, aunque por fortuna no alcanzan la extensión e importancia que en Esquilo a favor de los personajes principales que, por otra parte, nunca aparecen más de tres simultáneamente sin contar, por supuesto, el coro.

«Edipo Rey», probablemente la tragedia más celebrada de la Grecia clásica, cuenta la crisis –que desemboca en fatalidad– generada cuando, según Sófocles, el ser humano pasa los límites que le han sido asignados con criterios erróneos y fuera del respeto a la ley divina. Se inspira, pues, en el contexto social de la Atenas de mediados del siglo V a. C., donde se están confrontando los poderes tradicionales oligárquicos con los movimientos de las clases bajas y medias a favor de la democracia, buscando una síntesis que acomode a las dos partes. Así pues, Sófocles recoge esa síntesis –que alcanzaría su máxima representación en el gobierno de Pericles– en el que contempla y defiende la antigua tradición pero manteniéndose abierto y de acuerdo con la democracia; eso sí, como hemos dicho, la tragedia la dispara precisamente en el momento en el que los hombres se sitúan en el centro del universo desdeñando a los dioses, llevándolos de tal forma su errado juicio personal a la fatalidad.


A cada paso en la trama –que avanza con una fluidez perfecta– saltan al encuentro nuevas incertidumbres, por cada una resuelta salen dos más sin resolver. No creo que diga una barbaridad cuando afirmo que casi es una trama detectivesca sostenida por la tragedia, todo ello al mejor estilo griego. Pero no por ser antiguo es simple ni predecible: ni mucho menos. Sófocles va dejando pistas y conjeturas con cuentagotas, de tal manera que casi hasta el final no puedes poner demasiado en claro. Provoca que el lector caiga en las mismas trampas que el propio Edipo, que cree hallar verdad donde un poco después sólo hay más inquietud y confusión. Te empapa de inseguridad. El lector se sumerge en la dicotomía que supone Edipo, y no sabe si perdonarle o condenarle. Edipo promete encontrar al culpable y ser entonces inflexible; pero ni en sueños podría haber previsto lo que le aguarda. La tensión es patente, constante, una maraña de tiras y aflojas que se meten por el oído, obturan la cabeza a cada nudo y la liberan en balde en el espacio que los separa. La simbiosis psicológica que se produce entre obra y espectador es verdaderamente única.

La estructura de las tragedias de Sófocles –que se basan en las sagas heroicas– se componen de un prólogo en el que las escenas ya están abiertas antes de pronunciarse el coro, que no es ya el protagonista de la obra como sí sucedía con Esquilo, y dentro del cual se enmarca la orientación de la obra. Después viene la párodos, que está siempre a cargo del coro y que da comienzo a la verdadera acción de la obra. Lo siguiente que tiene lugar es la entrada del mensajero, que va a traer una noticia de fuera mediante la cual se disparará la tragedia en sí. El punto central de la obra es el agón (enfrentamiento entre los actores), en el que se debate la problemática de la obra. Sucede luego el estásimo, característica típicamente sofoclea, en la que para crear tensión parece que todo se arregla –y se celebra este hecho–, pero no a tiempo, de forma que la tragedia se consuma. Finalmente, se cierra con las conclusiones de los supervivientes, terriblemente afectados, y las secuelas de la atrocidad quedan patentes, y rezuman en la mente del lector aún después de terminar.

La belleza y la particularidad de la escenificación de las más cruentas desgracias de las tragedias de Sófocles pertenecen a nuestro elenco cultural y poseen ese carácter universal que hace de una obra literaria un clásico. 
Gustará al que le sea afin el estilo griego y el género dramático en general, sobre todo por el añadido de ese espíritu exaltadamente desgarrador de la tragedia; si bien a algunos lectores pueden no atraerle este tipo de textos, conviene darles una oportunidad, téngase en cuenta también –si sirve de impulso– que son muy cortos. Mi valoración general es positiva a pesar de que su estilo arcaico pese en algunos momentos.

lunes, 20 de octubre de 2014

Así habló Zaratunoyosí: sátira sobre el espíritu nitzscheano.

En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vió, dijo a su escudero:
-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
-¿Qué gigantes?-dijo Sancho Panza.
-Aquellos que allí ves-respondió su amo-, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
-Mire vuestra merced-respondió Sancho-, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino.
-Bien parece-respondió Don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas:
-Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantose en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo:
-Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle a todo el correr de su asno, y cuando llegó, halló que no se podía menear, tal fue el golpe que dio con él Rocinante...
(El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, parte 1, capítulo 8).


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Hallábase Zaratunoyosí mirando en sus abismos. Entre todos sus soles se deleitó como el niño que se zambulle en un agua turbia y arrulladora. «El hielo quema tanto como la brasa; brasa y hielo es en verdad la dulce cama del guerrero», musitó Zaratunoyosí en su trance profundo, y repentinamente abrió los ojos y gritó con un brillo en la mirada: «¡Una verdad más he encontrado este día, una menos para las diez antes de dormir!», y sus discípulos entendieron rápido que el estómago de Zaratunoyosí no se revolvería aquella noche, eso sin duda les regocijó el ánimo y hasta el mismo semblante.

Notando esto en sus discípulos, Zaratunoyosí entornó su mirada abismal y dejó soltar una brasa sobre su alcoba. Así hizo:

«Ya que vosotros miráis temerosos a mi estómago, sabed que es más duro que el bronce y que en él se forjan grandes alivios para el que tenga un yunque de lengua. ¿Habéis aprendido a desear el ritmo del martillo, la melodía del que baila solo? Soy bienaventurado, sobre todo si me doy siempre la razón». Y aunque sabían que Zaratunoyosí gobernaba cuarenta barcos de una sola vez, los discípulos no pudieron evitar ahora sentir inquietud también por sus oídos. «No temáis por vuestro sueño, pues yo nunca velo mi mirada: la virtud está en moverse todo el rato».

En esto que transcurrían por la ciudad, hallaron una hilera de pobres gimientes apoyados sobre un muro casi igual de lamentable, pero ni Zaratunoyosí ni sus discípulos –que estaban decidiendo a qué amigos privilegiados designar también como enemigos y a cuáles no– se dieron cuenta, tan atentos estaban a pescar pensamientos de oro en las arcas perdidas de sus mentes. Pero surgió un sacerdote y se inclinó sobre un viejo famélico y tembloroso, el cual padecía evidentes señales de lepra, y le dio de beber abundante agua de una jarra de barro, y le extendió un trozo de pan que recogió de una cesta.

Los discípulos, que se dieron cuenta que llevaban las espadas despiertas, las apagaron rápidamente y se miraron satisfechos. Mas Zaratunoyosí, a pesar de ir mirando con la cabeza girada en dirección opuesta al muro, con el silencio lubricando sus labios, tuvo que estropear su porte y girarse hacia los que le seguían. Así les dijo:

«¿No veis que su mirada se venga del enfermo cada vez que le da de comer, que hay una inquina en su ánimo corrupto? El que sufre se consuela prolongando el sufrimiento de los demás». 

El sacerdote no se giró, pues el enfermo había vomitado el poco agua que había ingerido y hállose ocupado de remendarlo, pero los discípulos, sintiendo no obstante la magnificencia de apagar unas espadas que bien podrían encender en cualquier momento, se resistieron a la explicación de Zaratunoyosí.

«¿Acaso queréis ensuciaros atacándole?», y mostró su toga pulcra, y dio todavía un par de vueltas más para que el resto pudiera admirarla. «Esta piel no es lo suficientemente pequeña como para tocar aquello que decae por su propia somnolencia gemebunda». Y, mientras el sacerdote lloraba abrazado al enfermo, Zaratunoyosí añadió «He ahí a un cobarde, ¿mas no es el que cuida de enfermos un enfermo más?» y se giró para seguir andando, embutiendo de nuevo sus rojizos labios en el silencio.

Todos los discípulos no pudieron sino admirar que su maestro no estuviera enfermo, y eso parecióles bien y útil, así que siguiéronle todos, mas uno insistió en observar la escena y, como un trozo de pan había rodado por descuido fuera de la cesta, fue a cogerlo para devolvérselo al sacerdote, pero en el semblante de Zaratunoyosí cayó un rayo (los discípulos, naturalmente, lo vieron primero y lo oyeron después) y dirigióse severamente al rezagado.

«¿Acaso participa tu ánimo de los falsos valores y las palabras ilusas? Mira y escucha bien lo que te digo: el que se falla a sí mismo ha fallado también a la vida. ¡Sólo el que salta bajo el poder del sol evita contagiarse del espíritu decadente! Mas bajo las piedras solo brotan hongos e insectos retorcidos. Fijaos en esos enfermos, no os fiéis de su sangre, de su tos ni de su pálido semblante: una bendición es para ellos descansar a la sombra: en verdad que la enfermedad les protege mucho de la luz del sol. Y si ése de allí desfallece ya con los ojos vueltos hacia atrás, ¡es porque está ebrio de reposo! Pero, ¿tienen mis discípulos sed de reposo? ¡Acabad con vuestra vida y ahí lo tendréis en abundancia! Estos individuos molestan a la vida y malogran mi vista y los mismos paisajes. Y el sacerdote sin duda se halla bien consigo plantando hongos bajo las piedras».

A esto el sacerdote se volvió a Zaratunoyosí y le dijo con las mejillas perladas de lágrimas:

«¿Me ayudarás a limpiar al enfermo, ya que tú estás tan sano?»

Zaratunoyosí rumió en su ánimo y contestó:

«No es lícito que se me llame a la fungicultura a mí, que pesco hombres que caminan erguidos y les regalo soles con los que jugar: yo me baño con su dorado jugo. Quizás puedas meterlos en tu iglesia, que huele a moho desde que me acatarré, para que aviven su enfermedad: descarta mi mano para ello. Ahí estás de rodillas, ¿caminas por tu vida de rodillas?»

A su vez el sacerdote díjole así:

«No camino de rodillas, amigo, mas si él no puede levantarse tendré que ser yo el que se agache. Pero, ¿no has estado nunca enfermo?»

Zaratunoyosí rió de buena gana, y los discípulos también aunque no sabían exactamente de qué se reían –sintieron de todas formas más fuerte su pecho–. Zaratunoyosí se se acercó dos pasos y replicó:

«No soy tu amigo: ¿no tienes pudor? Yo deambulo en las cavernas y cuido de las duras piedras y de animales imaginarios. Y en la mejor piedra he reconocido a mí mejor enemigo: me tropecé con ella de madrugada y desde entonces la respeto y veo algún que otro regio león más. Yo estoy solo en mi montaña y en mi montaña sólo estoy yo. Mi montaña, dicen, mide doscientos metros, mas veo bien sus picaduras venenosas: mis perseverantes pies sin duda subieron al menos diez mil, mis animales me guiaron. Y, en verdad, ¿quién pude negar que estos pies avancen los metros de diez en diez? Así lo hago porque estoy sano: soy un puente hacia el nohombre. Y si te ayudara, ¿no estaría exponiéndome a ponerme enfermo yo también? Si eso sucediera no podría señalar ni bailar en mi caverna ni charlar con mis soberbios animales imaginarios. Tú nadas en la superficie de una gran tontería; no te diré por qué no porque dude de mi argumento sino porque no mereces tal dedicación, mas repetiré todavía cien metáforas más con hongos y con cenagales y con sapos para que todo el mundo pueda también señalarte y llamarte adorador de hongos, habitante de cenagales y vecino de sapos. ¿No es un sapo ese enfermo que a tu lado delira? ¿No eligió él, en última instancia, el delirio? Y si yo padeciera enfermedad no descansaría bajo un muro, sino que como mucho en una buena cama, y me daría yo mismo mis medicinas porque si dejara que otros me las suministrasen me malograría yo en una moral de esclavos: ¡antes morir que ensuciarme de esa manera! Los que vivimos siempre limpios, lo hacemos todo el rato a base de no tocar a nadie: decir palabras ingeniosas nunca ensució a nadie, al contrario, puede convencer al resto de estar sentados y decir también palabras ingeniosas sin ensuciarse ni por una mota. Y si alguien viene a tocarnos es porque se siente mal consigo mismo, le gritamos: ¡vete! Y que se arregle bien él solo, mas nosotros seguiremos pulcros como el metal, acaso seamos ya más metal que hombres, y eso regocija nuestro corazón, pues una espada no lo atraviesa y eso es digno de algo similar a un dios: mis animales lo ratifican. Los mendigos molestan, los pobres siempre se quejan: ¿qué les detiene para aplastar a los demás, para bailar ascendiendo sobre espaldas sumisas? ¿Su familia, sus amigos? Eligieron mala familia y malos amigos que les impiden pisar a los demás, digo más: que les toquetean y les ensucian, ¡lo bien, lo puros que estarían solos en una alta caverna! ¿Y alguien duda que si bajo de mi montaña no es porque haya quemado todas las mechas de mi pasión desenfrenada y requiero más sino porque quiero hacerle muchos regalos dorados a la humanidad? ¿Y alguien duda que si yo no tuviera ni brazos ni piernas caminaría orgulloso con mis dientes? Y aunque no me faltan ni brazos ni piernas, está muy bien y es muy metafórico y me limpia mucho el decir que sin brazos ni piernas caminaría orgulloso con mis dientes».

El sacerdote sólo escuchaba el sonido de arcos tensarse y de mechas crepitando en la boca de Zaratunoyosí, que más bien se asemejaba a una esfera de tormentas que se aburría de las tormentas y entonces creaba de la nada huracanes: ¿terminaría aburriéndose de los espectáculos pirotécnicos, de la exacerbación sensorial? Mas mientras la esfera se revolvía se olvidaba de lo que había fuera de ella, y de repente se convencía a sí misma que el resto debieran ser también esferas ardientes porque es un símbolo de poder y pureza: el fuego no deja que nada lo toque, y es bello e hipnótico para el corazón, y genera imágenes hiperactivas en la cabeza, que quisiera verlas reproducidas sobre la tierra. ¿Qué más da hacer arder un bosque? Crecerá y se consumirá infinitamente en el tiempo. Inútil se presenta así todo remordimiento: vía libre hay para ir más allá del bien y del mal o, más bien, para hacer lo que la pasión personal sugiera a cada momento.

Zaratunoyosí volviose a una estatua de un gran general cuyas grandes hazañas le eran conocidas, y el desprecio que provocole la visión de los humanos enfermos, quédose suplida por una explosión de mareas eléctricas al ver la piedra del monumento. Un águila que llevaba un bebé en las garras le dijo que ahí había grandeza y él brindó por el águila y por la imperecedera piedra de la estatua, que era dura y estaba muy limpia; y parecía que la espada desenfundada apuntaba al cielo y que eso era una señal, y hasta la sangre parecía gotear de ella y hacía juegos de brillos a la luz del ocaso, y le embriagó a Zaratunoyosí el pensar a qué hombre podría pertenecer cada gota y la manera en la que cada cual fue justamente derrotado por tan noble conjunto de músculos en el brazo. El caballo en verdad relinchaba y galopaba, y parecióle mucho mejor amigo ese caballo que el sacerdote, y acaso más aquél caballo de piedra que cualquier otro caballo que en vida transcurriera. Y si Zaratunoyosí tuviera vista y cuerpo para galopar y estrellarse contra un mar de lanzas para morir con la pasión agitando su pecho, saciada de sí misma, sin duda que dejaría de purificar mediante el fuego con sus palabras para purificar con el fuego de su espada, la cortina de sangre derramada como telón del resurgimiento de la tragedia, que no es mala sino buena porque saca la fuerza a flote y hunde todo lo demás.

Cobardes a un lado y valientes al otro, Zaratunoyosí se ponía a sí mismo con los segundos y su conciencia respiraba tranquila y dictaba muchos saberes provechosos desde su limpio sillón, y cuando no estaba con nadie se los decía a sus amigas las estalactitas (pues las estalagmitas duermen en la tierra y apuntan al cielo y eso las hace sin duda indignas). Llamó también el león cobarde a la cebra por huir y no requerir carne, y se lo llamó también un mocoso a una hormiga que no sabía que su vida no servía para nada y que daba igual si moría que si no (y la aplastó profiriendo un grito de guerra que estaba más allá del bien y del mal, auténtico espíritu aristocrático contra una moral esclava).

Pero Zaratunoyosí ya había dejado la estatua con el semblante complacido, limpióse una baba ensangrentada de la comisura del labio, y marchó rejuvenecido seguido de sus discípulos, que trazaban muchas y variadas líneas con algo que se asemejaban a reglas para clasificar por grupos el nivel de merecimiento a la vida que tenían las personas según tal o cual comportamiento, y alguno de ellos casi sintió punzadas de presagios con banderas rojas y semblantes rectos como la piedra.

Mas mucho tiempo estuvo Zaratunoyosí solo y frío en cavernas profundas, y aunque su corazón producía muchas brasas y todo pareciole durante mucho tiempo relucir ante su mirada (ya que a pesar de todo las piedras no hablan y así no hay quien sea decadente), llegó un momento en el que su carne se arrugaba y se derretía como cera sobre una rama, y entonces su fuego se hizo más pequeño y su calor menos seguro y las figuras en las paredes de piedra menos grandiosas. Decidió que no podría tachársele de esclavo si dependía un poco de alguien que considerase digno y, aunque él dijo «El que corre hacia el resto huye de sí mismo», cayó en ensoñaciones de gatos de acicalados bigotes y prestas uñas, y se deleitó en su suavidad de ásperos castigos hasta que fue apartado dura y definitivamente a una senda de noche líquida y fría. El frío hizose hueco y la humanidad se desgranó, con ello el aliento vital pues es su contrato al mundo. El que nada lleva nada pierde. Al que nadie acompaña nada debe.

De esta manera tornóse un día meditativo e incluso un poco melancólico como el otoño ante el invierno, y vio un alma señorial que imponía su moral a un alma esclava: un cochero golpeaba brutalmente a su caballo cansado, y ese alma superior, ¿no tenía derecho a pedir lo que le era suyo, obediencia? Una luz blanca apareció del rojo y el negro del fuego de su alma y le inspiró a arrojarse al cuello del animal, al que protegió con su cuerpo, y calló al suelo y soñó lo siguiente:

«Un mundo de fortalezas ha empezado. Ellas se moverán calculando cada paso y cada gesto, y uno de sus principales empeños será, desde su psicología de fortaleza, tapar toda debilidad en el sistema defensivo. Se burlarán de las ciudades descubiertas, desde la muralla asomarán un ojo y la boca para reír con magnanimidad de fortaleza, y menospreciarán el campo salvo cuando se sienten sobre él por hallarse siempre tan desnudo: es peligroso andar tan desnudo. Y cuando dos fortalezas se cruzan no se darán la espalda, sino que se acribillarán de manera más o menos sutil, y será el que halle un hueco donde colar una flecha la que gane y será mejor fortaleza y tenga más derecho a prevalecer en la tierra como fortaleza, y será más famosa y respetada. Todas creerán llevar razón y se comerán las unas a las otras si encontraran la oportunidad. No verán sus dientes salvajes sino sus bonitas estructuras y el sonido de sus trompetas orgullosas, y las salvas de honor y las cabriolas de las torres tras la muralla. Y si una encuentra algo bello en la otra y no la apeteciera sencillamente devorarlo, se acercará y no terminará por temer de su imprudencia; y si no temiera rozaría con la muralla del otro, la piedra se mostraría insensible y caerían derrumbadas estructuras muy costosas de construir y mantener, y se enfadarían ambos y se censurarían y se acribillarían más intensamente que nunca a causa de su mutua torpeza y su mutuo desvestirse –qué pudor– y allí donde hubo desperfectos se construirá un sistema defensivo aún más grande como señal de evolución y de triunfo y de redención a base de blasones nuevos. Todo aproximamiento se interpretará como un comportamiento sospechoso. Nada será amigo sino una potencial amenaza. Y un compañero sólo será aquel que te ayude a mantener tu ciudad limpia y segura: un amigo será también un enemigo. Porque las murallas estarán solas, que están más seguras, y su música de trompetas tapará la debilidad de su corazón, y el ruido de las balas de los cañones matarán al enemigo con la bala y a la duda con el propio ruido».


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"Me repugna Nietzsche porque le gusta la contemplación del dolor, porque erige el desprecio en deber, porque los hombres que él admira son conquistadores, cuya gloria es su destreza para causar la muerte de los hombres. Pero pienso que el argumento definitivo contra su filosofía, como contra cualquier ética desagradable pero internamente autoconsciente, no estriba en una apelación a los hechos, sino en una llamada a las emociones. Nietzsche desdeña el amor universal; yo considero a éste como la fuerza motriz de todo lo que deseo en relación con el mundo. Sus seguidores han tenido su turno, pero podemos esperar que esté llegado rápidamente a su fin” 
(B. Russell, Historia de la filosofía occidental, 1945).




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