martes, 12 de agosto de 2014

«Hojas de hierba» de Whitman.

El hombre común es el protagonista del mundo en un libro de poemas que introdujo temas muy innovadores

Antes de nada...

Si el lector no se encontrara dispuesto a leer el análisis entero, al final de la entrada se incluye una conclusión (en este caso en concreto se me ha ido un poco la mano en dicho resumen) que puede tomarse perfectamente como reseña literaria. 

También tenéis la opción de tirar de las líneas remarcadas para saltar directamente a las zonas que he considerado importantes.

La primera imagen corresponde a la edición de la obra que yo mismo he empleado para la lectura.

Agradezco cualquier impresión o corrección. Saludos.


Análisis:

Whitman es un personaje que me despertó sentimientos opuestos. Literalmente, he pasado de detestarle y desdeñarle con férrea convicción a poder respetarle con un gesto de escepticismo. Expliquemos esto más detalladamente.



Edición 2012 de Alianza (diseño de cubierta: Manuel Estrada).



Como sabrá el lector, «Hojas de hierba» se divide en diferentes secciones. La más importante y que le da la fama –ocupa la inmensa mayoría del libro– es la de «Canto a mí mismo», que es lo que le transciende a clásico de la literatura. Así pues, tras leer el primer poema breve («De riachuelos de otoño») que pasa sin pena ni gloria –no es un poema que destaque para nada–, nos hallamos en la disposición de acometer el quid de la cuestión.

Whitman revisó, amplió y corrigió el contenido de «Hojas de hierba» nada más y nada menos que a lo largo de nueve ediciones. La mía, de Alianza, corresponde a la primera –la más íntegra, al parecer Whitman la expurgó en cierto modo en las posteriores–, en edición bilingüe. No es que tenga un nivel de inglés estratosférico, pero soy capaz de apañármelas hasta cierto punto. Sin embargo, al comprobar repetidas veces que la traducción efectuada por Manuel Villar Raso era prácticamente idéntica –el inglés se traduce siempre muy efectivamente– al texto original, me decidí por leerlo casi siempre en español. En esto contribuyó mucho el enfado que pillé con la obra y que duró hasta casi la mitad.

Whitman no emplea ni métrica ni rima en su poema. Para decirlo de manera menos sutil, se pasa por el forro de las pantorrillas cualquier tipo de restricción típica de la poesía. Sus versos son larguísimos, no guardan relación de longitud aparente, la rima no existe ni por casualidad; pero tampoco demasiada armonía en la disposición que se diga. Se supone que se basa en la estructura de los versículos bíblicos, pero ya os digo que no excusa para nada las tropelías que comete. Yo no lo consideraría ni poesía, es más bien una prosa escrita a trompicones y con un uso de la metáfora, con ese estilo exaltado y profundo, tan típicamente lírico.

También se evidencia la total desgana e interés por la estética en el mismo proceder. Los temas son tratados de manera prácticamente aleatoria, se cambia radicalmente de asunto en cada verso o, incluso, en cada estrofa. Da la impresión de que el señor Whitman está escribiendo lo primero que le viene a la cabeza. Esto se intenta excusar en la intención renovadora que supone Whitman desde una perspectiva general: yo llego a sospechar que acaso no se le daba demasiado bien y decidió cortar por lo sano; pero no olvidemos que Whitman no inventó el verso libre ni muchísimo menos.

Bien, vayamos a «Canto a mí mismo» y la razón de mi biliosa primera reacción. Voy a ser directo y claro; Whitman es pretencioso, es un obseso de su imagen, es alguien que desea aparentar lo que él mismo no se cree, en el fondo, que es. En aquella época estaban de moda los “héroes”, y la correspondencia suya que se conserva dejaban bastante claro todo lo referido a su personalidad que yo mismo aprecié rápidamente en su obra. Quiere romper moldes, está claro que lo hace, pero lo malogra todo lo mucho que resalta su afán por querer llamar la atención, por convertirse en alguien influyente y admirado. También malogran la lectura las características formales descritas: no tiene ni idea de lo que es la poesía, para mí un Lorca o un Machado es poesía y, Whitman, diga lo que se diga, no. Renovar no es abolir, que es prácticamente lo que él hace. Lorca es infinitamente mejor poeta que él, también Cavafis o Blake. La ventaja de Whitman radica en lo pintoresco de su intento pero, sobre todo, en los temas que plantea. Whitman es sin ningún género de dudas el supremo cantor de la naturaleza, de la armonía vital con cada cosa. Es un gran defensor de la igualdad, la democracia y la individualidad. La libertad y un optimismo muy original respecto a todo –incluso respecto a la muerte– se absorberán de Whitman de manera completamente irrepetible. Aúna todos estos temas muy bien, y los trata con cierta profundidad.

Es cierto que nuestro “poeta” es más original que profundo si nos ceñimos al sentido estricto de la palabra. ¿Por qué? Al estar contento con todo, evade la necesidad de ser verdaderamente crítico con nada. Así, Whitman  navega en la ambigüedad de sus propias apreciaciones, a salvo de despertar el escepticismo de muchos, protegido de cometer error alguno en sus consideraciones precisamente por su manera de abordar las cosas: lo dice todo y no dice nada. En demasiadas ocasiones se asemejan –o son– a meras bombas de humo. Casi cualquiera tiene la capacidad de plasmar sensaciones al nivel retórico de Whitman, que es más simple que el mecanismo de un cubo, a pesar de que sus versos filosóficos puedan crearnos dudas: la ambigüedad comentada le sigue salvaguardando.

Hace surgir una perspectiva muy interesante sobre la vitalidad del hombre moderno. Lejos de evadirse a lo etéreo como los anteriores poetas, Whitman acoge en su seno a todo lo viejo y lo nuevo de igual modo: para él es tan bueno lo que fue como lo que está por venir. Alabanzas constantes tanto a la apacible naturaleza como a la ciudad bullente, tanto a los animales –de los cuales saca interpretaciones curiosas– como a los herreros, carpinteros o pescadores que ejecutan sus labores a lo largo de la urbe. Whitman se siente a gusto en todas partes. Lo que define este sentir es que, para el autor, todo es «como debe ser», sentirse descontento es una futilidad ante los portentos que nos rodean.

El «yo» poético se erige como la figura fundamental de su expresión literaria. Para Whitman, la libertad posee un vínculo con el individualismo, que no considera que haga al humano más egoísta, sino que despierta en él un sentimiento de fraternidad hacia la humanidad que se canaliza a través de la democracia. La hierba que tanto llama la atención en el título es un símbolo eminente en la obra, representa la voluptuosidad, la visión democrática del poeta, según la cual la multitud crea la suma de las individualidades. Podemos apreciarlo en el siguiente fragmento:


«Me preguntó un niño: ¿Qué es la hierba?, trayéndomela a puñados;
¿cómo podría yo responderle?... yo no sé lo que es mejor que él.

Sospecho que es la bandera de mi naturaleza,
tejida con esperanzada sustancia verde.
O sospecho que es el pañuelo del Señor,
un regalo perfumado y un recordatorio
dejado caer a propósito,
con el nombre del dueño de alguna forma en las puntas,
para que veamos, reparemos y nos preguntemos
¿de Quién?
O sospecho que la hierba es ella misma un niño…
el recién nacido, producto de la vegetación.
O sospecho que es un jeroglífico uniforme,
y que significa brotando por igual en regiones vastas
y en regiones estrechas,
creciendo por igual entre los negros y los blancos,
canadiense, virginiano, congresista y negro, que a todos
me entrego y los acepto por igual.»




«Césped soleado en un parque público» de Van Gogh.



Está claro que el mundo de Whitman tiene una brillante personalidad, es singular y muy atrayente. Todo destila una fraternidad que no nos cuesta aceptar; no hay niveles ni jerarquías, todo es igual de importante, el hombre ha de estar en paz con la naturaleza. La recreación de la idea del eterno retorno de lo idéntico está en este sentido muy bien plasmada (no olvidemos que en «Canto a mí mismo», el autor no pone adrede punto y final en la último verso).

Whitman quiere a todo, para él la muerte es una compañera que lleva la paz bendita, no es el fin sino un puente etéreo, todo es cíclico para él. No niega la religión, la acepta hasta un punto, eso sí, con cierto tono condescendiente. Para él toda creencia es bienvenida, está claramente influenciado por el deísmo. En lo referido a la sexualidad –importante en la obra pero ni mucho menos tan presente como algunos la anuncian–, establece unos juegos armoniosos, sinceros, despreocupados a todo punto; se vuelve algo críptico en este asunto, y parece que le gustan por igual tanto hombres como mujeres.

Se palpa excelentemente la esencia norteamericana. De alguna forma acabamos hasta las trancas de esa cultura, de sus desiertos y ranchos sureños y los frondosos bosques y lagos norteños. «Hojas de hierba» es también una renovación en el sentido que el protagonista deja de ser el héroe aristocrático de la lírica anterior, y pasa a ser el propio lector, cualquier persona: el ciudadano es el héroe del mundo según Whitman.

En ciertas partes le da por escribir una lista larga de observaciones consecutivas a escenarios dispares, eso sí, tratados sin maestría alguna. Estoy completamente de acuerdo con lo que dice Borges a este respecto: «Para un verdadero poeta, cada momento de la vida, cada hecho, debería ser poético, ya que profundamente lo es. Que yo sepa, nadie ha alcanzado hasta hoy esa alta vigilia. Browning y Blake se acercaron más que otro alguno; Whitman se lo propuso, pero sus deliberadas enumeraciones no siempre pasan de catálogos insensibles.»

Así pues, el lector que pretenda abordar «Hojas de hierba» por primera vez ha de tener en cuenta que la intensidad de su paso por la obra y su valoración final variará enormemente de acuerdo a su nivel de escepticismo, de su nivel de realismo o de “ver lo que esconden las intenciones líricas”. Una mente despreocupada afrontará a Whitman con la frescura que es perfecta para este tipo de lecturas, una mente tensa podrá pasarlo enrabietado o, al menos, con una implicación e intensidad mucho menores.

Estoy convencido de que no he terminado los deberes con este señor. Tengo que volver a él y tomármelo más relajadamente. Pienso acometer nuevamente la lectura de manera eventual en los viajes de metro a lo largo de los próximos meses.

Lo que sí está claro es que, en cualquier caso, esta insignia de la poesía moderna nos abrirá un balcón en nuestra casa donde antes solo había muda pared, le restará sobriedad y preocupación innecesaria. Sentiremos entrar el viento otoñal, sus hojas crepitantes rozándonos el rostro… Pero hay que tener paciencia, esto no se descubre nada más se abre el libro.



Walt Whitman en 1867.



Las demás secciones de «Hojas de hierba» son unos cortos poemas entre los que cabe destacar «De recuerdos del presidente Lincoln». A mí, sin embargo, fue el último y más corto el que más significativo me pareció, «De Adiós, mi Fantasía.» El espíritu y los temas a los que se recurre vienen a ser, en cualquier caso, muy similares al poema principal, aunque se centra más en la intención y divaga menos.

En definitiva, una perspectiva muy valiosa, difícil de adquirir de otra manera –aunque ahí estén tanto London como Thoreau–, es una manera muy especial y valiosa de entender la literatura y, con sus fallos y aciertos, nos embarca en una perspectiva acogedora y moderna que se halla en estrecha relación con la sociedad actual. Cualquiera de nosotros puede adoptar la visión de Whitman incluso después de los ciento sesenta años que han pasado desde la publicación de la primera edición la obra.


Estéis o no en sintonía con él, no deja de ser una obra útil y que te abre singulares y muy valiosos horizontes, sobre todo en la manera en la que nos podemos tomar la vida y el mundo; en no creernos el centro de todo, sino aprender a ser como la hierba: un sinfín de piezas maravillosas interrelacionadas entre sí, partes de un enorme, poderoso y bello conjunto que es besado por todos los elementos.


Conclusiones:

Lorca, Cavafis, Blake o Machado tienen una noción de la poética que Whitman ni concebía ni, posiblemente, era capaz de igualar. Por eso su obra es una pila de "estrofas" kilométricas en las que el sentido del ritmo brilla por su ausencia. No perdonemos a Whitman por su intención renovadora a este respecto: él no inventó el verso libre ni mucho menos.

Así, se trata de una especie de prosa redactada a trompicones, los temas tratados literalmente según le venían a la cabeza al autor. Intenta hallar en las descripciones profundas y en la exaltación estilística un remedo a lo anterior.

«Canto a mí mismo» es pretencioso, una obsesión por la imagen, por parecer lo que no es, sobre todo hasta la primera mitad. Se esconde, por ello, en términos bellos pero ambiguos. Está contento con todo, de tal manera que se libra de criticar juiciosamente nada. En la metáfora de Nietzsche hallamos profundidad coherente, en la de Whitman observamos demasiadas veces meras bombas de humo.

Las enumeraciones descriptivas, tal y como apuntara Borges, destilan una "frialdad" que pueden dejar al lector bastante indiferente.

Innova de forma esencial en los temas tratados y en la manera optimista de abordarlos, pero su uso del lenguaje dista bastante de ser original. Yo mismo no di crédito hasta bien avanzada la obra: «¿De verdad esto es la mejor poesía de la modernidad, una cumbre de la humanidad?»

Después de una primera mitad de «Canto a mí mismo» insulsa y plasta, nos introducimos en ideas más concretas y pulidas. La perspectiva vital de Whitman se revela, finalmente, como un descubrimiento que pasó demasiado tiempo desapercibido. Un balcón se abre a tu vida y sientes el aire fresco y las hojas otoñales en el rostro. Es en ese punto cuando surge un respeto escéptico por el autor, pero yo seguí pensando que su ambigüedad y sus brillos de hombre inseguro y pretencioso –por no citar la falta clara de maestría en el uso del lenguaje– me malograron una lectura que en otras manos podría haber sido todo un hito.

El canto supremo a la naturaleza, la individualidad, la libertad, el optimismo vital (incluso respecto a la muerte), la defensa de los valores democráticos y de la igualdad, la paz tanto en los bosques como en plena urbanidad, el retrato de la esencia norteamericana. Esos son los temas tratados en «Hojas de hierba», una excelente intuición malograda por su evasión de los conceptos concretos.

Con sus fallos y sus aciertos, «Hojas de hierba» no deja de ser una obra de una singularidad muy atractiva, un caso único en la literatura universal. Las perspectivas vitales que aporta son muy valiosas y abren los ojos al respecto de nuestra relación con la vida y con el mundo, que no es poco. Es difícil no salir de esta obra sin estar un poco más en paz con todo, te destensa y te enseña a sentir de una manera más fina y sensual; hasta lo más diminuto pasa a percibirse como algo importante.

lunes, 11 de agosto de 2014

El tiempo perdido.

Sabes lo que tienes que hacer pero no lo haces. Presientes los tiempos que te han sido asignados, pero te lo tomas con calma. ¿Demasiada calma? Pero, con todo, no eres alguien al que le sea lícito un adivinar. Cada momento es un entrenamiento, incluso en los instantes más relajados descansa un gran peso en la conciencia, que se aburre de su propia rigidez. El mundo sigue tensando y hasta los propios músculos se ríen de su terquedad. 

El mundo es algo que el ser humano ha malinterpretado. Posee una belleza sobrecogedora, pero las leyes naturales enturbian toda conciencia: sólo lo más fuerte resiste y pervive..., y los músculos siguen con su expectación. El humano es lo más poderoso, pero «lo más» y «lo menos» repugnan al gusto. No sabemos que hay casas que no deben ser amuebladas. No entendemos que ni las personas ni los mismos cielos han de ser lo que nosotros esperamos que sean. Si cada uno imagina un mundo, cada uno quiere también un mundo distinto; pero, ¿dónde está «el» mundo? Y es que los humanos tenemos demasiada fe en nuestra propia imaginación.

¿Hubo algo antes? ¿Habrá algo después? ¿Cuánto tiempo hay en nuestras manos? ¿Qué significa, en última instancia, «aprovechar»?

Pero cada vez veo más claro lo que se nos está presentando. El rostro de mis padres está repetido en la paternidad de todos los tiempos, pero eso sólo es un símbolo y no un presagio. Sus rostros se arrugan, los veo ensombrecidos por una calma preludio de una más grande e inquietante. Aquí sí que siento el presagio. Me miro en el espejo, y en mi propio rostro percibo las mismas sombras, todavía más livianas, con menos poder en mí. Se deslizan entre mis mejillas, mi barbilla, mi frente y mis labios: se desprenden por mi cuello y vuelven a brotar como oscuro manantial en el fondo de mis pupilas inciertas. Pero es que en los demás rostros hay también una enorme nada. Porque una prueba de la tenue imaginación de los hombres radica en lo poco que piensan en lo mucho que ellos mismos se han convertido, precisamente, en lo que los demás imaginaban de ellos, esperaban de ellos.

Creo que lo voy entendiendo. Poco a poco, avanzo sintiendo el mundo bajo mis pies y sobre mi cabeza. Me estremezco con las recónditas mareas de metales prisioneros bajo la corteza. Observo a su espejo libre, al mar susurrante, y me estremece igualmente. Cada ola es algo más complejo que mi vida entera, más enigmático que el mayor de los problemas. Y siento pena por la ola que perece tan rápidamente, ¿de verdad es posible que sólo yo haya apreciado semejante prodigio? Y me apena aún más el que las olas mueran tan solas. Y me produce desasosiego el que la tierra beba tantas maravillas, me dan ganas de excavar y buscar a mi ola perdida: pero ya nada hay que mis limitadas manos puedan hacer. ¿Por qué no puedo salvar a ninguna de ellas? Rápidamente veo que ya estaban salvadas mucho antes de que yo naciera, y que batirán millones de años como yo he sido batido por mis padres, y sus padres antes que ellos.

Y considero cada vez más que el significado de la vida se entiende con los pies revueltos por la corriente del frío arroyo, o con la cabeza hundida en la suave hierba. Una hormiga trepa por mi brazo y por un instante yo mismo me convierto en el mundo.

Pero aquí no finaliza la indagación ni la preocupación, pues terminas viendo a tus padres en las olas, y siento tristeza, resignación...; y aún con todo hay una voz que me dice que pronto sabré que lo más triste es también digno de lo más alegre. Yo mismo soy un apéndice líquido, la brillante gota que resbala por la hoja tras haber caído del cielo, y que se encamina suavemente a disolverse en las superficies. Y no ha habido ninguna gota que supiera agarrarse a algún sitio. ¿Por qué no destensar entonces los músculos expectantes? ¿Por qué no sentir la suavidad de la hoja y el mecer del aire? ¿Por qué no sonreír al vértigo del descenso? Y cada milímetro que avanzamos es el mismo que siempre hemos recorrido; somos como las olas, como las corrientes de viento, como la traslación del planeta, como las migraciones de los pájaros, como los flujos marinos y el primer beso entre dos jóvenes. ¿Cómo podríamos sentirnos solos entonces? Ahora sé que no debo agarrarme a mi identidad, que mis músculos han desperdiciado su ahínco en vano, que lo que soy es igual a lo que ya fue y a lo que será, que yo soy una porción de azar que quiere disolverse en más porciones para volver a rejuntarse.

Si yo dijera que voy a morir, estoy ignorando lo recorrido y lo que está por recorrer. Y saber o no esto, no cambia el mundo, pero sí hace que yo pueda reconocer en una brizna de hierba algo más grandioso que el más perfecto de los monumentos.

Creo que ha llegado el momento de aprender a saludar y despedirse, que es tiempo de sonreír a mis padres, de acompañarlos en un paseo de verano. Porque sé que un puñado de estos paseos ya hacen pequeños e innecesarios todos los álbumes de fotos. Es la hora de soplar las velas todos los días, de adquirir consciencia que sólo el que ama al mundo por lo que es y no por lo que se espera de él es el que aprende a amarse a sí mismo, y que sólo el que esto sabe ha hallado también el secreto de querer a los demás.

¿Habéis visto lo mucho que acuna el sol? ¿Lo blancas que pueden ser las noches?






domingo, 10 de agosto de 2014

«El guardián entre el centeno» de Salinger.

La confusa búsqueda de identidad en la adolescencia perfectamente plasmada en un volumen con el que nos sentiremos siempre de algún modo identificados

Antes de nada...

Es posible que en ciertos puntos el análisis destile cierta falta de cohesión, esto es porque he arrancado las partes en las que se incluían spoilers y mis respectivas impresiones al respecto.

Si el lector no se encontrara dispuesto a leer el análisis entero, informo que al final de la entrada se incluye una breve conclusión que puede tomarse perfectamente como reseña literaria.

También tenéis la opción de tirar de las líneas remarcadas para saltar directamente a las zonas que he considerado importantes.

La primera imagen corresponde a la edición que yo mismo he empleado para la lectura.

Agradezco cualquier impresión o corrección. Saludos.


Análisis:

Esta obra es maravillosa, sin embargo, no la he podido degustar en las mejores condiciones por dos causas. En primer lugar, me he obligado a leer en tres días el libro*. Esto ha llevado a periodos de cansancio y de falta de concentración durante la lectura, además de cierta ansiedad para cumplir con las páginas requeridas por cada día, que eran ingentes (60; 110; y 110). Este es el pecado capital del lector que quiere aprovechar sus vacaciones para leer una cantidad imposible de libros: y de los errores se aprende.



Edición 2010 de Alianza (diseño de cubierta: Manuel Estrada).



El segundo motivo y más importante, radica en mi edad. No es que exista un límite de edad ni mucho menos, pero sí está claro que la franja en la que más propiciamente se absorberá la esencia del libro, recae preferiblemente en la adolescencia: concretamente entre los 15 y los 18 años; de hecho, la edad del propio protagonista (16 en el relato de la historia y 17 en el presente, mientras la relata). Ahora estoy muy satisfecho, pero siento perfectamente la lástima de no haberlo leído en aquel tiempo, ya que lo hubiera absorbido con verdadero éxtasis. Recuerdo que hablo a nivel personal, habrá personas que con la edad que sea puedan, naturalmente, disfrutarlo con exacta intensidad.

No deja de ser deplorable que no se lea esta obra en el colegio y que, sin embargo, te obliguen a otras que ni son propicias ni de utilidad alguna a esas edades. Hablo de, por ejemplo, «La Celestina», «El libro del buen amor», «El conde Lucanor», «Don Juan Tenorio», «Niebla», etc. Incluso el «Mío Cid», por Dios. No sólo no enseñan nada, sino que generan una terrible repulsión hacia la literatura a los jóvenes –ya de por sí indispuestos–, con el peligro latente de que la arrastren con posterioridad.

Venía de leerme «La Odisea», «Las penas del joven Werher», «El tío Goriot» y «Hamlet», con sus lenguajes poéticos –“filosófico” en el caso de Balzac– que en algunos casos llegaban a una complejidad elevada, lecturas lentas a fin de cuentas. Así pues, al leer las primeras páginas de «El guardián entre el centeno», con ese lenguaje tan simple, con las mismas muletillas esparcidas de manera constante, bueno, sentí que era demasiado sencillo y corrió el pensamiento por mi mente de escoger otro libro (es como pasar de golpe de levantar una pesa de quince kilos a una de tres). Pero seguí, pues me parecía absorbente, y también divertido en algunos puntos. Lo que quiero decir con esto es que no os desaniméis por el contraste que pueda causar en vosotros el estilo que Salinger insufla en el protagonista, pues la obra en seguida se aprecia excelente; y las páginas pasan a gran velocidad sin que apenas nos demos cuenta.

El «Guardián entre el centeno» es la historia en primera persona las aventuras y desventuras del adolescente Holden Cauldfield tras enterarse de que va a ser expulsado de su instituto (o escuela preparatoria). Pero no sería un clásico si no fuera más allá: Salinger convierte con una eficacia total, con una armonía inigualable, a Holden en el símbolo de la rebeldía y confusión adolescente de todos los tiempos. Por supuesto, él no es el único joven al que se describe en la obra, de tal manera que podremos observar algunos de los más característicos roles adolescentes en un retrato de la máxima categoría.

Sería muy difícil realizar un análisis digno de este libro, entre otras cosas, porque en su aparente sencillez hay un cúmulo enorme de matices y de interpretaciones. Holden Caulfield se dedica, constantemente, a realizar apreciaciones sobre todo. Es susceptible, sabe lo que le gusta y lo que no, pero a veces no sabe explicarlo, o lo hace de manera aproximada o confusa. Aunque parezca todo lo contrario, a mí me parece que si bien Holden no “sabe” con certeza lo que quiere para él, sí que es capaz de intuirlo. El problema, su gran tribulación y confusión surgen, en gran medida, en el choque que significan sus intuiciones respecto a los designios de la sociedad en general y de sus padres y los colegios en particular, por la exposición directa a la que le someten éstos en tal periodo de su vida. 

No sabe cómo escapar, le gustaría mucho, pero no puede, sabe que no puede, pero sueña, sueña mucho. Me encanta que Holden sueñe de esa manera, es realmente bello. A decir verdad, muchas de sus apreciaciones eran similares o idénticas a las mías cuando tenía su misma edad. Aunque, para ser más precisos, habría que aclarar que la mentalidad de Holden es muy análoga a la mía, pero respecto a cuando yo tuviera unos 10 años. Si bien a mis 16 aún había una influencia de tal remarcable, yo a esa edad era ya distinto: más inteligente, preciso, astuto, conformista, frío y orgulloso: sobre todo orgulloso. Por eso me causa gran ternura la personalidad de Holden, que viene a ser la mía a una edad aún anterior. Muchas de las críticas o sensaciones que recorren a Holden las he sentido yo en mis carnes cientos de veces, sobre todo en lo referido a sus análisis hacia las personas. Hay algo muy íntimo de mí en Holden.

Este libro no es algo que deba ser subestimado lo más mínimo. Es la representación perfecta de la adolescencia sin exageración ninguna, si bien es cierto que el ambiente que se respira es claramente irrecuperable en cuanto al contexto histórico y social en el que se desenvuelve el protagonista; me refiero a que hoy un adolescente occidental no podría deambular de la misma manera por su ciudad, no exactamente de la misma forma, tan “despreocupadamente desatada”. El atino en las relaciones entre los diferentes personajes adolescentes es magnífico, y no niego mi admiración en cuanto a que un adulto pueda llegar a alcanzar tal fidelidad insuperable cuando yo, que hace relativamente poco que dejo atrás tal etapa, ya casi la había olvidado: permanecen en la cabeza datos aislados y fríos, pero casi todas las impresiones y sensaciones desaparecen; los pocos recuerdos se aprecian como vería un paisaje un enfermo de cataratas.

Queda claro que Holden y yo hemos compartido afinidad en multitud de apreciaciones y sentimientos, pues. Por ir al más trascendente, el tema educativo. Los dos valoramos de igual manera la escuela, las asignaturas, los compañeros de clase, los profesores…; la metodología, sí, subráyese la metodología. Este libro sería de una utilidad inmensa para los docentes, y para los que formulan los sistemas educativos en general. La esencia de la incomprensión que se establece con frecuencia entre educador (o maestro) y alumno se percibe en la novela. También se aprecia con meridiana claridad las inaceptables consecuencias que esto ha arrastrado siempre.





«Facing the storm» de Dave White.


En el principio me ocurrió una cosa inesperada. Está hablando con su anciano y enfermo profesor de historia, y éste le pregunta que si sabe qué va a hacer con su vida. Holden responde en seguida que sí lo sabe, pero luego se lo piensa un poco y precisa algo como «Bueno, quizá no tanto. Quizá no, no lo sepa muy bien, señor». Tal era mi identificación, tal era la viveza de la intensa tortura que tuve que soportar del mismo modo que él, que comencé a reírme con ganas pero, a su vez, se despertó cierta emoción en mi pecho y estuve cerca de soltar lágrimas.

Muchas cosas están mal, él no se ve compatible con ese mundo, intuye con fuerza la miseria que le rodea. Es un chico de corazón puro y carácter noble –a pesar de las mentiras, por ejemplo– que reniega de algo que juzga, y con razón, de mísero, mezquino y falso, terriblemente falso. Su susceptibilidad no me parece mala o reprochable en absoluto, sus juicios son acertados y de lo más pertinentes. Holden es un chico sensible que podría llegar aspirar a algo importante. La verdad es que tiene razón en muchas cosas, y el que el resto de la gente que le rodea no sean tan susceptibles como él no es un acierto ni un elogiable estado de “madurez”, sino una verdadera tara y problema, más para los individuos como Holden.

Sus referencias y citas con las chicas me han parecido, en la misma línea, excelentes, denotando una comprensión de la psicología humana muy poderosa; en este caso, y por lo que es y será recordado, por la habilidad maestra para retratar –como ya hemos dicho– el carácter juvenil, aunque también lo haga genialmente con los adultos descritos. El lector deambula gratamente en una dulcísima y emotiva veracidad.

Ese torbellino en el juicio, esa espontaneidad bendita, esa confianza en los sentidos, en la intuición. Esa fe en la improvisación, la felicidad en la aventura, el desahogo en la evasión. La indignación más airada y la dicha más ingenua y sincera separadas por un breve cordón que se basa en lo anterior. La asimilación del mundo, la enajenación hacia las normas sociales establecidas, la sensación de ser algo ajeno al sistema con el que, sin embargo, se las tiene que apañar para pervivir, para que sea plausible  lo que se supone dicen es "avanzar". La exploración de la sexualidad, de los gustos y lo desagradable en las demás personas y sucesos que va observando ante sí, con los que interactúa de cien maneras distintas: desde la desagradable indispensabilidad forzada a una especie de relación basada en la sintonía casi mística y fraternal –como con la chica que le gusta o las monjas del café–. Eso es el protagonista, y difícil será que no resucitemos en sus páginas al Holden que todos llevamos dentro. Nos podrán entrar ganas, incluso, de volvernos un poco como él; al menos un tiempo, al menos un tiempo. Lástima que, como dice constantemente, no acostumbremos a «estar en vena».

Estoy seguro que lo volveré a leer en un lapso no muy prolongado. El sentimiento de emotividad, una especie, también, de estado de “bienestar” cálido, entrañable, acogedor, en el que me ha envuelto esta obra excelente, es bien digno de ser repetido. Y he de reconocer que algunas de las apreciaciones y tropelías de nuestro inolvidable protagonista me hicieron reír como no recordaba ya en la lectura de un libro.

Un adolescente habría hecho exactamente lo mismo que Holden, habría escrito todo de esa manera. Holden es Holden, y se lo agradezco enormemente a el autor.

He de quedarme con la escena final, verdaderamente preciosa, como quizá nunca antes había leído y sentido en un libro; no de esa manera. Cuando Holden espera a su hermana para despedirse antes de su “gran aventura” –que finalmente aparca cabalmente–, y ella se enfada porque no le deja ir con él. Luego se va con ella al zoo –todo descrito con primor– y, finalmente, acuden a un tiovivo, donde esta sensación a la que aludo alcanza su climax. Hasta tal punto disfruté y me impliqué, que lamenté de veras no tener una hermana pequeña con la que hacer cosas así. La verdad es que ni siquiera se me había ocurrido nunca, y es cierto que podría haber llegado a ser extraordinario. Phoebe, esa niña magnífica, es un personaje al que pongo con todo mi alma a la misma altura que el propio Holden.


Cuando él, sentado en un banco, la está viendo a ella dar vueltas en su caballo, incluso cuando se pone a llover intensamente y los padres se cubren, en ese momento yo fui por unos momentos Holden, y me sentí muy bien. Fue estupendo. La verdad es que desearía haber disfrutado tanto como él, haber tenido esas “aventuras”, sus incontables anécdotas y conocidos, su libertad… Yo a su edad, era el doble de viejo, y siento que he desaprovechado en cierto modo esos años absolutamente irrepetibles –“particularmente irrecuperables”–, aunque profeso cierta emoción de haberlas vivido, aunque haya sido sólo un poquito, junto a Holden. ¿No son estas, precisamente, las divinas dichas de la literatura?



J. D. Salinger en 1963.


Termino con el siguiente extracto del libro. En él Holden da su famosa respuesta a lo que querría –a lo único que se le ocurre de corazón– ser de mayor. La belleza y connotaciones que hallo en el texto son dignas de mi más tierna consideración:

«Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno, muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños, y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde del precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Yo sería el guardián entre el centeno.»

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*Se habla, naturalmente, en presente mientras se realizaba el análisis, que es meses antes de la publicación de la presente entrada.


Conclusiones:

Una novela entrañable, divertida y muy sencilla de leer. Será imposible que no nos identifiquemos con algunas de las sensaciones y apreciaciones de Holden, un personaje que, a pesar de sus modos, no deja de ser inteligente, crítico y con un elevado y preciso concepto de lo verdadero y lo falso en las personas. 

La rebeldía adolescente de todos los tiempos, la confusión, susceptibilidad, quedan impresas de manera irreprochable. Nosotros mismos nos involucraremos en sus dudas, sus cambios de humor, su evasión en la aventura, su exploración crítica e ingenua del mundo que interacciona con él. Muchas de sus apreciaciones podrían ser las nuestras propias en aquella edad. Porque sus miedos fueron también los nuestros.

Holden nos hará recordar lo que olvidamos e, incluso, lo que nos arrebataron o nosotros mismos decidimos desdeñar. Con Holden contactamos de manera íntima con nuestro yo más genuino, primigenio e ingenuo. 

No puedo dejar de destacar la imagen final con su hermana Phoebe, sencillamente preciosa. El atino en el análisis psicológico del joven, sus reacciones, gestos y respuestas, es primoroso.
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